II.

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La Atlántida había sido devastadoramente bella, pero ya nadie quedaba que pudiese atestiguarlo. De ella ya no había más que un pedazo de tierra resquebrajado, sin más dueño que Océano, uno de los hijos de Urano y Gea, quien la había inundado de tonos azulados en el fondo de sus entrañas.

Otra más.

No quedó nadie, nada; hasta el recuerdo de su existencia fue arrancado de cada libro aún no escrito, de la tinta a voces, de las canciones, de cada ser vivo; excepto de aquel que fuera la causa del castigo en el Olimpo.

Seguramente abandonado porque sus padres habían concebido hijos en demasía, varones en abundancia o por escueto antojo suyo; ahí estaba. Perdido, rechazado o injustamente dejado de lado, un chico yacía en el corazón del bosque. Olía a madera y la tierra cosquilleaba bajo sus palmas. Estaba recostado en medio de nada conocido. Es que no conocía nada.

Un hombre, de esos que respiran verdes colores, pronunciados alérgicos a la humanidad que acrecienta sin control, le miraba. Consideraba detenidamente la posibilidad de que no hubiese sido "abandonado", sino "dejado", considerándolo entonces un regalo de los dioses, sus nocturnas plegarias por comida habían sido escuchadas.

Sí. Si tan sólo el muchacho dejara de berrear y patalear cual titán desesperado por mantenerse fuera del Tártaros, habría sido fácil de digerir. No lo fue.

Llevaba más de media semana persiguiéndole, pues, reacio, el chico se negaba a ser su comida; de modo que el hombre se vio obligado a admitir que los dioses no lo habían entregado como alimento. Existía otra razón, un motivo diferente. Y eso, eso de alguna forma le gustaba al hombre hecho de ramas.

—¡Hey! —le llamó, cuando finalmente sintió la fatiga de aquella persecución sin sentido—. ¿Y si en lugar de correr como poseso accedes a entrenar junto a mí? Ya eres mucho, pero puedes ser más; más que un humano flacucho y sucio con algo de suerte.

El chico, el diminuto ser, aceptó la invitación de aquel árbol monumental que había pretendido devorárselo en repetidas ocasiones. Sus acciones emitieron sensibles intenciones, el chico presintió que aquel ya no ansiaba convertirlo en su cena.

Pactaron en la silenciosa oscuridad un trato que los beneficiaría a ambos: El chico sería adiestrado en técnicas de caza, en el dominio del arco y la flecha y en las artes de la cosecha. Asimismo, el conocimiento del amo del bosque y del Monte Partenio sería suyo; por otro lado, Kamui conseguiría apaciguar un poco su desconsolada soledad.

A la edad en la que el vello facial se vuelve un problema, Kamui le explicó a Katsuki que parte de servir bien residía en consagrarse a un Dios, la tradición así lo marcaba.

Le recitó los cantos líricos de los doce dioses que cohabitaban en los cielos. El chico los odió. Kamui insistió y, al final, no quedándole más opción, el chico decidió consagrarse al Dios Deku. Había algo un poco inusual respecto a ese dios, lo sentía en las entrañas.

Al escuchar su cántico, una sensación bizarra removía su pecho, extendiéndose por todo su torso hasta llegar a las puntas de sus dedos y de sus cabellos como una bruma que vagaba bajo su piel. Además, cuando Kamui le mostró viejos grabados de aquel Dios, que guardaba con mucho cuidado en una parte hueca de su cuerpo, Katsuki se desbocó en sus brillantes ojos verdes.

Le habían gustado. O era sólo que ese verde boscoso le recordaba a algo en especial. Fuera como fuera, había apuntado con un dedo al dios de cabellos oscuros y piel bronceada, y había susurrado un sencillo "él".

Kamui no había parecido demasiado contento con su elección. Glorificar a Deku no era sensato, había rumores que aseveraban que su puesto como Dios había dejado de ser seguro. Más debía reconocer que entre todos, Katsuki había elegido, casualmente, al que él también veneraba.

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