Especial #3

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Especial y extra de Obedeciendo tus reglas.

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Todo padre teme responder a la desdichada pregunta que los pequeños suelen plantearse en un momento determinado

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Todo padre teme responder a la desdichada pregunta que los pequeños suelen plantearse en un momento determinado. No era una novedad que la curiosa Floyd McFly llenase de pregunta a todo aquel que se le cruzara; preguntas donde sus respuestas debían ser contestadas con detalle para que no desencadenara una serie de interrogantes. Cuando la junta de amistades en un bar de Los Ángeles nos llevó a sacar a flote el tema de la paternidad, Chase, Jax y yo estuvimos de acuerdo sobre el "don" de los niños por cuestionarse todo y a todos. "Complejo de filósofos", le llamó Jax, y yo no pude estar más de acuerdo.

Antes de conocer la noticia que sería padre, mi conocimiento precario sobre lo que significaría cambiar pañales a mitad de la noche y despertar oliendo a vinagre era nulo, sin embargo, se trataba de algo que mentalicé consciente que sería algo por lo que Astrid y yo atravesaríamos. El sacrificio de ser padres primerizos, situación donde el mínimo llanto te asusta y crees que la vida de la criatura corre peligro.

Estaba completamente equivocado. La única vida que corría peligro era la nuestra. El desvelo corría por su cuenta y al día siguiente tentábamos a la muerte con nuestros propios despistes.

Aprendimos sobre paternidad con práctica y muchos paros cardiacos, y aún así nada nos preparó para traer a la niña más preguntona que puede existir, con sus cómos y por qué interminables, que no logras satisfacerse ni con las explicaciones dibujadas de Pajarito.

Ahora ni siquiera un dibujo puede usarse para responder la interrogante de mi pequeña.

—¿De dónde vienen los bebes? —Sacude su pequeña cabecita meciendo las coletas que recogen su cabello castaño—. ¿A qué viene esa pregunta, Huroncito?

«A qué viene esa pregunta justo cuando tu madre no está en casa», quiero decir.

—Es que Cecile Millash dijo que a los llegan por una cigüeña, pero Feliz dijo... —Abre sus ojos sorprendida y luego los cierra agarrándose el estómago carcajeándose con su voz chillona. Con otros niños ese sonido es una tortura, pero a mi pequeño y curioso hurón le soporto hasta el peor desastre— ¡¿OÍSTE?! Dije Feliz en vez de Felix, jiji. —Ahora su expresión forma un drástico cambio y se horroriza—. Papi, no le digas que me reí de su nombre, eso no le gusta... Aunque él me llama... —Lleva un dedo a su barbilla, sus ojos grandes y brillosos se tornan hacia arriba, pensando—. Aish, lo olvidé.

Aplasta sus mejillas con fuerza. Tomo sus manos pequeñas y cálidas para que deje de hacerlo, pues no me gusta cuando es así de brusca con ella misma. Su calor y aroma ya me es familiar, por eso además de llamarla «Hurón» por ser demasiado curiosa e inquieta, le llamo Estufita.

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