Capítulo 7

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David salió en la mañana a visitar a Sofía. Las calles estaban secas y el cielo terriblemente despejado; estaba comenzando a hacer demasiado calor, tanto que hasta parecía como si los olores se estuvieran descomponiendo en otros más desagradables. Tal vez el clima se estaba volviendo loco cambiando los olores, y hasta los colores de las casas. De repente había mucha tierra que se levantaba con el viento, y el sol no daba tregua sino hasta las cinco o incluso seis de la tarde, cuando bajaba y se abría paso la helada noche. Había algo raro en el clima y la gente del pueblo empezaba a esperar lo peor. Presagiaban muy malos tiempos, incluso o más la madre de David, quien venía de un pueblo donde la sabiduría se encuentra en la naturaleza, así como la ayuda, pero también los desastres.

David seguía viendo muy mal a Sofía y aún no había podido hablar con sus padres al respecto. Ahora lo creía, estaba por venir lo peor, para todos. Estuvieron todo el día dentro de la casa de Sofía, pues el clima estaba insoportable y ya era más que evidente el delicado estado en que ella se encontraba, incluso para David, quien cada vez se sentía más preocupado por ella, pero lo disfrazaba. Pensaba que si ella no quería compartirle su pena para que estuviera un poquito más tranquilo, él no debía interponerse en su deseo ni preocuparla a ella también con su propio estado de ánimo. En lugar de eso, se dedicaba a hacerla sentir bien y sobre todo, a hacerla reír. Pensaba que así al menos por unos momentos olvidaría su sufrimiento y disfrutaría de sus días. Ya había dejado de ir a la escuela, por lo que ahora estaba más que confirmado su estado de salud y además, tenía menos tiempo para hacerla feliz durante el día, por lo que había decidido, en su optimismo, esforzarse al máximo durante los momentos que estuviera con ella por hacerla feliz.

Ese día vieron películas bobas con las que rieron hasta que les salieron lágrimas de los ojos y platicaron en la tarde junto a una taza de café tostado. Llegada la noche, David se retiró sonriente, casi como si hubiese olvidado un instante siquiera la amarga verdad, dándole a Sofía un suave beso en la frente y un "hasta mañana" lleno de ternura. Decidió caminar hasta su casa. Había muchas cosas que pensar y no estaba seguro de lo que debía hacer. Terribles pensamientos lo atormentaban mientras su pecho luchaba por no detenerse tan sólo del miedo. La perdería. De eso estaba seguro. Sofía no se veía bien y ya no parecía ir al médico o tomar medicamentos, pero cada vez se veía más demacrada y su sonrisa más débil. A veces, incluso le temblaban los labios cuando con sobrado esfuerzo esbozaba una tibia sonrisa para calmar un poco las inquietudes de David, quien sentía que a cada día la quería más, pero se daba cuenta que a cada segundo, la vida se la llevaba un poco más hacia su fatal destino, la muerte.

David tembló ante este pensamiento y se detuvo. Aún faltaba mucho para llegar a su casa, pero ya no quería andar. Sentía un irreprimible impulso por regresar y no volver a irse del lado de Sofía, su Sofía. La calle estaba obscura y realmente helada, pero él no lo notaba. En su mente sólo estaba ella, la chica indomable y adorada que a cada momento parecía perder un poco de fuerzas, de color, de vida... El frío en su interior no tenía nada que ver con el que se sentía afuera ni con la tangible advertencia que le hacía la noche. Siguió caminando hacia su casa con la cabeza agachada, pensando, atormentándose con una realidad ineludible y cruda que sentía no poder soportar. Al fin, llegó a su casa, empujó la puerta que se abrió con un chirrido espantoso que David apenas notó. Toda la casa tenía las luces encendidas, como de costumbre, y escuchó las voces que venían de la cocina donde seguramente estaban todos discutiendo sobre cualquier tema. Entró y lo recibió la cálida sonrisa de su madre quien ya estaba levantando la mesa.

-¿Todo bien?- preguntó su padre al verlo tan serio y aparentemente cansado.

-Sí, estoy bien. Es sólo que ha sido un largo día.- Esbozó una sonrisa y subió a su habitación.

