Danzando al ritmo del amor

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Media hora más tarde de su juramento, llegaron a la oficina nueva y ahí encontraron a Dominic y Damián, muertos de la preocupación, ambos intentaron explicar las cosas; sin embargo, no hubo necesidad de decir mucho ya que Damián vio los aros que tenían en sus manos y comenzó a quejarse por no haber estado presente en un momento tan importante. Dominic ya le había contado todo esa misma tarde y sólo Dios sabía cómo logró que él no lo llamara para contarle todo. También fueron felicitados por Ryan y su novia de la universidad, su hermana Carol quien estuvo al borde del llanto cuando Orazio contó el mal entendido que tuvo cuando el encargado la confundió como la novia de Vincent y no su hermana.

Carol lo recriminó por no haberla llamado antes y al escuchar eso, Damián, le entabló una discusión amistosa de a quién debía haber llamado para contar sus cosas; Orazio y Vincent solamente rieron, sabían que ambos se adoraban y se habían vuelto los buenos amigos.

Había pasado una hora entre que comieron los bocadillos que Carol había llevado y bebido champán que llevaron entre Dominic y Ryan cuando el primero que se despidió y animó al resto a que hicieron lo mismo, fue Carol que no con mucha delicadeza, dijo que ellos debían comenzar con su fiesta privada. Entre risas algo nerviosas y las bromas de Ryan, todos se despidieron a seguir con la festividad por su cuenta.

Ya solos, Vincent observó un momento el paquete de flores artificiales que había dejado en una de las mesas. Sonriente, desvió su atención a Orazio que miraba toda la decoración y si lo conocía como lo hacía, sabía que estaba nervioso. Miró el entorno para darle tiempo a pareja a que se relajara cuando se dio cuenta de que en el lugar se podía ver la mano de Carol; todo se veía romántico y colorido, no pudo evitar estremecerse levemente.

Pese a eso, tenía que aceptar que había tenido muy buen gusto para la decoración. Respiró profundo se paró en el umbral del inicio del pasadizo que llevaba a las oficinas privadas. Rememoró la expresión feliz de Orazio al leer la tarjeta que venía en el arreglo con las plantas, sabía que no era un poeta y lo que importaba era que a él le había gustado.

Cuando Orazio se le acercó, ambos entrelazaron sus manos y caminaron hacia la habitación donde se encontraba la gran cama llena de pétalos de rosas, así como en todo el piso. Indudablemente, Carol era una eterna romántica que disfrutaba importunarlo con cosas cursis y no podía negar que estaba todo muy lindo.

Vincent, notó que se estaba dejando llevar por la cursilería, así que con el ceño un poco fruncido comenzó a sacar el edredón y lo tiró a un lado de la cama al suelo y fue hacia una mesa donde había una radio en la cual comenzó a buscar algo de música suave entre varios CD's que habían apilado a un lado.

—Me gustaban los pétalos en el edredón —escuchó a Orazio hablar y cuando iba a disculparse por ser tan insensible vio cómo su ex cura sonreía—. Está bien, tampoco soy de muchas flores —habló en tono divertido y Vincent rió.

Siguió buscando la música adecuada hasta que encontró uno que le llamó la atención, lo introdujo en el reproductor y de inmediato los acordes y sonidos de instrumentos musicales comenzaron a llenar la habitación de un suave murmullo.

La música era embriagadora y a la vez excitante, Vincent, comenzó a mecer sus caderas al ritmo seductor de la melodía, mientras se iba quitando prenda por prenda, todo esto a la vez que se iba acercando a Orazio muy despacio.

Su intención no había sido ir directo al sexo, pero Vincent tenía la imperiosa necesidad de sentir que Orazio era suyo y que toda duda había sido aclarada. Él necesitaba afianzar su juramento con algo más mundano, más carnal.

Realmente necesitaba hacerle el amor.


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Orazio había decidido no ser ya más tímido en la cama, pero estaba seguro que a pesar de su estado de excitación su rostro se podía ver de varios tonos de rojo. Dio un pequeño respingo cuando se dio cuenta de que Vincent ahora estaba sujetándole de las caderas y lo estaba meciendo a su compás llevando solo calzoncillos de color blanco. Él, sin frotarse a su cuerpo se mecía de un lado al otro con una sensualidad que lo tenía al borde.

