Epílogo.

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Si tenía mis dudas, hoy terminé por confirmarlo. A Joseph no va a agradarle la idea. Quiero decir, ¿de nuevo? No quiero ser malinterpretada, estoy feliz, muy feliz. Como diría la Duquesa, es una bendición.

Pero conociendo a mi esposo, esto no va a sentarle muy bien. Se supone que el tiempo y la experiencia deberían hacerlo más fácil...

No lo hace. No es así como las cosas funcionan, lo he comprobado. En realidad, es más bien todo lo contrario. Creo que sus temores aumentan todavía más. Aunque también sé que le gusta la idea de volver a pasar tantos momentos bonitos, y la espera de muchos más.

¿Puede ocurrir eso?

¿Disfrutar de algo que te asusta tanto?

Emmeline apoyó el diario en la manta que tenía extendida en el jardín debajo de un árbol, el mismo que su hijo mayor, Jacob, de seis años, utilizaba para jugar y trepar, pero sobre todo, para provocarle un tremendo dolor de cabeza a quien fuera que lo estuviese cuidando. Gracias a Dios, ese día, y de momento, solo le explicaba su hermana, Aileen de cuatro, porqué ella no debía de intentar imitarlo.

Em los observó por un momento con una sonrisa en sus labios. Para pesar de Joseph, aunque no por eso lo quería menos, Jacob era físicamente una copia de Francis. Su cabello, sus ojos, incluso su nariz, eran iguales a los del Conde. Y Emmeline nunca le había dicho esto a su marido, pero ella estaba convencida de que también había heredado el carácter de su tío. Aileen en cambio, tenía el cabello del mismo tono castaño claro que su padre y también sus ojos, algo de lo que su él estaba bastante orgulloso. Pero ella tenía su sonrisa, o eso era lo que Joseph siempre repetía.

Miró hacia el otro lado, donde él paseaba de la mano de su otra hija, Julianne, de dos años y medio por los alrededores, sin alejarse mucho. La pequeña tenía el pelo oscuro a diferencia de sus hermanos mayores y conservaba también los ojos grises del Marqués.

Joseph era un padre encantador y dedicado. A pesar de sus montones de obligaciones, siempre tenía tiempo para sus hijos y especialmente para su esposa.

Pero cuando ella quedaba embarazada, su actitud cambiaba por completo.

Una de las consecuencias era que la falta de sueño, que habían podido combatir con el tiempo, regresaba. Pero en el fondo, él siempre estaba ansioso y contento por la llegada de un nuevo integrante de la familia. Y muchas veces, era la combinación de ambos, lo que lo atormentaba, ¿Por qué algo tan hermoso debía de suponer tanto riesgo?

—¿De nuevo escribiendo, mami? —Musitó Joseph con la niña en los brazos cuando estuvo cerca otra vez.

—Solo un poco.

—¿Quieres leernos algo? —Pidió él sentando a la niña en la manta junto a ellos.

Emmie pensó que eso no era una buena idea.

—En realidad, preferiría contártelo más tarde, cuando estemos solos —contestó con una sonrisa pícara para distraerlo y cerrando el frasco de tinta para no correr el riesgo de que su hija se manchara el vestido. Joseph la miró dudoso, pero no dijo nada—. Pero he leído la carta de Beth —propuso cambiando de tema.

—¿Está bien?

—Perfectamente.

Por su expresión, él no parecía estar muy de acuerdo. Beth estaba esperando a su tercer hijo, y seguía pensando en tener al menos dos más. Joseph no estaba de acuerdo con esa idea, pero, ¿podían ellos acusarla de algo? Habían comenzado bastante después que ella y Sebastian, y ya los superaban en número. Y, si seguían de esa forma, lo más probable era que llegaran al quinto sin darse cuenta.

Inapropiadamente Hermosa (Confesiones en la noche #1)¡Lee esta historia GRATIS!