14. Contradicciones.

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Abel intentaba llevar la mano hasta la cabeza del dragón, con intriga, entusiasmo y a la vez, cierto miedo. Su prometido le sostenía de las caderas mientras mantenía su muñeca firmemente agarrada.

—Si ve que dudas, notará que sientes miedo y atacará, porque considerará que tus intenciones no son buenas.—Le aconsejaba Deviel.

—No es miedo, ¡es respeto!, es un dragón, no un...perrito.

—Están domesticados, mira.—Deviel apartó al muchacho, poniendo cada una de las palmas de sus manos a un lado del hocico de la gran bestia rojiza, la cual, soltaba leves gruñidos cariñosos mientras el príncipe, apoyaba su cara sobre la frente del animal.

Abel se maravilló ante tan tierna imagen.

—Parece que te quiere mucho.

—Es mi niña mimada, Ánfora lleva conmigo desde que era una prole.

La bestia de escamas rojizas y ojos negros, con pequeños cuernos saliendo de su frente, no había alcanzado aun la edad adulta, más aquello no la hacía menos temible.

—Será una máquina de matar cuando crezca.— Aduló el futuro rey a la criatura dándole un besillo en el hocico.— ¡Hermosa!

—Y... ¿no se le hará muy pequeño esto cuando sea más grande?—Echó una rápida ojeada a lo que parecía un establo de enormes dimensiones, con nidos arriba y abajo en los que dormitaban las crías y las madres los cuidaban.—No quiero preguntar.... Qué es lo que comen.

—Cerdos, vacas, ovejas, ladrones, traidores, espías, cazadores de demonios.—Esbozó una encantadora sonrisa.—Tienen un menú muy variado.

—Se me hace demasiado fuerte.—Murmuró tratando de olvidar aquella imagen de su frente.

—Pues...espero que no lo sea lo que vas a presenciar ahora.— Comentó con un gesto de chulería, chasqueando los dedos para que los guardias sacasen una jaula, en la que había un hombre atado, moribundo y maltratado.—¡Sorpresa!

—¡¡Dios mío!!—Abel se llevó las manos aterrado a la boca, reconociendo al mercader de esclavos que le había maltratado durante tanto tiempo.—No...no lo hagas, Deviel, por favor, mi príncipe.—Suplicaba sin parar.

El hombre lo merecía, tal vez sí, pero Abel pensaba que era llegar demasiado lejos.

—¿Y qué quieres mi amapola? ¿Qué le de la libertad? ¿Para que siga maltratando a muchachos inocentes como tú?

Abel se tranquilizó al pensar que el príncipe, lo hacía pensando en el bienestar y seguridad de los demás chicos, más había otro tipo de muertes menos dolorosas y sufridas que aquella.

—¿No puedes condenarlo a la horca y ya está? Mi amor...por favor...—Sollozó, acariciándole el brazo mientras Deviel, no podía evitar ablandarse.

Pero de ninguna forma se retractaría, su sentencia estaba dicha y no iba a cambiar de opinión.

—Los dragones necesitan cazar sus presas, o al menos, sentir que así lo hacen, creo que....— Se repasó la barbilla con uno de sus dedos.— Antes de sacrificar a un pobre animal inocente, o a una persona.—Brillaron sus ojos con perspicacia.—Vale más, hacer el sacrificio con una rata despreciable como esta.

Abel respiró hondo, tratando de creer que su príncipe decía la verdad absoluta y que fuera de eso, no había más posibilidades ni peros.

—Lo que ordenes, estará bien.—Aceptó al fin.

Shiaru, la leyenda del cazador.¡Lee esta historia GRATIS!