LOS GANADORES

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Ahora sí, después de la demora, les muestro las obras ganadoras del concurso. Este apartado es temporal.

LA ILUSTRACIÓN

EL TEXTO: ALMAS LIBERADAS

EL TEXTO: ALMAS LIBERADAS


—Gracias Anahí —dijo Lucio cuando soltó la mano de la pelirroja y se alejó para avanzar al atemorizante infierno que se erigía ante él. Sin importar cuál fuese el destino de su alma, había aceptado que el final ya no podía evitarse, que la hora de partir había llegado.

El calor del fuego le acariciaba la piel. Sin embargo, sintió la necesidad de detener su andar para darse vuelta una última vez y darle una mirada final a la joven que llenó sus días finales en el purgatorio de un sentimiento puro y fugaz que se conoce como felicidad; un sentimiento que, antes de ella, le había llegado a resultar una cruel ilusión. La vio corriendo en la dirección opuesta a él, alejándose de todos los males, aferrándose al futuro. Sintió nostalgia ante la idea de perderla. Su cabello rojo fue lo último que él vislumbro antes de que la pequeña figura de Anahí se confundiera con la oscuridad del túnel.

Mientras se decidía a continuar su camino, Lucio sintió que la humedad le recorría las mejillas; sus ojos liberaban con timidez aquel elixir del sentimiento que era provocado por su deseo de vivir.

No se preguntó qué se sentiría volver a morir ni a dónde iría a parar, ni siquiera era capaz de cuestionarse a sí mismo si prefería irse sin luchar por todo aquello que una existencia junto a Anahí le ofrecía o si realmente existía el mítico juicio final; si luego de morir por segunda vez tendría la oportunidad de continuar o si su alma volvería a convertirse en polvo de estrellas arrastrado a lo largo del firmamento por ráfagas de viento.

Mientras el fuego consumía su piel, la humanidad que tanto había reprimido hasta el punto de creerla perdida, volvió a él. Pronto sus gritos desgarraron el velo de silencio que se desplegaba sobre el túnel. Entre pensamientos incoherentes, nublados por el dolor, pudo vislumbrar el bello rostro de Manuela que le sonreía, cada uno de sus rasgos expresaba amor.

—Nunca hubo nada que perdonar. Lo sabés, ¿no? Comprendo que lo intentaste, sé que me amaste.

Escuchar las dulces palabras de su esposa hizo que los gritos de Lucio ritos disminuyeran hasta dar paso a fuertes suspiros. Las piernas le temblaron, e incapaces de sostener su peso, se doblaron hasta hacerlo caer de rodillas y, posteriormente, tendido sobre la tierra mojada y caliente.

La tierna voz de Manuela inundaba su mente de tranquilidad. Todo estaría bien si la estrella de su vida, su eterno infinito, se encontraba a su lado. No importaba si al final de todo su alma resultaba condenada al infierno, siempre que tuviera el alivio que le otorgaba el perdón de su esposa.

Lucio intentó expresar esto en palabras, pero sus labios no respondieron. Manuela continuó hablando.

—Nunca me fui ni renací, estuve a tu lado a cada segundo, invisible, clamando a gritos que me escucharas. Te esperé. Ahora, podemos renacer juntos, Lucio, ¿no es seo maravilloso? Nos merecemos ser felices por fin. ¿Viste que nada puede separarnos? Esta vez, todo va a ser mejor, lo prometo. Vamos a volver a disfrutar de esas mágicas noches de tango, que con cada paso nos adentraban más en nuestro propio mundo y nos alejaban de la realidad; con la alegría floreciendo en nuestros corazones mientras nos sentíamos vivos sin importar que tan muertos estuviéramos. No tomes esto como una despedida, que para nosotros no existe tal cosa, Lucio. Te amo, nos vemos en la siguiente vida.

Todo quedó oscuro, cualquier sensación resultaba efímera debido a que sus oídos escuchaban embelezados las palabras que anhelaban oír desde el momento en que abandonó a su Manuela a merced de la segunda muerte. Cuando finalizó el discurso su amada, una sensación cálida y suave llegó a él. De haber podido, habría sonreído y le habría expresado cuánto la amaba.

Con este último pensamiento, el alma de don Lucio Ocampo y Larralde se desprendió del cuerpo a medio quemar y se dejó llevar hasta su siguiente parada.

Tiempo después, en la habitación de una clínica, una mujer se debatía entre el temor y la felicidad que le causaba el momento que tanto había esperado: el nacimiento de su primer hijo. Aguardaba impaciente, mirando el techo, como buscando certezas que le revelaran los misterios del parto y del equipo médico que le realizaría la cesaría. Pasaron unos minutos, la anestesia ayudaba a que la joven madre se sumiera en el mundo de lo onírico al que se resistía. Los médicos hacían bromas boludas para apaciguar sus nervios.

De repente, el llanto de un recién nacido hizo eco en su corazón y, en lo que pareció ser apenas un instante, el pequeño se encontraba en sus brazos. Ella supo en ese instante que sería lo más importante de su vida. Había esperado por ese niño nueve largos meses.

Quedó tendida en la camilla completamente sedada. La llevaron a la habitación donde la esperaban su hijo, su marido y su madre.

Todos estaban orgullosos con la hermosa criatura.

El padre alzó al bebe y lo acercó a ella al tiempo que expresaba su emoción.

—Es hermoso, ¿no? —Sonrió con evidente alegría.

—Lucio—murmuró su mujer mientras lo contemplaba con asombro.

Por primera vez desde la muerte de su hermana, Ailín volvía a sentirse completa. De alguna manera, Anahí, esa loca y eufórica pelirroja que incluso luego de ocho años seguía haciéndole falta cuando de travesuras y moda se trataba, la acompañaba y compartía con ella ese momento. La vida continuaba a pesar de que el tiempo había pasado con esa rapidez que no contempla a aquellos que extrañan, a aquellos que esperan, a aquellos que anhelan retroceder las horas para tener a un ser querido entre sus brazos aunque fuera por un instante más.

Carolina, la flamante abuela, reclamaba poder levantar al bebe. Una vez que lo tuvo en brazos, exclamó su propio orgullo.

—¡Qué lindo que es, che!

Acarició el brazo derecho de su hija con cariño. Una sonrisa nostálgica se dibujó en sus labios cuando el recuerdo de Anahí invadió su mente.

—Lo sé—dijo Ailín, adivinando el pensamiento de su madre—. Y sé que ella está con nosotros compartiendo este momento de felicidad.

—Si tu hermana te viera ahora, estaría orgullosa de la mujer en la que te convertiste; sos una madre orgullosa, igual que yo.

—También le alegraría ver qué familia tan unida que somos, ma.

Los tres intercambiaron palabras que demostraban su aprobación respecto a la afirmación y sonrieron al imaginar a Anahí, feliz en algún otro lugar, haciendo reír a todos con sus ocurrencias y su repentino mal carácter, vistiendo siempre a la moda con aquel cabello rojo que representaba a la perfección su personalidad equivalente a un huracán.

De repente, un llanto suave y agudo los abstrajo de sus pensamientos. Al desviar sus miradas, contemplaron a la hermosa bebe de la compañera de cuarto de Ailín. Anonadados por su ternura, preguntaron por su nombre.

—Manuela —respondió la madre.

Ninguno de ellos supo en ese instante que ambos bebés, al crecer, revivirían la felicidad de un antiguo amor que nunca conoció nifinales ni fronteras.    

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