Vincent era tan desinhibido que rogó en silencio superar todos sus miedos.


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Vincent observaba fascinado a Orazio.

Su vista perdida en la suya, gotas de sudor asomándose por sus sienes y podía ver claramente como la yugular le latía con fiereza. Él siguió meciéndose al ritmo de la música suave de fondo que había puesto y despacio fue quitándole la ropa a Orazio, haciéndolo estremecer con cada roce y cada caricia que le brindaba.

Primero le quitó la parte de arriba, botón por botón iba dejando a la luz la piel que tanto conocía. Una vez que el dorso de Orazio quedó al descubierto pudo ver como la respiración de él era entre cortada, su mirada cargada de un anhelo que lo golpeó como un camión a toda velocidad. Vincent comenzó a desajustar el pantalón que mostraba una gran protuberancia y se relamió los labios por la anticipación. Deseaba caer de rodillas y engullirlo hasta la raíz, pero eso sería grotesco, carnal pero grotesco y no sería el momento especial que anhelaba.

«Después». Se prometió.

Cuando el pantalón cayó a los tobillos de su pareja, no perdió tiempo; con algo de dificultad, vio a Orazio que se quitó los zapatos y la prenda, sonriendo contempló que ahora ambos solo estaban en ropa interior. Al ver que Orazio también se iba a lo iba a quitar, Vincent lo detuvo y solo siguió moviéndose sonriendo al ritmo embriagador de la música de fondo.

Él quería demostrarle que sus cuerpos no sólo servían para tener sexo, sino quería demostrarle con caricias que el amor es más que sudor y sensaciones. Le demostraría que era más una conexión espiritual y celestial cuando el sentimiento del amor era verdadero e intenso. La música estaba cumpliendo con su cometido de implantar una atmósfera relajante y, sí, también romántica.

Vincent se sentía agradablemente cursi.

Disfrutando del momento, comenzó a pasar su mano por toda la piel de su amante y para su deleite, Orazio, comenzó a soltar pequeños gemidos a la vez que se movían con la música dejándose llevar. En su pecho sintió una calidez que únicamente sentía con él y verlo relajado disfrutando de sus atenciones, era demasiado satisfactorio. Orazio era muy sensual cuando se lo proponía y su rostro era una combinación de inocencia y tenacidad que lo hacía ver provocativo y bastante tentador.

Pasaron un buen rato moviéndose suavemente a la vez que se acariciaban y gemían y al rozarse jadeaban buscando más. La danza de cortejo que estaba llevándolos a la locura, era sin intensión de nada más que sentirse el uno al otro; sin poder evitarlo, ambos terminaron desnudos y cayeron en la cama, enredados entre caricias y besos e hicieron el amor como jamás lo habían hecho antes. Se amaron y se dieron la oportunidad de probar del otro entregándose de todas las maneras posibles, sin miedos, sin vergüenzas y sobre todo con la honestidad del amor que sentían por el otro.

Vincent recorrió el cuerpo de Orazio como si fuera un mapa al que conocía muy bien y contradictoriamente era como si fuera la primera vez que lo exploraba; piel; sensaciones; gemidos; sudor; palabras sueltas llenas de sentimientos retenidos. Lo mejor fue que notó a Orazio abierto a las sensaciones y a la lujuria del momento, haciendo que sea mucho mejor de lo que planeó. Cuando sus cuerpos se unieron en uno sólo y las cabalgatas fueron a todo galope, lo tomó por sorpresa que Orazio lo animara a seguir, algo que jamás había pedido. Aquello, lo hizo llegar al orgasmo de improviso y agradecía que no fuera solo él porque se sentía ya sin fuerzas.

Ambos se abrazaron; sus cuerpos sudosos y exhaustos y sus gargantas algo inflamadas de tanto exclamar su satisfacción por el otro, marcaban sus cuerpos sentenciando que el círculo de su juramento se había fortalecido.

—Te amo, Orazio, siempre te he sido fiel. Jamás lo pongas en duda.

—No volveré a desconfiar de ti.

Más tranquilo, Vincent, se relajó en la cama, se sentía feliz, pero sentía que algo faltaba y no sabía qué. Sin ánimo a perturbar ese momento, dejó que su mente se vaciera de cualquier duda. Con una exhalación de satisfacción por parte de alguno de ellos, ambos se quedaron dormidos en los brazos del otro.

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