—¡¿Qué?! ¿Por qué no me han llamado?

            —Eran las tres de la madrugada —explicó la enfermera, inmutable. Hubiera podido chillar y amenazar hasta quedarse sin voz y posiblemente ella se limitaría a asentir y preguntarle si no quería hacerse una sonografía y una revisión, ya que estaba allí—. ¿Para qué ibas a venir a las tres de la mañana?

            Klio no tenía ninguna respuesta. De repente sólo quería darle una palmada en la espalda a la enfermera y esperar a que se le ocurriera qué decir. Desoyendo las protestas de Dibb, pasó corriendo junto al puesto de enfermeras, esta vez tan rápido como podía, hacia el fondo del pasillo.

            Después de haberle costeado a Suri todos los abogados, hotel y permiso durante las dos semanas que duró el juicio para determinar si haberse puesto en contacto con los Braithwaite era un delito o no, sus padres no pudieron negarse a pagar los gastos médicos de Aedan. Era el único soldado raso ingresado en aquel hospital. A lo largo del Muro el caos todavía era tal que ni siquiera tenían listas definitivas de bajas ni heridos, y si consiguieron sacar a Aedan del hospital de campaña que habían tenido que improvisar en la Puerta de Suburbia fue sólo porque su padre había removido cielo y tierra hasta traerlo al Armavale. Las influencias estaban para eso y no para despedir a guardas de seguridad, pensó Klio agitadamente mientras recorría el larguísimo pasillo, con sus paredes de cristal y su ventanal al fondo. Casi todas las habitaciones estaban vacías, pero al llegar a la de Aedan pasó ante las cortinas semicerradas tan rápido como pudo, hasta ocultarse tras la puerta. De repente sí que le dolía la cabeza y sí que se sentía un poco mareada, como le había advertido la enfermera Dibb. Esperó una milésima de segundo a abrir después de golpearla con los nudillos.

            Después de los tres meses sin verle se había acostumbrado muy rápido y a fondo a una versión inconsciente y demacrada de Aedan, con los tubos y los pitidos y el hospital siendo practicamente una extensión de él mismo. Solía entrar decidida, abrir las persianas y después sentarse a esperar durante horas. Algunas de las enfermeras venían a comprobar vitales y sueros y todo lo demás, y al principio las más idiotas decían una estupidez tras otra hasta que decidieron que Klio era una especie de bruja insoportable. Al parecer encontraban enternecedor que alguien recibiera tres tiros durante un baño de sangre y no se supiera muy bien si iba a despertar.

            Aedan estaba consciente, aunque tardó un poco en abrir los ojos del todo. Parecía un cambio insignificante, la diferencia entre estar o no despierto, apenas unos milímetros de distancia entre los párpados, pero a Klio le pareció una habitación distinta por completo a la que había estado visitando esos días. Se quedó en el umbral y cambió el peso de una pierna a la otra un par de veces. Recorrió la estancia con la mirada como si la viera por primera vez, y se sintió una invitada a la que no habían invitado.

            —Hola —saludó finalmente. Se cruzó de brazos sobre el estómago y dio un par de pasos tentativos. Ante su sorpresa, Aedan levantó la mano y se quitó la mascarilla. Al verle la cara por completo se dio cuenta de lo sorprendido que estaba.

            —¿Klio?

            —No, la jodida Marie Curie —resopló. Y entonces tuvo que apartarse de la puerta y terminar de acercarse, inclinándose a los pies de la cama, para comprobar que era él y que estaba despierto—. Tienes un aspecto horrible.

            Aedan parpadeó, muy lentamente. Aún tenía los párpados violáceos, una fea herida en el pómulo derecho tapada por una venda, y los ojos tan hundidos que ni siquiera se distinguía el color. Al respirar sonaron varios pitidos más, pero Klio no miró las máquinas. Se aferró a una de las quincemil barras metálicas que asomaban alrededor de la cama y sonrió con un alivio brutal y doloroso. Al final se decidió y se sentó en la silla junto a la cabecera, retorciéndose los dedos, mientras Aedan miraba a su alrededor. Pasó de largo por las máquinas y la parafernalia del hospital, y sus ojos se detuvieron en la ventana sobre todo, amplia y elevada sobre el parque del hospital. Los árboles tapaban cualquier resto de la ciudad, a excepción de los rascacielos del centro a lo lejos, con su entramado de pasos elevados y torres.

