Capítulo 3: Sueños del Pasado.

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Como otras muchas noches ocurría, cada vez menos frecuente pero aún presente, el mismo sueño se repetía. Mi cabeza descansaba sobre una mullida almohada pensando que aguantaría durante toda la larga noche y, entonces, el sonido de una campana tañendo con fuerza repiqueteaba en mi cabeza y todo volvía a empezar. En esos momentos, todos los sueños dulces que pudiera estar teniendo se acababan. De hecho, no tenía siquiera por qué empezar la noche con ese recuerdo, pero siempre volvía. Recordaba una campana que resonaba en mi interior y entonces el sueño cambiaba. Las agradables compañías desaparecían, las aventuras se torcían, los vergeles que mi mente creaba en su interior se veían envueltos en la más oscura y perversa paranoia. Y envuelto en esa oscuridad, me perdía.

Esa noche no era diferente. Estaba soñando con el agradable rato que Claire me había brindado bajo la luz de las velas: algún que otro beso, alguna caricia, algún reproche y el calor de su piel bajo mis manos. Pero, entonces, sin quererlo, me había vuelto a encontrar vestido en el portal. Extrañado, había intentado abrir la puerta, mas la tarea me resultaba imposible. A cada paso que daba, el pasillo se alargaba y me encontraba un poco más alejado del brillo del candil que prendía sobre la mesa de la alcoba y cuyo reflejo era visible bajo la puerta. La campana sonaba y el pasillo se alargaba más y más en la oscuridad, perdiéndose para siempre, mientras las tinieblas me envolvían como una tela hilada con la misma oscuridad del infierno. Perdido en la lobreguez de mi nuevo onírico hogar, lo único que escuchaba era la campana.

Tras la terrible tenebrosidad que me esperaba tras aquel irritante sonido siempre venía lo más horripilante de todo. Un gesto de bondad atroz, un acto comedido de villano, una misericordia perdida en la perversidad divina del destino, un regalo. El último que esperaba y por el que todo el mundo se aferraba a la vida, aunque esta fuera un ardiente infierno que soportar segundo a segundo hasta la fría calma de la muerte. La esperanza.

―Esperanza... ―Sonaba en mi cabeza.

Eso era lo que más odiaba del sueño que me envolvía en el tañido de la campana. La esperanza. El bondadoso gesto que me acurrucaba en unos brazos níveos y delicados, de piel suave y cálido sentimiento. Unos que me abrazaban en la más infinita ternura que creía nunca haber conocido o de los cuales mi mente no guardaba recuerdos conscientes de los que disfrutar fuera de mis sueños. Nunca recordaba esos momentos cuando abandonaba las tierras de Morfeo y despertaba. Nunca lo hacía y eso era algo que me mortificaba en los primeros y últimos momentos de la vigilia.

Perdido en la ternura del abrazo, me sentía cómodo, tranquilo, como uno debía sentirse en el paraíso. No pensaba en nada más; quizás, porque tampoco importaba, o porque tampoco buscaba que me importara. Me sentía drogado en aquella benevolente actitud de amor compasionado que busca solo ser entregado sin egoísmo alguno. En esa clase de amor que uno busca toda la vida sacrificando todo lo que se tiene a mano y que yo, sin interés o quizás dando por perdida la posibilidad, ya no creía posible en mí. Había pasado toda mi vida buscando quizás sentirme igual de bien que en aquellos recuerdos. Lástima que esos momentos de felicidad solo me duraran los primeros segundos antes de que los rayos del astro rey me devolvieran a mi realidad de negrura, oscuros quehaceres y mi hogar pasado por agua.

Ese era el único amparo en el que mi mente descansaba. E, incluso siendo un refugio, era algo más temporal de lo que podía desear, puesto que lo sentía como ninguna otra maravilla que yo pudiera desear o siquiera imaginar. No puedo describir lo necesarios que eran para mí esos segundos en aquellos brazos que pasaban en un abrir y cerrar de ojos. Tras unos momentos, el cauce volvía a su lugar muy deprisa, como si no hubiera existido durante eterno instante y ahora tuviera que aprovechar todo lo que no había dejado pasar. Comportábase como un niño que deja olvidado su juguete y lo reencuentra tras una grata sorpresa, como el hambriento vagabundo que recibe una comida caliente y deja tan limpio el plato que el metal reluce como nuevo. Aquel malcriado me arrancaba de los brazos de la que creía la única mujer querida, y entonces la campana sonaba y el tiempo me devolvía a la funesta normalidad.

