Capítulo 2 - A la deriva

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Con esfuerzo, había logrado escapar. Aun no sabía cómo había surtido efecto el tirar del caballo a su captor y empeñarse en salir lo más rápido que pudieran ir. Su gran error había sido no considerarla una amenaza. Ella, sumisa, no había opuesto ninguna resistencia a nada de lo que hacían o decían ¡pensaba escapar! Y sentía que pelear con ellos la iba a llevar con todas las de perder. Sin embargo, ahora estaba perdida. Por perderlos a ellos, había terminado mucho más perdida ella. Tan sólo, instaba al caballo al galope, arqueándose hacia el frente e intentando no mirar atrás y ver sus caras cerca de ella. Cuando se dio cuenta de que no la seguían, tampoco sabía dónde se encontraba. No sabía a dónde debía ir o como volver a casa. El caballo era el único medio de transporte pero ¿A dónde? No sabía ni si quiera, en dónde estaba parada, así que caminaba esperando encontrar a alguien y tener la suerte de que supiera guiarla y no comerciar con ella. Aunque iba con cautela. Tampoco quería encontrarse de nuevo a los hombres que la habían llevado hasta ahí, estaba segura de que si lo hacía, no iban a ser buenos con ella. Quién sabe cómo había terminado el que había arrojado del caballo. No podía arriesgarse.


Vagó durante cuatro días hasta que llegó a la conclusión de que no iba a lograr salir del bosque sola ¿y qué haría entonces? No sabía qué hacer, tenía hambre, estaba cansada y quería darse un buen baño. No había encontrado más que unas pocas bayas en el camino y no habían sido las más sabrosas que había comido. El caballo la tenía más fácil, se contentaba con la hierba ¿pero ella? Nada de nada.


Se sentía bastante desilusionada ¡ni un viajero en el camino! O eso pensó hasta que vio a alguien allí. Lizzy lo había reconocido. Podría no verse como aquella vez. Su barba era menos tupida, su cabello estaba perfectamente escondido por el sombrero de alas anchas cuando lo encontró. Estaba tirado en el suelo, en medio de las hierbas y la maleza del bosque, cubierto de lodo, sangre y su ropa rota mostrando varias heridas.


Se lo quedó mirando unos instantes: ella nunca había estado en una situación similar. Si bien, el poblado se caracterizaba por ser un campo de batalla, su padre se ocupaba de que ella nunca se topara con lo que el denominaba las lacras de la sociedad. Por eso mismo, había fomentado su pasión por el baile y hasta le había comprado un lugar donde pudiera ejercerla sin problema alguno, así, no se cruzaría con ese mundo tan feo y aterrador que la rodeaba. Y ella, había aceptado porque era feliz así. Pero nunca había pensado el día que se iría lejos de aquella zona de comodidad y estaría en aquel mundo aterrador que le habían pintado desde pequeña y que ella había aprendido a no prestarle atención.


Tenía qué actuar. En ése momento, es cuando ella hubiese querido ser más partícipe del mundo real para así, hacerle frente a su problema que ahora, residía en el suelo.


¿Y si estaba muerto? ¿Y si no podía ayudarlo? ¿Y si se desmayaba apenas veía las heridas que tenía en su cuerpo? Se reprochaba esos pensamientos y decidía pensar en todo lo contrario: podría ayudarlo. Podría ayudarlo. En teoría, podría ayudarlo. Recordaba haber leído mucho sobre heridas, ungüentos para sanar males y brebajes varios en algunos libros por mero ocio. Todo eso debía servirle en aquel momento.


Así, decidió acercarse a él, poniéndose de cuclillas. Sus manos le temblaban al acercarlas al cuerpo en el suelo, esperando encontrarlo aun con signos vitales ¡y tuvo suerte! Lo que la hizo respirar mucho, pero muchísimo más aliviada al saber que aun, estaba vivo, inconsciente pero vivo. Ahora, debía encargarse de curarlo ¿Cómo? Necesitaba muchas cosas para ello y ella y apenas contaba con lo indispensable. Sin contar que estaban a la intemperie ¿Encontrarían un lugar donde quedarse? Incluso, una cueva hubiese sido una buena alternativa con tal de llevarlo a un lugar donde estuviera resguardado hasta recuperarse.

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