Estaba realmente cansado. Era extraño cómo hacía unos meses podía ir y venir todo el día junto a Sofía y al llegar a su casa todavía tenía energías para platicar con su hermano sobre cualquier tontería, y ahora, que suponía perdida toda su felicidad, se sentía abatido y sin fuerzas ni ánimos para nada. Era como si sólo la esperanza lo sostuviese, esa belleza de sentimiento que nos hace seguir las batallas perdidas y vencer las pendientes, ese hermoso motor que nos levanta la cabeza aún para atrapar con las manos el agua fresca que se nos escapa de nuestro corazón por nuestros ojos y barrer la arena del desierto de nuestras almas, confiando en nuestra buena estrella, en la felicidad futura o en alguna recompensa en nada comparada con la que vemos. Pero, ¿qué sucede cuando nuestra estrella, nuestra promesa de felicidad, nuestro anhelo nos es arrebatado sin siquiera poder hacer algo, más que esperar? ¿Qué sucede al perder las esperanzas? ¿Qué sucedería con David cuando Sofía muriera? En eso estaba pensando cuando vio a su madre de pie frente a él. No había notado hasta entonces que estaba llorando. Se limpió las lágrimas e invitó a su madre a sentarse.

-¿Qué sucede? ¿Es Sofía?- Su madre era realmente mágica. Siempre lograba descifrar lo que les sucedía a sus hijos.

En ese momento, David se abrazó a su madre como un niño y llorando le confesó sus pensamientos. Ella lo escuchó pacientemente, comprendiendo el dolor que todo esto suponía para su hijo. Al final, lo apartó para mirarlo a los ojos.

-Hijo, escúchame. Sé que es difícil, pero no debemos sufrir por el futuro sino disfrutar nuestro presente. Aún no te ha dicho nada. Tal vez quiere que seas feliz en estos días. Además, justo es ahora cuando debes tener esperanzas, justo ahora que Sofía te necesita más que a nadie en el mundo. Llévale tus esperanzas y tu optimismo de siempre. Tal vez entonces, con un poco más de calma, resuelvas mejor la situación y después, pasará lo que tenga que pasar. Pero para entonces, te habrás preparado y estarás lleno de lindos recuerdos, al igual que Sofía, y ambos podrán volver a estar libres de dolor.

-Gracias, mamá. Aunque en verdad ya no sé qué pensar. Cada día se ve peor y mis esperanzas caen cuando la veo tan débil, tratando de sonreír para tranquilizarme mientras sus ojos revelan el más terrible dolor.

-Tranquilo, ya verás que todo pasa. Y yo estaré aquí contigo para darte fuerzas siempre que lo necesites.

-Gracias, mamá.

-Cuando quieras. Por cierto, hablando de otra cosa. ¿Has oído algo sobre Aracena? Parece ser que ahora sí estamos en peligro. Es de lo que hablábamos hace rato. Todos estamos de acuerdo en que hay algo raro. Parece que es la única ciudad que no está de acuerdo en las alianzas que Almasi está haciendo. No lo sé, hace días que siento que hay algo muy grande y muy terrible escondido en la ciudad, y no sólo yo, el pueblo entero tiene miedo.

-Sí, creo que ya todos hemos sentido que hay algo raro en el ambiente, pero no sé, creo que yo no soy muy buena referencia; últimamente estoy más que absorto con lo de Sofía.

-Sí, lo sé, pero sí has sentido algo. Hay algo en la ciudad. Pronto habrá que tomar decisiones.

Su madre se quedó en silencio un momento.

-Lo siento. Sólo quería distraerte un poco, aunque veo que es imposible. Pero quiero que tengas los ojos buen abiertos.- Aurora lo miró un momento y le sonrió con cariño - Descansa, hijo, que pases buena noche.- y se retiró del cuarto.

La noche estaba helada y silenciosa. David cayó en un profundo sueño del que no salió sino hasta que sonó el despertador. Toda la noche durmió profundamente, a pesar del viento helado que lo hacía temblar. El sufrimiento lo había dejado sin fuerzas incluso para levantarse a cerrar la ventana.

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