II

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Cuando volví, Lucía no sólo no había hecho nada de lo que le dije, sino que, además, estaba en el jardín conversando con dos pibes más o menos de nuestra edad. Solté la bolsa.

—¡Lucri! −dijo, llamándome con la mano−. ¡Vení a conocer a nuestros vecinos!

Se me acercó, me agarró la mano y me llevó hasta la puerta, donde los chicos nos miraban con las caras más inexpresivas que vi en mi vida.

El de la izquierda era un pichón de mamut. Nos sacaba una cabeza y media y era puro músculo. Pensé que debía hacer alguna clase de deporte; rugby, tal vez. Obviamente, tenía la piel tostada por el sol y depilada hasta donde podía verse. Aparte, estaba todo rapado; ni cejas tenía. Creo que pestañas, tampoco. Parecía una babosa con esteroides.

El de la derecha era un poco más normal; por lo menos, tenía pelo en los lugares visibles que correspondían. Apenas nos pasaba por media cabeza y tenía cuerpo de nadador, pero su palidez me resultaba perturbadora.

Lucía les hablaba como si los conociera de toda la vida.

—Ella es mi hermana Lucrecia.

El grandote asintió sin decir nada; el otro murmuró un "hola" bastante tímido. Ambos me miraron de tal forma que, por un momento, creí que no existía. Lucía señaló al primero y dijo:

—Él es Xyl... Xyl... −Se volvió al nadador y le preguntó−. ¿Cómo era?

—Xyll Ip'Höng.

—¡Eso! Xilofón.

—No −dijo el otro−. Xyll Ip'Höng.

El rugbier asintió. Me pregunté si era el único gesto que sabía hacer. Lucía, por su parte, levantó los hombros.

—Es lo mismo −dijo.

—No es lo mismo −insistió el otro−. Tú haces referencia al instrumento musical de percusión consistente en una serie de láminas de madera afinadas según un tono específico. Por el contrario...

No tenía ganas de escuchar las disertaciones de nadie, y menos de un tipo que se sabía la Wikipedia de memoria.

—¡Qué nombre tan original! −interrumpí bostezando−. ¿De dónde es?

Los dos sujetos volvieron a mirarme con esa expresión vacía. El alto abrió la boca, pero Lucía respondió antes de que pudiera decir nada:

—Es de Hungría, ¿no te parece re exótico?

—Así que húngaro, ¿eh? −El rugbier asintió por enésima vez; puse mi mejor sonrisa falsa y agregué:−. Espero que no te moleste que te llamemos Xylo.

Asintió otra vez y tuve la certeza de que no había entendido una sola palabra de la conversación. Era el momento ideal para irme al diablo, pero Lucía parecía tan emocionada por tener vida social fuera de la facu, que me dio lástima y le pregunté al nadador cómo se llamaba.

—Andro Ide.

—¿Androide?

Se sonó el cuello y me respondió, serio:

—No. Andro Ide.

—¿Sos griego?

Bajó la mirada un instante y volvió a mirarme. Movía la cabeza como una paloma.

—No. Uruguayo.

—No parece; te faltan el termo y el mate, jaj...

Volvió a hacer eso de bajar y levantar la vista.

—No comprendo.

Mi hermana sí que sabía buscárselos, eh.

Los extraterrestres no tienen pestañas (Los monstruos no se enamoran #2)¡Lee esta historia GRATIS!