Prólogo

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Otoño de 1560


En la hacienda de Sir Auron Schneider se había convocado una ceremonia de duelo a su difunta esposa, Linda Wellington. La tarde amenazaba con tornarse gris, con rachas de vientos que arrancaban las hojas doradas de los sauces; y nubarrones que danzaban en el cielo. Las jacarandas lucían numerosas inflorescencias violáceas que poco a poco se desprendían a causa del vendaval.

Entre los invitados se notaba el señorío, el interés y la opulencia, que no eran pecados capitales, pero sí el precio a pagar de la nobleza más acaudalada y conocida de Antikaria.

Desde antaño, la familia Schneider se había dedicado a la producción de vino. Administraban feudos, grandes extensiones de viñedos y olivos de los que se sustentaba la economía, no sólo de la propia familia, sino también de Antikaria, situada cerca de los Montes de Málaga. A su vez, fueron unos de los primeros exportadores de vino dulce de Andalucía, el cual denominaron Lágrimas de San Lorenzo.

El diplomático Gary Evans, conocido por Sir Auron Schneider y asiduo interesado en sus actividades agronómicas y económicas, entró al salón de invitados, deshaciéndose de su capa. Sujetaba un portapliegos con cubierta de cuero, y vestía una chaqueta negra ajustada con mangas largas, que le llegaba por debajo de la cintura, a su vez complementada con un pantalón bombacho hasta las rodillas y unas botas de cuero. Tenía barba y bigote bien cuidados, y lucía una media melena castaña. Allí se encontró con Miranda Parker, la cual soportaba una copa de vino con la misma sutileza de unas manos que tocan el violín. Su melena rubia con tirabuzones tapaba la mitad de su cara, pues se encontraba torcida debido a que el corsé le impedía adoptar una posición cómoda, mientras se apoyaba en el reposabrazos de la cheslón. Llevaba puesto un vestido rosa pálido acampanado y aterciopelado, de manga larga y cuello de barca, con motivos florales de sutiles colores.

Ambos se saludaron y entablaron conversación:

—¿Otro compromiso arriesgado, Gary? —preguntó Miranda, y comenzó a incorporarse en la silla.

—Expresar cualquier sentimiento aun siendo de condolencia, lo es —respondió Gary Evans tomando asiento a su lado.

—Dicen que los que más lo niegan son los que más padecen —insinuó ella. Dio un sorbo a su copa de vino y mantuvo las piernas cruzadas, en una postura defensiva.

—También dicen que no te acerques a una mujer cuando se está embriagando con bebidas alcohólicas, porque no te contará nada que sea verdad.

—En eso te equivocas —su expresión se tornó seria. Posó la copa en una mesilla cercana—. Este es el único momento en el que puedes arrancarle la verdad a esta mujer —aclaró ascendiendo unos grados la barbilla.

—Eso era lo que pretendía —afirmó Gary Evans jactándose—. La provocación siempre ha sido una de mis mejores armas para conseguir lo que me propongo.

Se miraron fijamente y, tras unos segundos, mantuvieron una profunda conversación. Tras esta, salieron al extenso jardín, donde el sacerdote del pueblo dedicaba unas palabras a la fallecida:

[...] Sea así recordada, como mujer bondadosa de un don talentoso, esposa de un señor poderoso e íntegro; amiga de aquellos que iban en busca de su ayuda cuando más la necesitaban. Pidamos al todo poderoso que le guarde en nuestros corazones y tenga su espíritu en libertad. Oremos una última vez por Linda.

Tessa, hija ilegítima de Sir Auron Schneider, de tan sólo doce años, se mostraba desolada. Se había abalanzado a los brazos de un extraño, y estaba totalmente desubicada tras haber abandonado su habitación sin el permiso de su padre. Sus lágrimas habían empapado el blanco pañuelo del arrogante Gary Evans, que se preocupó por ella:

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