Al cabo de unos minutos de estar sentado en la alfombra del departamento, logró calmarse. Empuñó la cadena rota junto al dije, y lo guardó en el bolsillo de su saco. Jamás pensó que Hermione reaccionara de esa manera y terminara rompiendo algo que con tanto amor le había obsequiado, pero la entendía. En el fondo, era lo menos que podía hacer. Estaba decepcionada y dolida.

Todo se había derrumbado y ya nada le importaba. Hermione, no lo quiso escuchar, pero ¿para qué? ¿Qué le podía él ofrecer? ¿Convertirla en su amante eterna? ¿Sin poder lucirla jamás ante nadie? ¿Condenarla a la clandestinidad por siempre? Si bien Hermione no se lo dijo, él lo intuyó. Para ella estaba la responsabilidad por sobre todo y la suya era responder ante Astoria Greengrass por el hijo que venía en camino, aunque fuera a costa de la felicidad de ambos. Ella daba un paso al lado para que Astoria pudiera criar a su hijo dentro del matrimonio, postergando la felicidad junto al único amor de su vida... Pero esa era la decisión de ella y, ¿qué había de él? ¿Se molestó siquiera en preguntar qué sentía él por Astoria? Para nada, los celos, la ira y la decepción, la habían invadido y lo que pudo ser una conversación madura y tranquila en donde ambos buscaran una solución al problema, se convirtió en una exasperante escena de gritos, de llanto y lo peor, de despedida.

Pero, ¿qué habría hecho él si la situación fuera distinta? Es decir, si ella hubiese llegado un día diciendo que, producto de un hechizo, había dormido con Ron Weasley, ¿cómo lo habría tomado? ¡Le habría dicho lo mismo que ella le dijo: ¿porqué, siendo tan inteligente, no se dio cuenta de que era hechizada? ¿La hubiese perdonado así como así? ¿Dejaría a Ron tranquilo luego de aquello? En su caso, estaba claro que no, conociéndose como se conocía, era muy capaz de colgar a Weasley de un testículo desde el Big Ben de Londres. Pero Hermione, jamás iría en contra de Astoria. Al contrario, su nobleza de alma, la hacían ceder su lugar para que ésta pudiera casarse con él.

Tomó el vaso plástico y miró la hora en su reloj. En dos minutos se activaría el traslador y regresaría a Dinamarca. Si no lo hacía, Kenson le había dejado en claro, que daría aviso al Ministerio de Magia que había regresado a Londres para que lo metieran de inmediato en Azkaban. Quizá esa fuera la solución. Irse preso y dejar a la mimada de Astoria con las ganas de ser su esposa... De solo pensar en ese futuro le daban náuseas y el odio lo acometía.

El traslador comenzó a centellear y no tuvo más remedio que tocarlo para retirarse nuevamente al exilio.

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Mientras tanto en La Madriguera, Ginny había recibido una lechuza de Hermione durante la mañana, en donde le señalaba que no iba a tener tiempo de ir a verlos, ya que aún le faltaban algunos trámites que hacer en Londres y además quería estar más tiempo con sus padres, así que le solicitaba que las cosas que dejó en su habitación (una pequeña maleta y algo de ropa) se las llevara a Hogwarts el día primero de septiembre cuando se reanudaran las clases.

—Así que Hermione no vendrá estas últimas semanas —fue Ron que habló durante el desayuno a su hermana.

—No, Ron. Se quedará con sus padres. Le costó tanto encontrarlos que entiendo que quiera pasar algún tiempo con ellos.

—Ginny, sinceramente me hace muy feliz que Hermione esté con sus padres, ¿tú qué dices, Arthur?

—Molly, dices eso pero en el fondo desearías que ella estuviera con nosotros. Estamos tan acostumbrados con Hermione y con Harry, que en algún momento has llegado a creer que también son tus hijos.

—Es cierto. Y ahora siento que me faltan tres hijos —agregó dejando a un lado la servilleta y poniéndose de pie para abandonar el comedor. Lloraba. Molly siempre lo hacía. Era muy difícil para ella encontrar consuelo ante la muerte de Fred.

Siempre serás Mía, Granger¡Lee esta historia GRATIS!