Capítulo 9. Excesos y pereza

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Lo habíamos conseguido en un tiempo récord. Nos habíamos hecho ricos en un abrir y cerrar de ojos y eso me impidió ver las cosas desde una perspectiva más realista y objetiva. Para mí, aquellos primeros millones de unidades estándar, me parecieron salidos de un sueño y, como si no tuvieran valor, empezamos a gastarlos sin ningún tipo de control, ni reparo. Sí, la mayoría de aquel dinero fue a parar a lugares y vicios sórdidos: alcohol, drogas, mujeres, objetos ilegales y peligrosos, armas, animales exóticos... por fortuna Quemda no perdió el rumbo y, cuando Kassandra y yo nos encontrábamos lúcidos o sobrios, nos obligaba a invertir en el negocio. Nos costó una gran fortuna hacer de La Brandina un gran carguero a la altura de las naves más punteras pero contratamos a los mejores ingenieros y mecánicos – nada de chapuzas - para que la pusieran a punto. Aunque la piloto nos advirtió de nuestra estupidez y nos explicó que era más rentable hacernos con una nueva, no pudo hacernos cambiar de parecer pues mi socia y yo nos habíamos encaprichado con nuestra primera nave y no queríamos deshacernos de ella. La Brandina recibió tal actualización que cuando terminaron con ella lo único que conservaba de la nave original era la carcasa. También parte de las u.e. fue a parar a nuevos trabajadores, gente de confianza que se encargase de los trapos sucios, de llevar las semillas de un lado a otro, de cobrar las deudas, de vender la droga... conseguimos crear una gran cadena de distribución donde trabajaban muchas personas, cada uno encargándose de una parte muy concreta del negocio, para que ninguno de nuestros queridos empleados, pudiese dar con la fórmula correcta del CV.

Nuestra reputación se volvió una navaja de doble filo: conseguimos muchos aliados pero también muchos enemigos. Nos hicimos famosos y nos fue imposible ocultar nuestras identidades, todos en la galaxia (o al menos en aquel sector) sabían quiénes eran Ween y Kassandra y temía que más pronto que tarde, mis amigos Kregks terminaran encontrándome por eso decidimos contratar guardaespaldas que se encargasen de nuestra seguridad en todo momento.

El dinero siguió creciendo sin mucho esfuerzo, ni grandes contratiempos y como buenos inversores empezamos a barajar otros negocios como los préstamos, el contrabando de fugitivos, el transporte de mercancías ilegales... de todo menos esclavos, ese fue el único palo que nunca llegamos a tocar y eso me hizo pensar que mi socia y yo cargábamos con un pasado muy similar. También, y aunque al principio me mostré reticente, hicimos algún que otro trabajillo fuera de nómina para La C.Corp, odiaba a aquellos tipos pero habían pasado muchos años y Kassandra me había enseñado que el dinero por un trabajo fácil y sin riesgos, estaba por encima de todo.

Solo había un problema: aquella vida de excesos era terriblemente aburrida, habíamos perdido nuestra chispa, nuestro encanto, nos habíamos vuelto unos ricachones perezosos que preferían enviar a sus secuaces a hacer el trabajo. Por eso, cuando recibí un extraño mensaje cifrado desde Burón, decidí desoír el consejo de mi socia y fui con Quemda y un par de matones a ver qué era lo que querían del viejo Ween.

***

- ¿Estás seguro de esto? ¿Podría ser una trampa de las autoridades buranas? – Me preguntó mi piloto.

Yo tenía mis dudas pero no había viajado varios años luz para darme la vuelta ahora. Asentí, me escondí entre la ropa una pistola muy especial de proyectiles metálicos que me habían regalado en un planeta no cartografiado, mi guitarra (que me servía para romper el hielo y justificar mi presencia en algunos tugurios poco glamurosos) y descendí de la nave. Como Burón era un planeta civilizado y bastante seguro, decidí dejar a mi escolta con Quemda pues aquel par de tipos feos, enormes y malhumorados, llamarían demasiado la atención.

Según el mensaje, mi contacto me estaría esperando en el espacio puerto de la ciudad principal pero allí no había nadie. Comencé a andar y me encaminé al primer bar que vi abierto. Aquel garito, cutre para ser burano, pero de lujo teniendo en cuenta los lugares que solía frecuentar, estaba lleno de tripulaciones que bebían despreocupados antes de volverse a embarcar. Esperaba que alguien me llamase por mi nombre pero no fue así, nadie parecía reconocerme. Pedí algo fuerte al camarero robótico y tras pagarle me sirvió una asquerosa y amanerada bebida incolora que me bebí de un trago. Nadie vino a por mí y me sentí un estúpido en aquella taberna. Era la primera vez en muchos años que me alejaba de mi socia, a ella no le había gustado que me hubiese largado a Burón pero yo ya estaba harto de estar empinando el codo sin hacer nada salvo gastar más y más u.e. En aquel mensaje había visto la oportunidad de volver a las andadas y convertirme una vez más en el pirata que siempre había deseado ser.

Estaba tan oxidado jugando a ser un serio empresario (en mis buenos tiempos nadie se habría acercado tanto sin yo darme cuenta) que me sobresalté al notar una mano en mi hombro. Mi primer instinto fue echar mano de mi pistola pero no estaba en el cinto.

- ¿Eres Kurzmen? – Me dijo una voz aterciopelada a mi espalda. Era, seguramente, la voz más hermosa y cálida que había oído en mi vida. Femenina pero cargada de determinación.

- Soy yo – Respondí intentando mostrarme tranquilo aunque aquella mujer me había pillado completamente desprevenido. No tenía manera de verla, así que mantuve mi vista clavada en el vaso vacío.

Ella tardó un momento en sentarse a mi lado y pedir un par de bebidas. La miré de reojo pero tampoco pude distinguir bien su rostro pues iba completamente cubierta por una capucha negra que apenas dejaba al descubierto una nariz pequeña y respingona.

- ¿Qué quieres? ¿Para qué me has llamado? – Le pregunté apurando de un solo trago la copa recién traída.

- Sé quién es usted, señor Kurzmen. Sé a lo que se dedica y tengo pruebas suficientes como para encerrarlo junto a su socia la señorita Eve el resto de sus días.

- No me venga con faroles, señora...

- Puedes llamarme Meganne a fin de cuentas es un nombre bastante común – Dijo con picardía. Luego dio un pequeño y delicado sorbo a su bebida – Y no es un farol. Sé que su fórmula magistral es simplemente un puñado de semillas que sacaron del planeta Rinna.

Tragué saliva al oír aquellas palabras. Al parecer aquella mujer no era una cualquiera y sabía lo que decía.

- ¿Qué quiere? – Pregunté con desgana encargando la tercera copa del día. La necesitaba.

- Quiero su ayuda señor Ween. Necesito un favor y, si cumple su parte del trato, no volverá a verme en su vida.

Proyecto: Data WDonde viven las historias. Descúbrelo ahora