Persiguiendo un corazón

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─Sí, disfruto con ella, pero creo, madeimoselle, que esta es una noche especial para usted. La dejo a solas ─anunció, retirándose. Tenía cierta elegancia al andar, que confería mayor prestancia al local. Se dirigió hasta el atril que había a la entrada y le lanzó una sonrisa al cliente que esperaba ante él. Otra sonrisa diferente. Por su conversación y modales me di cuenta de que era un hombre tradicional, de los que ya no quedaban. Un hombre hecho a sí mismo, que tenía claras sus metas. Una planta me impedía ver quién había al otro lado. Las palabras del cliente llegaban lejanas, imposibles de distinguir, no así las del metre.

─Buenas noches. ¿Tiene reserva?... ¿Adrián Ruiz?... Ajá, sí, aquí está. ─Escuché unos murmullos y, entonces, el camarero comenzó a moverse entre las mesas seguido por una mujer. No fue hasta que se encontró ante mí cuando pude apreciar de quién se trataba: con el rostro descompuesto, a pesar de su intento de mostrar normalidad, tras él caminaba cabizbaja mi hermana Ruth. Mi cabeza se llenó de pensamientos, pero solo uno me vino a la mente en ese momento. Algo había ocurrido. Y algo malo. Era la única explicación para su presencia allí.

El camarero se detuvo, nos miró a ambas y se despidió con un leve asentimiento. Ruth me saludó escuetamente, se sentó y comenzó a buscar algo nerviosamente en su bolso.

Harta de tanta ceremonia, esperaba, inquieta, a saber el motivo de su aparición. A mi hermana le encantaba dar rodeos a cualquier tema hasta que era capaz de llegar al meollo de la cuestión.

─Ingrid anunció, mientras seguía buscando. Su temor era grande. No me había mirado una sola vez a los ojos─. Tengo que decirte algo y este no es el lugar más indicado. Será mejor que nos vayamos.

No contesté tajante, sorprendiéndome de mi propia firmeza─. Dime lo que sea aquí.

Ruth seguía buceando dentro de su bolso y comenzó a vaciarlo allí mismo, como si creyera que iba a encontrar un tesoro en cualquier momento. Veía su inseguridad reflejada en el hecho de que rehuía mi mirada, algo que solo le había visto hacer cuando me mentía o tenía que darme una mala noticia.

─Si es mamá, ya puedes irte por donde has venido. Si le ha dado uno de sus ataques, no pienso ir a verla. Ya sabes lo hipocondríaca que es. ─Giré la vista hacia otro lado, decidida a no dejarme convencer tan fácilmente─. Y si es papá, puedes decirle que iré a verlo más tarde. ─Comencé a subir la voz de forma histérica, casi sin darme cuenta─. ¿Sabes que Adrián va a pedirme esta misma noche que nos casemos y vienes aquí de todos modos? Vas a estropearlo todo. ─Una densa nube de miedos y dudas se instaló sobre mi cabeza y no sabía si estaba actuando bien, pero tampoco me lo planteaba antes de hablar.

Ruth, sin embargo, debió pensar que la estrategia del bolso no estaba siendo la más acertada y terminó devolviendo todo a su sitio. Sin más, abandonó la idea. Me abrazó y me rogó que nos fuéramos de allí. Asentí.

─De acuerdo, vámonos. Cuanto antes lleguemos, antes sabré lo que sucede, visto que no tienes intención de contarme nada. Mi voz mostraba cierto matiz arrogante. No era de ese tipo de personas que se callaba lo que pensaba dentro de su círculo íntimo. Mi hermana y yo teníamos la suficiente confianza para contarnos nuestros problemas, nuestras alegrías e incluso hablar de nuestros defectos, por muy feos que estos fueran. Sin embargo, Ruth hizo un mohín y se quedó en silencio. Sabía que la había herido, pero ella me conocía bien y no soportaba que me empezaran a contar algo para luego dejarlo a medias.

Le di las llaves del coche, porque no me veía con ánimo para conducir. El trayecto a casa se hizo eterno. El silencio que nos envolvía se tornó tenso dentro del vehículo. La situación no era mala. Era malísima para ambas. Yo con angustia por lo que pudiera haber pasado, y ella intentando contener las lágrimas.

Había dejado mi teléfono junto a una buena propina al metre para que me llamara si Adrián aparecía en el restaurante. Mi hermana no soltaba palabra y tenía miedo de que mi novio creyera que no me había presentado a la cena y, por tanto, que no quería seguir teniendo nada que ver con él. Entonces, pensé que si lo llamaba descartaría cualquier posibilidad, por extraña que fuera. Saqué el teléfono con cuidado, rogando que mi hermana no se diera cuenta. Nada fácil al estar las dos rozándonos. En cuanto Ruth me vio con el teléfono, me lo quitó de las manos y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.


[1] Alegoría al Poema De Las Cosas de Jose Angel Buesa

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Persiguiendo un corazón de Lauren MoránDonde viven las historias. Descúbrelo ahora