            —¿Dónde estoy?

            —En Utopia Capital. En el hospital Armavale.

            —Armavale —repitió para sí mismo, en un susurro, mirando al techo. Trató de incorporarse pero algo, en aquel desastre de vendas, puntos y cables que era, debió dolerle, porque se dejó caer de nuevo sobre la almohada. Después volvió la cabeza hacia ella, tomó aire, tragó saliva—. ¿Qué tal estás? No pude contestar tu mensaje...

            Tal vez había visto demasiadas telenovelas patéticas con Sylwia, o igual pensaba que tal como estaban las cosas en todo el país, con la paranoia, la agitación y las proclamas alarmistas, era de esperar algo dramático e impactante. Que Aedan despertase ya había sido una sorpresa. No había esperado que además siguiera siendo el mismo. Titubeó visiblemente antes de alargar la mano y ponerla sobre su brazo, y también se sintió un poco estúpida.

            —Estoy bien. Al menos a mí no me han disparado en los últimos tres meses. —Se rió, aunque no porque le hiciera gracia. Había una electricidad, una sensación exhilarante que le hubiera gustado sacarse de los pulmones de algún modo, pero no sabía como. Volvió a reirse y le apretó la mano—. Joder, me alegro de que te hayas despertado. En serio. Me alegro mucho.

            Le pareció que Aedan sonreía un poco, o igual era sólo la forma de las comisuras de su boca.

            —Yo también. ¿Por qué estoy aquí? —Cada vez que hablaba los tubos sonaban más fuerte, y su voz era seca y rasposa. Klio miró de soslayo a su alrededor en busca de un vaso de agua, pero no quería levantarse y Aedan no lo había pedido.

            —En los hospitales militares no tienen estas vistas —bromeó Klio, pero esperó que Aedan entendiera que era su modo de dar por zanjado el asunto.

            —¿Lo saben mis padres? —Puede que sólo lo preguntase por haberse despertado en un hospital obviamente privado, obviamente caro. Klio dio un respingo y no supo qué decir durante un momento. Después se decidió por la verdad.

—Intentamos traerlos. El Muro... bueno, el ejército todavía está identificando... —No quería pronunciar la palabra “cadáveres” en esos momentos. Respiró hondo y se apartó el pelo de la cara antes de continuar—. No encontramos ningún O’Malley en todo Utopia. Nada. Y...

—Es Rosales —susurró Aedan, cerrando los ojos—. Me apellido Rosales, O’Malley es el apellido de mi madre. Sonaba mejor.

Se detuvo para tragar saliva y Klio abrió mucho los ojos, y le golpeó el dorso de la mano, y tuvo ganas de hacerlo con fuerza pero el chico no había sobrevivido al ataque al Muro para que lo matase una utopiana sorprendida.

—¡Joder, me había dado un susto de muerte! ¡Creí que iba a tener que decirte que les habían echado o se habían mudado sin avisar o...! —Cayó de repente en todo el significado de la revelación, aturdida, por completo desbocada de incredulidad, alivio y diversión a partes iguales—. ¿¡”Rosales”!? ¿Pero se puede saber qué coño eres? ¿Irlandés e hispano? ¿De qué clase de coctelera cultural te han sacado?

Aedan abrió los ojos, serio de repente, y parecía no comprender que ella siguiera preguntándolo después de haber recibido la misma respuesta un centenar de veces en un centenar de momentos distintos.

—Soy de Utopia.

Y Klio se acercó levantándose de la silla, arrodillada al lado de la cama, y con cuidado apartó los cables para ponerle las manos en las mejillas y hacer que la mirase. Sacudió la cabeza y arrugó la nariz.

—Mentira —murmuró pasándole los dedos por el pelo húmedo, pegado a las sienes —. Eres de Marte y cualquier día de estos volverás a casa.

 

 

FIN

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