Capítulo I.

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—¡Oh santa madre! ¡¿Por qué Señor?! ¡¿Por qué?! Yo la amaba, a mi manera, pero lo hacía — los sollozos incontenibles y las lamentaciones de María Dolores llenaban el pequeño recinto, apartado del resto de la estancia (por obvias razones "putrefactas")

La expresión desvencijada de su rostro, con sus ojos salidos de las orbitas, al mejor estilo caricaturesco, le produjo a la mujer serios espasmos abdominales (era eso o los nabos que había cenado la noche anterior, estaban surtiendo efecto)

De haber sabido que la persona que le había dado vida terminaría contrayendo el temible virus Z que había comenzado a propagarse de forma garrafal en todo el Estado, lo mismo que la histeria colectiva, ella hubiera dejado las diferencias que tenía con la difunta de lado, para pasar más tiempo en su compañía y resarcir su quebrantado vínculo, como era debido.

Pero cuando fue a su casa materna, motivada por aquel instinto de preservación primaria (en momentos de cataclismos y posibles advenimientos, nada es más seguro que refugiarse en casa de tus padres) encontró a la mujer muy enferma y de inmediato supo que había sido afectada por el virus. Su demencia lo decía todo.

¡¿A quién en su sano juicio se le ocurría guardar un ladrillo en la nevera?!

Era obvio que su delirio era un síntoma de aquel implacable flagelo que afectaba principalmente el cerebro.

Consternada por el hecho y luego de tomar los recaudos necesarios para evitar el contagio, se enfocó en aquel firme pensamiento de que "un hijo siempre debe velar por el bienestar de sus padres" y tomó las dos decisiones más duras de su vida: hablar con sus hermanos gemelos, a los que ella consideraba unos "inútiles retrasados" (ya bien le había advertido el médico a su madre los riesgos de embarazarse de tan grande, pero la obstinada mujer había insistido) y practicarle eutanasia a su progenitora (no se podía hablar de homicidio cuando se trataba de enfermedades incurables)

Poco después, sus fraternos Rómulo y Remo, estaban en su hogar natal, al cual también hacía tiempo no visitaban (las cosas no habían quedado bien entre su madre y su fallecido padre, luego de que ambos los echaran "cruelmente" de la casa a sus 32 años) y habiendo corroborado su síntomas por sí mismos, optaron por acompañarla hasta sus últimos momentos, desconociendo lo que su hermana mayor planeaba ( tampoco es que María Dolores hubiera sentido la necesidad de confesarles sus planes funestos a ese par de neandertales)

En menos de 24 horas, haciendo honor al nombre que le habían puesto, con "dolores" en el alma, y profesándole su querencia de forma exagerada, la joven le había suministrado a su madre una dosis de veneno, mientras la arropaba en su cama, al tono de una canción de cuna que aquella le entonaba cuando era pequeña.

— Te extrañaré madre...espero puedas perdonarme — susurró mirando una vez más el cajón con un hondo pesar y alivio doble (por un lado, tenía la tranquilidad de haber hecho lo correcto, y por el otro era un bálsamo poder quitarse el molesto traje antiséptico y la máscara que se había puesto)

espero puedas perdonarme — susurró mirando una vez más el cajón con un hondo pesar y alivio doble (por un lado, tenía la tranquilidad de haber hecho lo correcto, y por el otro era un bálsamo poder quitarse el molesto traje antiséptico y la máscara...

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Los funerales de la mamá zombie¡Lee esta historia GRATIS!