Un grito. Era lo único que escuchaba tras la campana. Un grito desgarrador que conseguía recordar incluso despierto. No sabía de dónde provenía; quizás, no quisiera saberlo, pero no podía distinguir nada de él excepto que expresaba toda la pena y cólera del mundo en el mismo tono. Un grito que no era de terror, un grito que no era de miedo. Un grito de impotencia, de ira, de rabia, de dolor. Un alarido lleno de sentimientos que impactaban con fuerza sobre mi conciencia. Yo bramaba dolorido como un animal ensartado por certera saeta entre la profunda espesura del bosque de mi oniria. Notaba el grito en mi piel, lo escuchaba en mi cabeza y lo sentía cincelar en mi corazón. Quedaba para siempre conmigo. Y cuando la voz dejaba de retumbar en mi cabeza, el silencio sepulcral que lo precedía siempre me dejaba helado y asustado. Congelado, gélido, como mi corazón: así me sentía. Esa frialdad era momentánea, puesto que la calorina, más allá de la ventana que se abría a mi infierno personal, tronaba con fuerza en mi ser. El abrasador aliento del futuro me abrazaba sin pasión y despreocupadamente. Quemaba mi piel y calcinaba mis sentimientos.

Ardor, dolor y lágrimas evaporadas por el intenso sentimiento que se rompía ante la campana. No había descanso para los condenados como yo. No podía haberlo. Y el frío me abandonaba para dar paso al sofocante y abrasante recuerdo mezclado con el inconfundible olor a carne humana a punto de carbonizarse por completo. Recordaba, segundo a segundo, cómo las ampollas se formaban y estallaban mientras la piel se agrietaba, se rompía y se volvía cada vez más negra. Ese era el color que predominaba en la extremidad abandonada por el alivio del bondadoso recuerdo. Y en esa memoria de dolor extremo y sufrimiento me encontraba, bañado en un sollozo interminable y unas lágrimas que no conseguían enfriar el ardor que sentía por debajo de la piel, en el interior de los huesos. El plato perfecto para el sufrimiento inmisericorde que el destino me había regalado a edad temprana.

Muchos años pasarían hasta que olvidara aquellos sucesos que anidaban en mi inconsciente. Muchas lunas habían pasado desde aquella noche perdida de 1875. El pasar de los años sobre las negras heridas de mi mano y mi ser había dejado una marca profunda ya olvidada debido a los largos años que estaban por venir. Los duros inviernos en la casa de Barnardo, las solitarias noches del hospital y los escalofriantes sucesos que acaecieron el veinticinco de diciembre de 1879. La década que continuó borró esos terribles recuerdos de mi mente gracias al entrenamiento en la Orden. Sabía que algún día mi yo consciente debería enfrentarse a los horrores que había vivido y nublado mi mente en aquella época. Por hoy, podía contentarme con sobrevivir a los miedos de pesadilla que tan solo ocurrían de tanto en tanto en mis más horrorosas noches sin luna. Lo importante es que había sobrevivido a todo aquel castigo y solo mi mano era testimonio de aquel infierno personal. Para mí, en aquellos días de invierno, era suficiente sobrevivir al día a día en la eterna búsqueda del pasado que se mezclaba con las ganas de conocer y el miedo a saber. Una delgada línea que tardaría en cruzar cada uno de los días de mi vida, algo a lo que siempre debería enfrentarme. Un destino desconocido que se hallaba tejido con los miedos e ilusiones de los sueños que en las noches como aquella me embriagaban en un sosiego doloroso que, como todas las preocupaciones de la gente normal, terminábanse justo cuando el sol decidía alzarse en el horizonte, acabando así con las preocupaciones del resto de mortales.

De Humanos y Monstruos - Lágrimas de Nieve¡Lee esta historia GRATIS!