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Mía.

La verdad.
¿De qué verdad hablaba, Jungkook?
Le miré desconcertada, fruncí el seño y sacudí la cabeza.

—Tranquila, no hay de qué preocuparse. —Dijo con un tono picaresco, que a pesar de no hacerlo con otra intención, sentía miedo.—¿Qué hora es, Mía?

—Son pasadas las cinco. —Me puse de pie y sobé mi cabeza.

—Saldré, lo más seguro es que no llegue a dormir. Creo que ya no es necesario recordarte que no debes hacer nada estúpido ¿cierto? —Asentí y callé.

Tomó su chaqueta y el resto de sus cosas y salió. Me asomé por la ventana y pude ver desde ahí como la camioneta se alejaba de poco en poco.

...

Jungkook.

Debía limpiar todo el desastre que mi hermano había hecho. Manejé por un par de horas hasta llegar a un barrio viejo y de mala calaña, me había citado en un bar de muy mal gusto.

Le vi ahí parado porque aún estando en un lugar así él seguía vistiendo bien, con ese porte y altura que siempre le había caracterizado.

—¡Kook! —Dijo con esa voz que siempre le había hecho resaltar. —Hermano, has venido. ¿Dónde esta Mía?

—Se ha quedado en el hotel. —Aclaré la garganta— ¿Qué es lo que haremos?

—Tranquilo, tranquilo —Palmeó mi espalda— Primero bebe un trago ¿no estas feliz de ver a tu hermano después de tantos meses?

Suspiré con cansancio y bebí un par de tequilas, si íbamos a hacer algo tan fuerte debía beber para tomar fuerzas.

—Esa estúpida —Dijo él señalando la pequeña pantalla que había en la esquina del bar, era la psicóloga que le había echado de cabeza y que había conseguido su reloj —Pronto se le acabará su jueguito.

Rió de una manera estruendosa, conocía esa risa, esa risa provocaba en mi satisfacción y excitación por matar.

—Hagámoslo ahora. —Giré y le sonreí cómplice, esa psicóloga solo es un estorbo en nuestro plan. 

Salimos del bar y menejamos hasta llegar a Shibuya, ahí se encontraban las oficinas de psicología más prestigiosas de Japón y donde ella trabaja.
La habíamos estado siguiendo de un lado a otro, nos habían dado las diez de la noche pero no íbamos a dejar pasar un día más.

—Ahí esta —Dije señalando la puerta de la entrada— Iré a por ella.

—Jungkook —Dijo él.— Hagámosla sufrir, hagamos esto como en los viejos tiempo, hermano.

Salí de la camioneta y a paso rápido me acerqué a ella cuando ya estaba dentro de su auto, me coloqué la máscara y entré del lado del copiloto. Ella pegó un brinco y trató de salir, ya era tarde.

—Psicóloga, por fin nos conocemos. —Le dije mientras le echaba seguro a las puertas— Somos dos, no un asesino.

Ni siquiera le había dado tiempo de gritar o hacer algún otro movimiento, le había azotado la cabeza en el volante, la até y la eché al asiento trasero, le hice una seña para que echara andar la camioneta y me siguiera.

Llegamos a un baldío lejos de la ciudad, había una gran construcción sin acabar, parecía estar deshabitada.

—Ya lo tengo todo listo ahí dentro. —Sonrió mostrando todos sus dientes— Llévemosla dentro y terminemos con esto.

Subimos con ella hasta el quinto piso, parecía que el estuviera viviendo ahí pues había una colchoneta, cobijas y un montón de basura de comida.

Ella había despertado, estaba recobrando la consciencia y comenzó a gritar en cuanto tuvo fuerzas.

—Grita lo que quieras —Le dijo él con gozo— Dos cosas; uno, nadie te va a escuchar y dos, disfruto tanto cuando gritan e imploran por su vida.

—Tu —Le dije— Tienes algo nuestro, regrésanos el reloj.

—Bi-bien —Tartamudeó— Esta en el maletín pero por favor, no me maten —Chilló muy fuerte.

Arrojé todo lo que había dentro del maletín y me guardé en el bolsillo el dichoso reloj.

—¡Que empiece la fiesta! —Gritó aquel mientras se despojaba de los tirantes de su pantalón.

Le soltó una, dos, tres bofetadas, la psicóloga ya comenzaba a echar sangre por la boca.

—Hermano, abre la puerta de allá, creo que necesita un baño, esta sucia, podrida.

Abrí la puerta y un olor fuertísimo había inundado mis fosas nasales, conocía ese olor pues esa era su especialidad, ácido.

—¿Qué, qué me van a hacer? —Gritó y pataleó para que no la lleváramos dentro pero él como siempre, no se había tentado ni un momento, la cogió por la cadera y sin más la echó dentro de la tina.

Sus gritos llenaron el baño, se retorcía del dolor y ardor que el ácido provocaba en su piel que poco a poco se iba carcomiendo. La arrojó una segunda vez y cuando la sacó de la tina a penas y respiraba, no había rastro de su cara y su cabello había desparecido dentro de la tina. Una vez tirada en el piso, él le tomó las manos y comenzó a tronar uno a uno los dedos de ambas manos, las pocas fuerzas que le quedaban ya no existían y parecía que ya no sentía dolor alguno, fue entonces cuando nuestra satisfacción se vio saciada, el le echó un cuchillo al lado de donde estaba ella en el piso.

—¿Qué haces? —Le pregunté enojado. Es que ¿a quién se le ocurría dejarle un arma?

—Fue mucho dolor y estoy seguro que tragó ácido cuando la echamos a la tina, esta muerta en vida.

Le dejamos ahí tirada, cuando salimos del edificio el le echo gasolina al auto y le prendió fuego.

—No quiero que te vayas aún de Japón, han despertado a las bestias, hermano y no iremos a dormir aún.

...

Mía.

A la mañana siguiente desperté sudando, había tenido un mal sueño, caminé a la cocina y ahí estaba Jungkook, preparando el desayuno.

—Quería darte una sorpresa pero ya te has despertado. —Sonrió mientras volteaba la tortilla del sartén.

Le sonreí de vuelta y caminé a la sala.

—Echaré a lavar tu ropa, apesta. —Le dije tomando su chamarra.

Caminé con ella hasta el cuartito de lavado, dentro había algo que pesaba, metí la mano en el bolsillo derecho y saqué un reloj, no le tomé importancia pues Jungkook solía usar también relojes pero puse mi vista de nuevo en él y todo había llegado como un rayo en el suelo un día de tormenta, ese reloj.

Le di la vuelta y en él había una inscripción que decía: Kim. 

ᴇɴ ʟᴏ ᴘʀᴏғᴜɴᴅᴏ ᴅᴇʟ ʙᴏꜱϙᴜᴇWhere stories live. Discover now