Capítulo 5 (Parte 2)

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Los días vuelan, y pese a que me siento mucho mejor y desinhibida con todo, sigo con un gusto amargo.

"Lo dices como si hubiese sucedido algo".

Me miro al espejo, llevo puesto un correcto y nada deslumbrante vestido negro de mangas largas. Me he maquillado los ojos oscuros y me he peinado el cabello en ondas suaves. Me aplico rímel y termino mi look con un labial claro.

"No quiero malos entendidos".

Se me aprieta el estómago de pensar que tal vez lo vea en la exhibición. ¿Y si no voy? Rayos, todo esto ha sido tan incómodo, de seguro piensa que soy un robot con mis súper saludos o-ha-yo-go-za-i-ma-zu.

¡Ah!

-¿Estás bien? -me pregunta Oliver desde la puerta.

-Sí, sí. No me hagas caso, sólo pensaba en trabajo. Nada importante. ¿Seguro que no quieres acompañarme?

-Por favor, sólo soy un simple mortal, lo mío no es la arquitectura. Por cierto, si te aburres llámame, estaremos en Shibuya, aún no sé el club. Eh, yo que tú voy con los otros tacos y la chaqueta de cuero.

-¿Ah?

-Que esos zapatos no me gustan, prefiero los otros.

-Es que son tan incómodos.

-Nadie dijo que sería fácil -y se ríe-. Pero te felicito, te ves muy bien. ¿Y esas zapatillas?

-Por si me duelen los pies. Entran bien en mi cartera.

-Ay, Dios -y se lleva una mano a la frente-. Tú no cambias. Ok, yo me voy. Suerte.

-Gracias -me despido a regañadientes.

Salgo de casa con mis zapatillas puestas. Me pongo los audífonos y comienzo mi trayecto con Supercut de Lorde. Llego a la estación y no puedo evitar fijarme en una pareja japonesa que espera a mi lado. Son más jóvenes, con suerte deben tener veinte. Pero se ven tan tiernos con esa tenida a lo Wally, van vestidos casi igual.

Entro al tren divertida con mi evolución. Nunca imaginé que encontraría kawaii lo que en otros tiempos hubiera sido una total ridiculez. Me siento en un costado y aprovecho de contestar el WhatsApp familiar y las extrañas cadenas supersticiosas que insiste enviarme mi mamá.

Veinte minutos más tarde estoy a un costado de la tétrica e icónica araña gigante en Roppongi. Voy al mirador cercano y aprecio la vista de Tokio nocturno. Diminutas lucecillas tintineantes acompañan aquella majestuosa e inconfundible estructura rojiza con destellos blanquecinos. La imponente Torre de Tokio se alza en la oscuridad, irradiando como siempre esa inherente y contagiosa inspiración fotográfica. Me hago a un lado, curiosa del señor de gafas y ropas deportivas que se asoma con insistencia al visor de su cámara. Con sumo cuidado modifica cada detalle del ansiado momento, aprieta botones y regula con sutileza aquel lente de ensueño. ¿Será profesional? Al menos lo parece. Saco mi celular y al igual que el resto del público congregado en el mirador guardo ese instante lo mejor que puedo.

Roppongi Hills es un barrio de elite y bolsillos poderosos. Exclusivos restaurantes, bares y tiendas que en su gran mayoría son de otro mundo. El tipo de vitrinas que con sólo mirarlas entiendo que mi lugar está con el resto de los mortales junto a H&M, UNIQLO o ZARA. O quizás con ninguno de ellos, no al menos tras la mudanza. Frunzo el ceño y me estremezco al recordar los pocos yenes que quedan en mi cuenta. Horror, a este ritmo con suerte resistiré al primer sueldo.

Camino por el costado del edificio Roppongi Hills Mori Tower, hasta llegar a la entrada que conecta a los ascensores que llevan al museo en el piso cincuenta y dos. Me pongo los tacos a tira negros en una banca cercana y luego me acerco a la recepción y muestro mi ticket.

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