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Entender el concepto de deuda como tal no había sido tan difícil como entender todo lo que podía significar saldarla.

No era como ir a comprarme un celular y pagarlo en cuotas, sabía que la deuda estaba pero mes tras mes la iría pagando, con plata, eso era lo correcto, lo normal. Podía estar segura que sin importar lo que pasara nadie iba a venir a sacar algo de mí, de mi cuerpo.

No creo que nadie en mi familia hubiera esperado jamás que una deuda con las personas incorrectas requiriera como pago una persona por completo. Lidiar con una muerte era siempre más fácil que lidiar con una desaparición.

Sabía que la mente de mi madre tenía un defecto horrible que se había formulado a partir del sentimiento de culpa al sentirse incapaz de proteger a su hija, cosa que compensaba conmigo. En cuanto ella no estaba, la puerta quedaba cerrada con llave "no le abras a nadie si yo no estoy, ni aunque digan que vienen de mi parte", era una frase típica que arrastraba un profundo miedo.

Eran esos lapsos de conciencia lo que nos permitía convivir sin problemas, pero en otros momentos se evadía por completo y miraba la puerta o se encerraba en la pieza de Corina y no importaba cuánto la llamara ni cuánto golpeara, una vez que entraba, no salía por horas.

—¿Cómo reaccionó cuando te fuiste?

—¿Irme?

—Cuando entraste a Anónima. —Me observó en silencio antes de soltar una carcajada.

—Los muertos no extrañan a nadie.

No entendía mucho de lo que pasaba ni el porqué de la mirada de los vecinos cuando me veían pasar.

Supongo que habrán pensado lo que cualquiera "pobre nena", obvio que yo no me enteraba de nada, mi mente estaba en la quinta luna de Plutón.

Pero a todos nos toca enfilar ideas en cierto momento, porque es obvio que cuando entrás en la escuela secundaria y empezás a socializar las preguntas te caen a raudales y yo no sabía como contestarlas.

—Che ¿Y tu papá qué hace? —Me preguntaron una vez en el recreo, sentadas en ronditas habíamos estado hablando de cualquier pavada que nos hubiera pasado por la cabeza.

—No sé —contesté con toda la ingenuidad que tenía a mis trece años, totalmente ajena.

—¿Cómo que no sabés?

—Es que un día mi papá se fue, mi mamá nunca me dijo dónde —sabía que tendría que haber empezado a atar cabos desde hacía tiempo, pero no me salía, era más tonta que ninguna, encerrada en la casa con una madre medio perdida o directamente sola.

—Cami, la gente no desaparece porque sí. —Tenía una compañera, de esas que te miran y te desarman, que ya se las saben todas porque justo ese día te pusiste la remera al revés y ella ya te estaba analizando el porqué.— La gente se va o se muere, pero no desaparece en el aire, capaz tu mamá no quiso decirte que tu papá se fue, para no lastimarte.

—Me acuerdo pero patente esa escena, de mirarla como si le hubiera salido un tercer brazo en la cabeza.

—¿Pero nunca te cuestionaste lo que había pasado esa noche o dónde estaba tu hermana?

—No, no hasta ese momento

Cuando llegué a casa ese día mi mamá no había vuelto todavía, mi abuela a veces se la llevaba para que no pasara demasiado tiempo encerrada en casa.

Y estando sola me puse a pensar en todas las cosas que no habían tenido una respuesta en todos esos años, a buscar las contestaciones a las preguntas no formuladas.

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