¿Qué era Keith en realidad? ¿Cómo había sido su vida antes de venir a la Tierra? Mi mente se encontró vagando alrededor de todas sus declaraciones sobre Valletale, de las cosas que él y mi padre me habían contando, lo que había escuchado... ¿Cómo de peligroso era aquel lugar? Y el recuerdo de Keith capturando aquella serpiente justo milésimas de segundo antes de que me devorara... Eso requería un entrenamiento, un duro y largo entrenamiento, estaba segura. Su fachada de chico normal... ¿Era acaso solo eso? ¿Una fachada?

Y no fue hasta horas más tarde que la puerta de la habitación se abrió de nuevo. No llamaron a la puerta, pero tampoco hablaron cuando esta cerró. Esa fue señal suficiente para saber de quién se trataba. Y yo no quería mirarlo. No podía hacerlo, porque sabía que en el momento en el que viese sus ojos azules, todos mis esfuerzos por no llorar desaparecerían. Apreté mi cabeza contra la almohada, respirando con dificultad por la tela tapándome la nariz, y hablé usando el tono más altivo que pude poner.

—No quiero verte, Keith. Vete.

Mi voz sonó ahogada por la almohada, pero también sirvió para esconder el breve momento de debilidad en el que se quebró al decir su nombre. No podía nombrarle en voz alta, era demasiado. Le oí suspirar y dar pasos hacia mí, acercándose. Todo mi cuerpo se tensó, y él lo notó porque dejó de caminar.

—Tu padre me envía con la comida —dijo en apenas un susurro. El arrepentimiento estaba plasmado en su voz.

—No tengo hambre —negué al cabo de lo que parecieron eternos segundos, los que tardé en unir las fuerzas suficientes para poder hablar.

Keith no respondió, pero supuse que la comida no era lo que más le preocupaba en aquel momento, como tampoco a mí. Escuché como dejaba algo en el suelo, probablemente una bandeja, y luego avanzaba un poco más hacia mí. Pero yo no iba a girarme. No iba a mirarlo. Simplemente no podía. No aun...

—Lauren, necesitamos hablar —dijo, pero yo no respondí. Apreté los labios tan fuerte que mis dientes quedaron marcados en la encía, mas no me importó. No iba hablar, no iba a mirarle. Pero él no se dio por vencido—. Me voy a ir, es lo que quieres, pero me gustaría al menos poder despedirme de ti antes de hacerlo.

Un jadeo seco escapó de mi garganta, incapaz de detenerlo. Se iba. Y tenía que hacer algo, pero era incapaz de moverme. Como si me hubiesen pinchado con una sustancia paralizante, mi cuerpo y mi cerebro se desentendieron, quedando el segundo en blanco. Demasiados pensamientos arremolinándose en mi cabeza, demasiadas cosas que querer expresar, pero no podía decir nada. Odiaba esa sensación, esa incapacidad dada por el pánico que sentía por dentro. Tampoco mi jadeo no pasó inadvertido para Keith. Le escuché contener el aliento antes de finalmente terminar de acercarse a la cama. Su mano se posó sobre mi hombro, enviando calambres a través de todo mi cuerpo. Apreté los dientes para contener el lloro y los temblores que empezaban a inundarme como impulsos.

Y entonces Keith me giró. Tomándome por sorpresa, no pude oponer ninguna resistencia, pero dudo que hubiese servido de algo. Sus ojos azules no tardaron en atrapar los míos, y algo se rompió dentro de mí cuando aprecié las pequeñas venas rojas irritadas que los bordeaban, al igual que las ojeras moradas bajo ellos. El mundo pareció detenerse en ese momento, y tuve que reprimir la ola de sensaciones que se apoderó de mí, las inmensas ganas que tenía de lanzarme a su cuello y sentir sus brazos protectores abrazándome y diciéndome que todo estaba bien. Sacando todo ello de mi cabeza, me incorporé sentándome sobre la cama para que mi mirada quedase a la misma altura que la suya, haciendo así que apartase su mano de mi hombro. Pero el hormigueo en mi cuerpo no desapareció.

—Lo siento, Lauren, de verdad que lo siento —susurró en voz tan baja que casi fue imperceptible para mis oídos, y tuvo que carraspear antes de seguir—. Pero no importa las veces que lo diga, ¿verdad? Tu eres todo para mí y... No puedo irme así, no sin al menos explicarte por qué lo hice, por qué yo... No soporto la idea de alejarme de ti, pero menos aun sabiendo que me recordarás como... un completo gilipollas.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!