Capítulo 24. FIN

586K 37.6K 23.3K

No sé cuánto tiempo permanecí sola en mi habitación, sentada en el suelo al lado de la cama donde estaba cuando Keith se fue, inmóvil. Estuve llorando silenciosamente durante mucho, mucho tiempo. Pero no me moví, no fui tras él, no podía. Una parte de mi le quería de vuelta, quería decirle que no se fuese, que le necesitaba, y que todo lo que había dicho era una estupidez. Pero otra parte de mí sabía que no era así. Estaba dolida por lo que había descubierto. Me sentía engañada, traicionada... Y el hecho de que me hubiese enterado de esa manera... Que Keith hubiese tardado tanto en contármelo... Eso había agrandado el sentimiento de ira que se instaló en mí al escuchar la verdad sobre su viaje a la Tierra. ¿No confiaba en mí? ¿Después de todo lo que habíamos pasado juntos?

Y también estaban mis sentimientos hacia él. Le amaba, le amaba como nunca había amado a nadie. Y era tan poderoso y desgarrador aquel sentimiento, que de una manera diabólica encontraba el bien que le haría separándole de mí. Estaba dividido, había dicho. Tenía a su familia en Valletale, y a mí aquí. Y no podía elegir entre las dos, aunque lo había hecho y se había quedado conmigo. Pero yo sabía que así sufriría. La única manera era obligándole a irse. Le quería tanto, que no me importa sufrir por él si sabía que así, en el futuro, podría llegar a ser feliz. Y fue en un momento entre mis llantos silenciosos y aquellos pensamientos que me atormentaban, antes de que llegase el amanecer, que me quedé dormida.

Desperté como si en realidad no hubiese descansado en toda mi vida. Mis párpados se sentían rojos e hinchados a causa de las lágrimas, y mi espalda y cuello dolían debido a la mala postura en la que había pasado la noche. Perezosa, me incorporé estirando mi maltratado y agotado cuerpo, mientras los acontecimientos de la noche anterior golpearon en mi mente como hielo sólido cayendo a toda velocidad, rompiéndome en pequeño cachos difíciles de reparar.

Mis ojos pasearon vagos por la habitación. A juzgar por la luz, no debían de ser más de las diez. Una bandeja con lo que parecía un intento de desayuno descansaba en el suelo, cerca de la puerta. Aquellos huevos revueltos estratégicamente quemados y al mismo tiempo estratégicamente crudos solo podían ser obra de mi padre. Sentí calor en mis mejillas al pensar en el escándalo que había hecho la noche anterior, del que apostaría al noventa y nueve por ciento que él escuchó. No es que en aquel momento fuese el mayor de mis problemas, pero aún me costaba hacerme a la idea de lo mucho que me había acercado últimamente a mi padre. Había comenzado a ser una parte activa de mi vida, alguien realmente importante para mí, y casi no me había dado cuenta de ello. Aún era una persona extraña, no es que supiese absolutamente todo sobre él, pero ya era un comienzo. Un comienzo que inconscientemente llevaba mucho tiempo esperando. Un comienzo que se formó gracias a Keith.

El nudo que se formó en mi estómago me reusó a probar bocado de aquel nada apetitoso desayuno. Sí, Keith me había escondido cosas, había venido aquí con la intención de llevarse a mi padre, pero él no sabía quién era y, repasando la conversación, ahora que lo había descubierto no quería llevársele con él. Keith solo... solo quería protegerme. Apreté con fuerza mis párpados hasta que puntos negros me nublaron la vista. No quería pensar en ello, no quería volver a llorar de nuevo. Pero tampoco encontraba las fuerzas suficientes como para salir de ese cuarto y dar la cara frente a ellos dos.

Me dirigí autómata hacia el baño y me di una larga ducha, pero el jabón no fue capaz de borrar la suciedad de recuerdos que se habían arremolinado en mi corazón. Me obligué a mi misma a ponerme ropa limpia, lo que llevó una gran fuerza de voluntad, y finalmente me dejé caer en la cama. No lloraría. No lo haría de nuevo. Y fueron repetidas las veces que me vi obligada a apretar de nuevo mis párpados para evitarlo. Fui vagamente consciente de cuando mi padre entró en la habitación, gruñendo al ver la bandeja de desayuno intacta. Trató de hablar conmigo, pero cuando sus ojos preocupados se encontraron con los míos sólo negó con la cabeza, murmurando improperios por lo bajo y saliendo de nuevo de la habitación. Al menos sabía cuándo necesitaba estar sola.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!