El señor de las moscas

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La calamidad se abatió sobre la Tierra en forma de chatarra espacial. Nadie la vio caer, pero lo hizo envuelta en llamas, y levantó una gran bocanada de vapor cuando se sumergió en el mar. Se trataba, como se explicó más tarde en los medios, de una cápsula espacial; una cápsula de salvamento de la ISS-3, la nueva estación espacial puesta en órbita semanas antes. El Lucero del Alba se acercaba en aquellos instantes al lugar donde había caído; su casco oxidado se mecía con las olas bajas que rompían contra la embarcación, impregnando la cubierta del olor del mar. Hombres de piel tostada y manos callosas corrían por cubierta, oteaban el horizonte y realizaban sus tareas. Podían ver el objeto a estribor, una masa blanca y brillante flotando a la deriva como un cadáver hinchado.

Salvador Alfaro, robusto capitán de ojos melancólicos y mentón poco afeitado, observaba, con la espalda recta, los movimientos espasmódicos de la grúa mal engrasada. No daba órdenes, ni lo necesitaba; el pequeño y calvo Pedro Ezcurra, su primer oficial desde hacía ocho años, interpretaba en su rostro de piedra hasta la mínima mueca, y gritaba sus órdenes en consecuencia. Los hombres, por su parte, se lo ponían fácil. Rudos pero honrados, cada uno de los tripulantes del Lucero del Albaera buen conocedor de su oficio y actuaba en consecuencia.

A un lado, sentado sobre una caja, el estadounidense Judah Wilkins supervisaba la operación mordiéndose las uñas de forma compulsiva. De piel blanca, barba pelirroja y nariz ganchuda, Wilkins era una nota discordante en la caótica armonía del barco; era el cliente, no obstante, y quien paga es quien manda. Otros dos norteamericanos trataban, con poca maña, de ayudar a los marineros en las maniobras de rescate; pero Wilkins no daba órdenes. Únicamente esperaba. Siempre esperaba.

-Un poco más despacio -susurró Salvador, y el primer oficial repitió su orden a viva voz. Los engranajes de la grúa chirriaron, las cuerdas crujieron, y el barco se tambaleó. Tras unas pocas maniobras, la cápsula fue depositada en cubierta y amarrada con precisión.

-Será mejor que la abramos deprisa -comentó Ezcurra, cuando se acercaron a aquel extraño y pesado objeto cilíndrico, una imponente mole de casi seis metros de largo y dos de altura que había cruzado el espacio para sumergirse en las frías aguas del Atlántico. Salvador Alfaro dio un paso adelante y puso la mano sobre el metal, que ya se había enfriado. Acarició, despacio, su irregular superficie, y finalmente se fijó en la sección central.

-No será fácil -respondió el capitán-. Si eso de ahí es la escotilla, la cerradura se ha fundido en parte. Diles a los muchachos que traigan palancas.

-Eh, nada de palancas. No toquen nada -exclamó Wilkins con marcado acento norteamericano, al tiempo que se interponía entre la cápsula y los hombres. Salvador avanzó hacia él y le lanzó una severa mirada desde arriba; le sacaba casi una cabeza.

-Disculpe, pero sólo queremos abrirlo.

-No, ni hablar. Su trabajo era recoger la cápsula y ya lo han hecho. Ahora la llevarán a tierra, a la costa argentina, donde nos espera nuestro equipo para llevarla de regreso a Estados Unidos. Ese fue el trato, y para eso les pagamos.

-Pero dentro hay gente -protestó Ezcurra-. Sus astronautas están dentro de ese trasto, ¿no?

-Señor Wilkins -trató de explicar Salvador con su voz sosegada pero autoritaria-. No pretendemos contrariar sus órdenes, pero entienda que nos preocupa el bienestar de todos los pasajeros del Lucero del Alba. Y, en estos instantes, los hombres que puede haber dentro de esa cápsula se encuentran bajo mi responsabilidad.

-Entonces le diré, capitán -respondió el norteamericano, moviendo la cabeza y remarcando cada sílaba de la última palabra- que le eximo de toda responsabilidad con el contenido de la cápsula. Pero ni se les ocurra abrirla.

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