Capítulo VIII: Vástagos

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—¡Es una abominación! ¡Sólo mírala! Por culpa de ella, y de la maldición que trajo su nacimiento, ninguna otra mujer ha nacido con el gen del lobo activo.

—¡Es una bruja!

—Monstruo.

—Abominación.

Las palabras podían herir incluso más que un ataque físico. Lo sabía de primera mano, mientras su corazón era desgarrado por tonos de voces despectivas, mientras su cuerpo era protegido dentro de los brazos de su madre... el último lobo mujer de la manada caucásica de los Wolfgang. Alfa y orgullosa, ella la había admirado desde que era una niña, soñando en convertirse en algo medianamente parecido a lo que su madre representaba para uno de los clanes de lobos más grandes de la historia.

...Esas miradas de odio la hacían estremecer de pies a cabeza y le recordaban, que, a pesar de tener poco más de dieciocho años, no había conseguido convertirse en lobo la primera vez. Y que todas las demás mujeres que nacieron dentro del clan, siguieron el linaje con la misma condición que ella.

Estaba aterrada... ¿Por qué tenía tanto miedo, que el corazón parecía que se le iba a detener? Tal vez eran las miradas de odio y malicia que la seguían.

—La abominación sería un excelente sacrificio para los dioses, así apaciguaremos su ira y nuestras mujeres nacerán nuevamente con el poder de un lobo, como corresponde.

Sintió su madre tensarse, apretándola más contra ella, como si su ira y su dolor materno pudieran protegerla de toda la maldad.

Pero ni todos los esfuerzos de una mujer tan fuerte, podrían detener a las masas enfurecidas que buscaban un chivo expiatorio a quien culpar de tal desgracia. Leia Wolfgang no pudo hacer nada más que mirar horrorizada y apresada, mientras los machos alfas más fuertes de la manada sujetaban a su única hija contra la fría tierra de los bosques de Mystery Spell.

Ni los gritos de ayuda, ni las suplicas a dioses que desconocía, ni la pobre lucha que consiguió dar... nada pudo evitar el dolor de la cuchilla cuando quisieron separar la cabeza de su cuerpo.

Fue una noche de horror, tragedia, sangre y un dolor tan intenso, que no supo si quería vivir o morir.

Esa noche murió. Y la siguiente vez que despertó, dejó de ser una Wolfgang, para responder al nombre de Titania Bartholy. El nombre que su "padre", quién la rescató y dio una nueva vida, adjudicó para ella.

—Hermosa, como la reina de las hadas... Titania. Te llamarás Titania, de ahora en adelante.

 Te llamarás Titania, de ahora en adelante

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—Maldición... —Murmuró en un quejido enderezándose en la silla —, me quedé dormida.

A veces, soñaba con el pasado. Y otras veces, divagaba en solitario sobre él.

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