Capítulo 7 - Escape

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Robert estaba nuevamente en la oscura y fría celda. Tener a Lizzy cerca, aunque fue por tan poco tiempo le dio fuerzas para pensar en recuperarse y volver a sentirla cerca. Sin embargo, sus fuerzas no duraron mucho al recibir nuevamente, una brutal golpiza de sus carceleros. Más, no podía quitar la sonrisa en su rostro al pensar en ella. Aunque temía por su vida y por lo que pudiera pasarle ahora que ella había intervenido por él ¡sólo ella podía hacer una estupidez semejante en medio de todos.


Dos días habían pasado desde que la ejecución se había visto detenida por una joven con las hormonas revueltas. Mucho se había hablado de ello en ese tiempo y había toda clase de rumores corriendo en los alrededores. Entre ellos, que eran amantes desde que ella bailaba, por eso, había desaparecido durante tanto tiempo. Y había vuelto, sólo a salvar a su novio ¡hasta creían que eran cómplices! Enamorarse de un asesino es síntoma de ser asesino también.


Su padre era quien peor la llevaba. Lejos de estar feliz con la vuelta de su hija a casa y continuar su vida como si nada, se sentía bastante humillado por su actitud ¡todos los años de trabajo que le había dado, en vano! Salvar a un asesino de la muerte era una de las peores cosas que podía haberle pasado. Iba a quedar tan bien cuando anunciaran que Robert Hunter había sido capturado por ellos y así, había pagado sus crímenes y ahora, sólo quedaba ser el idiota que había permitido a su hija detener una ejecución.


Para Lizzy, las cosas no eran mejores. Estaba encerrada en su habitación desde que su padre la había sacado y llevado lejos de su 'amante'. El amor era la única razón lógica que encontraban para que hiciera eso. Una mujer enamorada se ciega y hace lo que sea por el hombre que ama, de otra forma, no encontraban la lógica a salvar la vida a una persona.


Lizzy estaba fatal. Había llorado todo el primer día en su encierro, golpeando la puerta y tirando maldiciones a las cuatro paredes. Su padre le llevaba comida a su habitación y la regañaba, diciéndole que todo aquello era por su bien y que matarían al hombre al día siguiente por la tarde. Ella saldría cuando eso hubiese sucedido. Así que hasta que no tuvieran su cuerpo frío y mutilado, no conocería la libertad nuevamente porque podría intervenir una vez más sin ser nada bueno para ellos o su pueblo. Y él, se debía al pueblo antes que a una hija rebelde.


—Si lo matas, moriré con él también —amenazó ella dispuesta a hacer lo que fuera para quitarse la vida. No le importaba. No le importaba nada. Hasta ver cómo había quedado él después de estar unos días con los carceleros, estaba segura de que no quería compartir un mundo así con ellos ¡no quería! ¿Quién le hace eso a un hombre herido y ciego? No había forma de que pudiera entender eso. No había forma alguna de que pudiera.


Pero tuvo una idea mejor todavía al ver que su guitarra aun residía en su armario. Todos los días su padre entraba a dejarle el desayuno y aunque luchaba con ella para que no saliera, lo importante es que la puerta quedaba abierta por ese tiempo. Así que ella debía de aprovecharlo.


Guitarra en mano, se escondió detrás de la puerta para así, al sentir la llave en la cerradura, se preparó, enfundó su arma y apenas lo vio, golpeó con todas sus fuerzas a su padre en la cabeza. Lo vio caer al suelo con todo lo que llevaba consigo para ella. Tanteó en sus bolsillos y le sacó la llave, así, salió y cerró la puerta desde fuera.


—Lo siento, papá. Te quiero —dijo a través de la puerta antes de salir corriendo.

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