C22: Guayaba.

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Si te lames la muñeca y luego la hueles estarás olfateando cuánto apesta tu boca

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Si te lames la muñeca y luego la hueles estarás olfateando cuánto apesta tu boca.

Y necesito mi cepillo de dientes con urgencia.

Mientras el chofer de la señora MacQuoid conduce a través de las concurridas calles del centro de la ciudad mi mente retrocedo en el tiempo: Blake me sostuvo por horas en un cubículo con mi rostro a centímetros del suyo en un lugar donde abrir, mejor dicho romper, una ventanilla te mataría. ¿Cómo resistió tanto tiempo con mi pestilencia bucal? Porque parece como si hubiera almorzado un Mephitidae, o sea un zorrillo.

Obviamente no es tan fácil espantar a Blake Hensley, mucho menos cuando tiene la necesidad de ayudar a quien sea que se ve metido en un hecatombe de problemas. Es paciente y tolerante, comprensivo y suspicaz: habla y calla en los momentos correctos, abraza con la fuerza justa y, a pesar de que no tiene el poder de aliviar el dolor o ahuyentar el miedo, su compañía hace de las tempestades más llevaderas.

Estoy agotada y las secuelas de las horas que pasé en ese avión reviviendo el pasado y temiendo por el presente dejan sus consecuencias, como siempre: mis músculos se sienten adoloridos y fatigados, mi mente exhausta, mis ojos secos e irritados, tengo el estómago vacío y eso me hace sentir mareos. Dejando de lado cualquier dolencia física se podría decir que estoy avergonzada, y eso se debe a que pasé más de tres horas sobre el regazo del hijo de mi jefa, ambos encerrados en el baño de su avión privado.

No he visto a Blake desde que llegamos al aeropuerto de Owercity, y por lo tanto no he podido agradecerle como se lo merece. Sinceramente creo que mis horas en las alturas hubieran aparentado ser más inclementes y extensas sin él, y el hecho de que me haya permitido aferrarme a su camiseta y esconderme en algún lugar entre su hombro y cuello requiere de más que un simple agradecimiento.

En cuanto bajamos del avión él se tomó el metro para llegar a la casa de su hermana, y esto lo sé porque Corbin me lo dijo. Mientras estaba terminando de despertarme el muchacho de lindos globos oculares le dijo al contador que me vigilara y asegurara de que llegara a casa, y, ante cualquier lágrima que viera en mi rostro, que lo llamara. Así que en este momento estoy encerrada en unos de los tantos coches de Betty, con ella sentada a mi lado y Corbin echándome un ojo desde el asiento del copiloto.

—Lo siento —murmuro en cuanto el auto se detiene frente a la casa de fraternidad, si es que podemos llamarla así. No he dicho mucho desde que desperté, y en su mayoría se debe a que he estado practicando qué decir en mi cabeza demasiadas veces y a que mi boca se siente, además de pestilente, totalmente seca—. Soy un desastre en la tierra y supongo que también uno en las alturas. No era mi intención ponerlos a ninguno de los dos en una posición incómoda y mucho menos hacer del viaje de regreso algo tan dramático, algo que girara en torno a mí. —Usualmente sentiría el rubor calentando mis mejillas, pero estoy pálida y fría en su lugar. Puedo sentirlo siento y verlo en el reflejo de la ventanilla—. Normalmente soy precavida y me encierro con anticipación cuando sé que hay una tormenta en camino, pero no se me ocurrió que tendría que preocuparme mientras estábamos en vuelo. Si quiere despedirme para evitar futuros problemas supongo que... que está bien. —Hago el esfuerzo de sonreír, pero no sale más que una pequeña curvatura torcida y cansada—. Buenas noches.

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