Draco se sentía muy cansado luego de la cena y mientras todos sostenían una amena charla en la sala, a eso de las once de la noche, pensó que ya hora de retirarse. Tenía mucho que estudiar todavía, pero lo dejaría para el día siguiente. Mientras todos hablaban, algo llamó su atención: a Astoria le brillaban los ojos, era como si un resplandor estelar estuviera posado en sus pupilas. Ya no eran verdes, si no marrones y su sedoso cabello se había convertido en uno un poco más desordenado, y el castaño era más claro, sus curvas se ensancharon y el busto se hizo más pronunciado. Quitó la mirada de la muchacha porque notaría que la observando. ¡Estaba loco! ¡Acababa de ver a Hermione en el cuerpo de Astoria!

—Creo que me debo ir a mi cuarto —dijo poniéndose de pie e intentando mantener el equilibrio—. Ese vino añejado me sorprendió con las defensas bajas —añadió sonriendo y saliendo rumbo a la escalera.

—O con el estómago vacío. Casi no probaste la comida, hijo —dijo Susan con tono amable. Draco asintió.

—Buenas noches —se despidió y subió a su cuarto.

Mientras el resto de la familia se quedó en la sala, Kenson, con un movimiento solapado de cabeza, indicó a su hija que ya era hora de echar a andar el plan, así que la muchacha bostezó notoriamente y también se despidió.

—Creo que también me iré a dormir... este ha sido un día muy largo. Buenas noches.

—Que descanses —le dijo Susan.

Draco entró en su dormitorio, se sentía somnoliento y se tambaleaba. Sí, Narcisa tenía razón, debió haber ingerido algo de alimento, el vino lo sorprendió débil. Se quitó la corbata, luego el saco y los colocó sobre un sitial que estaba a un costado de la cama. Fue en ese instante cuando escuchó unos suaves golpes en su puerta. ¡Diantres, si dijo que quería descansar! A regañadientes se acercó tratando de poner su mejor cara para abrir. Y cuando al fin lo hizo, ¡la vio a ella! ¡A Hermione! ¿Cómo había llegado hasta allí?

—Mía, ¿qué...? ¿Qué haces aquí?

Astoria entonces comprendió el efecto de la poción que su padre había realizado. La estaba confundiendo con su novia.

Y Draco no dudó en tomarle la mano y atraerla hacia su cuerpo, besándola desenfrenadamente. Astoria estaba con los ojos abiertos y casi perpleja... ¡ese hombre besaba como los dioses! ...Y ella que no había besado a ningún dios, todavía...

Con el pie Draco cerró la puerta y siguió besando a Astoria. De repente, algo en su subconsciente se activó, ¿cómo era posible que Hermione estuviera allí? ¡Ella estaba en Australia junto a Lunática! Quiso aclarar la situación y abrió los ojos. Soltó a quien tenía en frente, pero era Hermione... ¿con ojos verdes? Entonces sintió que todo le daba vueltas y se apoyó en la pared. Astoria se acercó a él y le tomó el brazo, impidiendo que cayera al suelo.

—Tú no eres Mía.

—Sí, soy Mía —¿Y quién mierda es Mía? —se preguntó Astoria, intentando realizar su mejor actuación—. Ven amor, acompáñame.

Guió a Draco hasta la cama y lo sentó. Luego corrió las cobijas y con bastante esfuerzo logró que éste quedara acostado en la posición correcta. Draco dormía profundamente, incluso roncaba. Todo iba como estaba planeado.

Con un movimiento de varita le logró quitar la vestimenta, incluso su ropa interior. Sus ojos quedaron adheridos en la perfecta combinación de hombre y sensualidad que era aquel mago, ¿por qué antes no se fijó en él? ¡Estúpida! Perdiendo el tiempo con el feo y vulgar de Flint, rogando para que la amara. ¡Mortífago estúpido! Y ahora tenía a todo un dios griego para ella solita...

Siempre serás Mía¡Lee esta historia GRATIS!