Ensoñaciones

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Al principio no había nada más que oscuridad.

Oscuridad y silencio. Y en cierta medida lo agradecí.

Después del fogonazo, después del grito, después de la sangre, después del dolor... ni yo misma hubiera tenido las palabras adecuadas para buscar ese consuelo que sabía que nunca llegaría. Pero de eso hacía ya días, semanas... no podía estar segura de cuánto tiempo había pasado.

Cuando ya ni la pena era buena compañía ellos empezaron a aparecer.

—¿Hola?

—Hola —¡una sonrisa amable, por fin!

—¿Qué es lo que haces aquí?

—¿Qué es lo que tú quieres que haga aquí?

Y así fue cómo empezó a llenarse un bar que nunca antes había estado allí.

Tras la barra, un David Hasselhoff con su bañador rojo de vigilante de la playa no paraba de servirme margaritas que nunca se me subían lo bastante como para hacerme olvidar. Olvidar, eso era lo único que necesitaba y lo único que jamás podría hacer.

—¿Estoy muerta, Terry? —solté dándole un sorbo a mi octavo margarita sin alcohol.

—¿Por qué crees que lo estás, Tess?

Lo miré de reojo, tanto él como el pato de su sombrero no me quitaban ojo de encima.

—¿Que por qué lo creo? Veamos... ¿por dónde quieres que empiece? Lobezno está echándose una partida de billar con una versión un poco desmejorada de Alan Rickman en la parte de atrás. Que no es que yo tenga nada en contra del bueno de Severus Snape olvidándose un poco de tanta clase de pociones y desmelenándose, pero tendrás que reconocerme que muy normal no es. No. Luego tenemos al lobo disfrazado de cabritillo en la mesa del fondo bebiendo como un auténtico cosaco una jarra que ni el bueno de Mitch Buchannon aquí presente —señalé a nuestro veraniego camarero— sabe lo que es.

—El lobo y los siete cabritillos, me encantaba ese cuento.

Sonreí. A mí también me gustaba. Mi madre me lo contaba cada noche antes de dormir.

Mamá...

—Por no hablar de que este bar tan deprimente parece la puñetera ComicCon con todos esos personajes de manga y videojuegos rondando por ahí.

—Teresa...

—Y luego te tenemos a ti, Terry. ¿Sabes cuántas veces he intentado ir a conocerte? Si un año hasta tenía preparado mi disfraz de la Comandante Angua. Es mi preferida.

—No sé por qué pero me lo imaginaba —otra vez esa sonrisa. ¿Es que es lo único que este hombre sabía darme? ¿Sonrisas llenas de pena y compasión?

—Y entonces te fuiste. Mi cuenta de twitter casi estalla de todos los mensajes que recibí. Parecía que era tu hija. Y lloré, Terry. Lloré muchísimo.

—Lo sé, pequeña. Pero no te preocupes, aquí estás a salvo. Aquí estás bien.

—¿Bien? ¿De verdad crees que estoy bien? —quise lanzar mi copa contra la pared, estallar de furia, pero no lo hice, ya ni siquiera me quedaban fuerzas para eso—. Entonces dime, Hombre del Sombrero, ¿por qué lloré mares de lágrimas por un escritor al que admiraba mientras no puedo derramar ni una sola en este escondrijo por la muerte de mis padres?

Los días no tenían principio ni fin en aquel lugar. La cadencia del tiempo había dejado de tener el menor significado y yo me dediqué a medirlo por el número de chistes que Gimli me contaba (y como os podéis imaginar, no eran demasiados).

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