harry Potter se encontraba en uno de los pasillos de la Academia de Aurores, una construcción de techos altos y gélidos corredores. No era un castillo, como el de Hogwarts, pero sí se trataba de una estructura maciza del Medievo, ubicada en los suburbios de Londres. A vista de los muggles era solo un sitio eriazo más. Sin embargo, detrás de aquel escudo protector, se erigía una enorme edificación en donde se capacitaban a los mejores aurores de Europa. Este edificio tenía en la entrada un gran portón de fierro de color negro, con un camino de piedras que llegaba hasta la escalera central de ingreso. Por las orillas se hallaban hermosos parques de césped, adornados por varios sauces que se surtían de agua a través de un riachuelo que circundaba el lugar.

Al igual que el resto de los alumnos de otros colegios, también habían ingresado a clases el día primero de septiembre, a excepción de ellos (Harry y Ronald), que lo hicieron al día siguiente, pues ambos fueron invitados al acto de inauguración del año escolar en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Aquella mañana esperaba a Ron, pero aún faltaban algunos minutos para iniciar la primera clase del día, así que había optado por sentarse en una de las bancas de la entrada.

Al igual que en Hogwarts, muchos lo saludaban y lo felicitaban por el solo hecho de ser Harry Potter, otros directamente le pedían autógrafos o querían sacarse alguna foto con él. De a poco se iba acostumbrando a esta nueva fama: antes era «El Niño que Vivió», ahora era «El Héroe». Esperaba que la popularidad a él no se subiera a la cabeza como a Ron, que estaba tan cambiado... Si bien Hermione era su novia, Harry se daba cuenta su amigo también flirteaba con otras chicas de la academia. Sinceramente él quería mucho a Hermione, y no estaba dispuesto a dejar pasar esa actitud de Ron. Le debía respeto. Hermione no se merecía que él se burlara de ella a vista de todos.

Mientras revisaba la mochila en busca de una pluma, llegó Ron, casi corriendo.

—¿Estoy muy retrasado?

—No, aún es temprano.

—No tuve tiempo ni de mirar el reloj —dijo sentándose al lado de Harry y buscando el horario para enterarse qué clase le correspondía en la primera hora.

—Ron, ¿es cierto que tú y Hermione se casarán en noviembre?

—Ya te lo dije, así es. Ella y yo por fin estaremos juntos. Aunque claro, ambos terminaremos de estudiar.

—¿Y entonces? ¿Por qué sales con otras chicas? ¡No me pongas esa cara porque yo te he visto y a mí no me haces tonto, Ron!

—Amigo... amigo... me queda tan poco de soltería, debo aprovechar —respondió descaradamente.

—Me imagino que si Hermione te hiciera esto, a ti no te gustaría.

—¡A ver Harry! Tú y ella estuvieron solos por varias semanas, no me digas que entre ustedes no pasó nada porque eso no lo creo —Harry se puso de pie. Eso era demasiado. ¡Desconfiar de él de esa manera! Él quería a Hermione era su gran amiga, ¿cómo era posible que después de tanto tiempo Ron aún tuviera esas dudas?

—Todavía no te convences que Hermione es mi amiga, que jamás... ¡jamás la he tocado!

—Bueno, bueno, déjalo así. Total, ella se va a casar conmigo, ¿no?

—Por lo mismo, deberías dejar de pensar en estupideces y cuidarla. Hermione es lo mejor que alguien le pudiera pasar.

—Incluso a ti.

—¡Bueno, sí! ¡Incluso a mí, si no estuviera enamorado de Ginny! A veces, amigo, resultas ser un verdadero idiota —Ron rió a pesar del tono de enfado de Harry.

Siempre serás Mía, Granger¡Lee esta historia GRATIS!