VII.

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Izuku conocía la tierra.

Los verdes campos, las ciudades austeras, el color dorado de la arena, así como los campos de los dioses. Izuku, si fuera un hombre, sería un hombre versado en los placeres del mundo, conocedor del vino y de la alegría de la cosecha.

Es así mismo que como, al no ser un hombre, era un Dios como cualquier otro. Sin ninguna cualidad destacable más allá de aquella que ahora estaba en lo profundo, donde el sol rara vez llegaba, donde los ríos que se cruzan son los del recuerdo y olvido.

Ellas saludaban y se marchitaban bajo sus pies, sabía que estaba alejado de los dominios de su Padre, pues la persona a la que le debía rendir cuentas estaba en ese lugar, en alguna parte de la vasta planicie, entre esos campos de asfódelos.

Tan concentrado estaba mirando a lo lejos que fue tanto una sorpresa como un desastre cuando casi pisó al rey de lo que civilizaciones futuras denominarían avernos, y de lo que, Izuku sabía, actualmente sólo eran resquicios de su existencia.

—No deberías haber venido aquí —dijo, las hebras de su cabello estaban hiladas en pétalos blancos, la única prueba fehaciente de que estaba tomando una siesta y no vigilando el inframundo como le había sido alguna vez delegado.

No obstante, esos ojos seguían mirándole, afilados y obscuros.

—Ah... —Izuku estaba como pocas veces, sin habla—. Estoy buscando a alguien--

—El humano de ojos rojos —contestó, y su mano cayó en una reverencia que obligaba a guardar silencio—. El que debió haber estado aquí desde hace mucho tiempo...

—Eso... —masculló en respuesta—. Es cierto.

Él tan sólo lo miraba ahora que se había sentado. No, más bien, Izuku había caído a su lado.

—Si lo sabes —elaboró—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Eh... —Izuku sólo podía distinguir los borrones hechos con el pulso descarriado de un pintor, los bordes firmes en los giros de la arena, y el coro de los asfódelos, tratando de lamer su rostro. Sin embargo, Aizawa frunció el ceño, no habría sido perceptible de no ser porque estaba a su lado.

—Regresa arriba —era una orden dada, un comando cerrado con acero ardiente, no una sugerencia.

—No puedo regresar.

El otro sólo arqueó una ceja en respuesta, porque sólo había conocido a un puñado de deficientes mentales que fueron al Averno por cuenta propia, otro puñado lo había hecho por amor, y él sabía a cuál de los dos extremos pertenecía Deku.

—No quiero regresar.

Aizawa suspiró, incapaz de hablar con un hombre que no deseaba escuchar, porque estaba seguro de que cualquiera de sus palabras, por muy pequeña o pesada que fuera, seria ignorada, podía verlas caer a lo largo y ancho del camino, podía ver las raíces creciendo en ellas, y podía ver flores blancas desgarrándolas lentamente.

Dejó que su cuerpo cayera nuevamente en el mar de flores.

—No encontrarás lo mismo que dejaste... —susurró—. Puedes buscarlo entre la arena negra, en cada flor de este campo y no vas a encontrarlo, pero quizás si miras con cuidado sobre tu hombro... Ellos te den una pista.

Izuku hizo una reverencia y desapareció más allá de los campos de flores.

Antes de caer dormido, Aizawa le recordó una parte importante.

—La bestia te acecha...

Y como cualquier ser con poder y vastos dominios, se durmió. 

Lacrima AureaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora