Capítulo 10: Héroe por aburrimiento

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- ¡¡ESTÁS LOCO!! ¡¡ABSOLUTAMENTE LOCO!! – Comenzó a gritar poseída mi socia. Me arrojó un vaso con violencia pero logré esquivarlo y el cristal se hizo añicos contra la pared del fondo.

- Kassi, tranquilízate – Dije aunque no me atreví a acercarme más por miedo a llevarme una bofetada – Te estoy diciendo que no tenemos alternativa. No hay elección. Nos conocen, saben quiénes somos, qué hacemos y cómo lo hacemos.

- ¡Era un simple farol! ¡Un puto farol! ¿Dónde está esa mujer que dice conocernos? ¿Cómo sabe tanto del CV?

- No tengo ni idea pero lo sabe.

Me miró fijamente con su único ojo y pude ver su furia carcomiendo sus entrañas aunque no entendía a qué se debía aquella actitud. Esa mujer, Meganne, nos estaba chantajeando, sí, pero no nos estaba pidiendo ningún imposible y el trato que había cerrado con ella me parecía justo, incluso ventajoso para nosotros: colaríamos armas en A'tla, la ciudad de los ressanos en Gaea, para los insurgentes y luego no volverían a molestarnos. Por desgracia mi socia no lo veía así, decía que trabajar con ese tipo de escoria con principios e ideales era una mala idea, que nos involucrarían y nos atraparían para siempre y ella no estaba dispuesta a ceder ante el chantaje de nadie.

- Le di mi palabra a esa mujer, he hecho un trato y pienso cumplirlo contigo o sin ti –Amenacé.

- ¿Tu palabra? ¿Has olvidado qué somos? Somos piratas, traficantes, contrabandistas... trabajamos por dinero –me recordó desafiándome con la mirada. No me achanté y la mantuve sin titubear - ¿Qué te ha pasado? ¿Ahora quieres ser el héroe de esta historia? Eres escoria, un prófugo, un indeseable... igual que yo. Somos supervivientes.

Sus palabras me hicieron recapacitar durante unos instantes. Ella, como siempre, tenía razón. Yo no era un héroe con principios, no era el paladín de ninguna novela cutre... era un tipo ruin y despreciable que había hecho fortuna con negocios turbios. ¿Qué si ahora me arrepiento de lo que hice? ... No sé. No me gusta pensar cómo habría sido mi vida si hubiese tomado otras decisiones, no soy un tipo de los que lamentan su pasado porque ese pasado es parte de mi yo presente y a día de hoy puedo presumir de ser un tipo feliz. De todos modos, dejando a un lado mis reflexiones filosóficas y volviendo al tema que nos ocupaba, había algo en aquella estúpida misión rebelde que me atraía, que me fascinaba: no sé si era el aburrimiento de llevar años viviendo de la renta cómodamente en mi sillón de lujo, si era la crisis de los 50, o si realmente la petición de aquella desconocida paisana me había conmovido porque a fin de cuentas era mi pueblo, el pueblo ressano, quien solicitaba mi ayuda.

Finalmente me envalentoné y le di un ultimátum a Kassandra; en una semana partiría a Gaea con las armas tal y como había prometido, tenía tiempo para pensar qué hacer y darme una respuesta.

***

Nunca jamás la había visto tan borracha. Apenas podía mantenerse en pie cuando entró en mi dormitorio y se sentó a horcajadas sobre mí. La observé con impasividad a pesar de que estaba teniendo una ligera erección pero esperaba que ella no se diese cuenta.

«Te acompañaré, socio» me dijo y luego se desplomó sobre mí totalmente inconsciente. Suspiré aliviado de no tener que volver a pelearme con ella. Me deslicé con cuidado y la dejé tumbada sobre la cama, la cubrí con el edredón y la dejé descansar. Me alegré de que hubiese tomado aquella decisión. Habíamos pasado muchos años juntos, Kassi se había hecho un hueco en mi vida y dejarla atrás me parecía impensable. Me planteé seriamente si habría tenido el valor de abandonarla, de marcharme a Gaea sin ella: no, seguramente no lo habría hecho.

Al día siguiente, cuando se recuperó de su terrible resaca, nos sentamos a hablar y a planificar el golpe para los ressanos. Conseguir armas no era el problema porque teníamos un gran excedente, muchos de nuestros clientes nos pagaban con ellas el CV, luego nosotros las vendíamos en sistemas donde no era fácil adquirirlas y salíamos ganando con el trueque. Decidimos entregar 200 pistolas de energía, 50 carabinas, 10 rifles de asalto y 1 cañón portátil, era bastante para un grupo de insurgentes tan pequeños y si no lo era, tendrían que apañarse igualmente porque no pensábamos regalar más. Cargaríamos todo en La Brandina e iríamos los dos solos con Quemda a los mandos, como en los viejos tiempos. Encargaríamos a uno de nuestros distribuidores habituales documentación falsa para no tener problemas al aterrizar en A'tla: la ciudad no era muy grande y no solía estar fuertemente vigilada pero, si se preveía una guerra, quizás el gobierno estuviese más atento a las naves entrantes y salientes. Luego contactaríamos con los rebeldes en el punto que Meganne me había facilitado, entregaríamos la mercancía y volveríamos a nuestro cálido y lujoso apartamento en un abrir y cerrar de ojos. Fácil y sencillo. Nada podía salir mal...

Proyecto: Data WDonde viven las historias. Descúbrelo ahora