Capítulo 11 (Parte 2)

Comenzar desde el principio

—¿Un búho?— pregunto, observando el movimiento de la pequeña ave entre las crecientes sombras.

—Un murciélago, diría yo— aclara Castiel, con ojo más experto que el mío— El primero de muchos. Es tarde. Deberíamos marcharnos. Supongo que querrás asearte antes de la cena— dice, de forma muy acertada.

Asiento con la cabeza, y tras beber un trago de agua —un largo trago de agua— en la fuente el grifo viejo, me encamino hacia la salida con las manos en los bolsillos, y sintiendo las piernas de gelatina.

A los pocos segundos noto los pasos largos de Castiel yendo tras de mí. Me giro y él se planta a mi lado.

—¿Te acompaño a tu habitación? Me queda de camino.

Me encojo de hombros, y echamos a andar.

—Ella era tu amiga, entonces.

Mis ojos se ensombrecen al oír hablar de Mitchie. Todavía parece que todo ha sido un sueño; cuando llegue a mi habitación, ella me estará esperando, con algo para tirarme desde su cama, o con alguna anécdota divertida que contarme. Todavía parece todo tan irreal.

—Sí, lo era— digo, pronunciando las palabras tan rápido que el sonido parece distorsionado— Llevábamos juntas desde que llegué aquí.

—¿Y cuando fue eso?

Sonrío para mis adentros.

—Hace mucho, mucho tiempo— Castiel me lanza una mirada excéntrica— Al menos, así lo siento yo. Aunque sólo han sido unos años.

—La amistad es algo bonito. Bonito, pero no eterno— sus ojos claros son indescifrables— Deberías saberlo.

Trago saliva.

—¿Por qué dices eso?— él gira la cabeza para mirarme, y algunos de los amarillentos rayos de luz procedentes de los farolillos quedan enredados en su cabello, dándolos un brillo dorado oscuro— ¿Crees que estará bien? Mitchie, quiero decir.

—Dicen que cuando quieres mucho a alguien, cuando le pasa algo malo, lo sientes aquí dentro— contesta evasivamente, señalándose su propio corazón.

—Yo no siento nada.

—¿Ves? Eso es una buena señal— dice, esbozando una sonrisa fantasmagórica. Por un momento permito que un rayo de esperanza alumbre mi interior.

—¿De verdad lo crees?

—De verdad, Leia— asegura cálidamente, y siento como algo se ilumina en mi pecho—No dejarían que le pasase nada.

—¿Qué?— pregunto, y me paro de golpe. Él sigue caminando tranquilamente, por lo que tengo que ponerme de nuevo en marcha— ¿De quiénes estás hablando?

—Las personas que viven en el Exterior. No tienen mucho; viven una vida humilde, pero no dejarían a nadie desamparado. Sobre todo a alguien tan joven como tu amiga. Ella estará bien.

Siento como la tensión que no había notado que adquiría abandona mis hombros, y tomo una bocanada de aire fresco.

Doblamos una esquina.

—¿Y dónde dormís vosotros?— pregunto, y él hace una mueca, divertido— Me refiero a Marcus, Uriel y los demás ángeles.

—Lo había entendido, gracias— aclara, y noto como el color sube a mis mejillas. Doy gracias a la oscuridad por la poca visibilidad— En medio de ninguna parte— dice, no sin humor. Hago una mueca excéntrica— Vale, en una zona reservada más apartada de vosotros, pero la otra opción suena más…

—¿Estúpida?

—Iba a decir “Mística” – dice Castiel, llevándose una mano al pecho, fingiendo estar ofendido — ¿Cuál de estas es la tuya?

Sin darme cuenta, hemos llegado a la zona de habitaciones. Señalo una de las puertas más alejadas pasillo a través.

—La ocho— digo, esbozando una sonrisa— Gracias por acompañarme.

Él responde a mi gesto con otro más brillante, su sonrisa blanca destacando en la creciente oscuridad.

—Para eso estamos. Que te vaya bien en la prueba de mañana. Te veré por la tarde— dice, como si no cupiera ninguna duda de ello. Se despide con la mano, y se marcha caminando con las manos en los bolsillos, silbando.

Me quedo observando cómo su sombra disminuye cada vez más de tamaño, hasta acabar fundiéndose con las demás, y los sonidos quedos de su caminar desaparecer. Luego alcanzo la llave dentro de mi pantalón, y entro a mi habitación, sumida en tinieblas.

Aprieto el interruptor de la luz, y la bombilla regala una pobre iluminación al solitario cuarto.

Abro el grifo de la ducha y la pongo para que el agua vaya calentándose, al tiempo que deshago la coleta y guardo los coleteros en mi muñeca. Me desvisto, y me meto en la cascada de agua ya caliente.

Una vez aseada y vestida para salir, cepillo mi cabello húmedo persistentemente, con la desfigurada raya en el medio.

Abandono el baño y recojo las llaves. Los mechones de pelo me golpean la espalda, mojándome la camiseta sin mangas.

Salgo al pasillo preparada para ir a cenar, cerrando la puerta tras de mí, y llamo a la puerta de la habitación siete para recoger a Kalie. Ahora que Mitchie no está, ella se ha convertido en mi salvavidas, en mi refugio.

Una chica morena algo mayor que yo abre la puerta, con una amplia sonrisa y el pelo desordenado. Lleva un zapato puesto y el otro no, y queda claro que he interrumpido cuando terminaba de cambiarse. No parece importarle.

Veo a Kass tumbada en una de las camas bajeras, con una chica de cabello claro y piel de porcelana junto a ella, en un nudo de extremidades. La chica ríe. Kass me lanza una sonrisa cuando me ve.

Un poco más allá, sola, en otra litera, veo a Kalie, tumbada mirando el techo. Sus ojos se iluminan cuando me ven, y se levanta de un salto.

Kalie se despide de sus compañeras y la puerta se cierra de nuevo, aislando un poco del abundante ruido. Ella suspira aliviada. Me río.

—¿Problemas en el paraíso?— pregunto, divertida.

—Más bien en el infierno— asegura ella, poniendo los ojos en blanco—Tengo ganas de que me cambien a tu habitación.

La miro con simpatía, y me aferro a su brazo, como solíamos hacer en el Refugio. Es increíble el cariño que le puedes coger a una persona en tan poco tiempo.

—Yo también las tengo.

Echamos a andar hacia el comedor, charlando despreocupadamente, donde se va formando ya una cola gradual de adolescentes.

[Capítulo corregido]

Ángel Guardián¡Lee esta historia GRATIS!