Capítulo 23

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—Relájate, Lauren. Estás tan tensa que no se te acercan ni los mosquitos.

Lancé una mirada asesina hacia Keith. Estábamos parados en la acera de en frente a mi portal, con las maletas, esperando a que mi padre llegase en coche a recogernos. Keith tenía una mano metida dentro de los pantalones vaqueros gastados, mientras que con la otra se revolvía el pelo rubio largo. Me di cuenta entonces de dos cosas: una, que necesitaba un corte con urgencia. Y dos, que aunque él tratase de aparentar lo contrario, también estaba nervioso. Seguramente tanto como yo, pero al fin y al cabo, uno de los dos debía tratar de mantener la calma.

—Lleva ya quince minutos de retraso —me quejé, refiriéndome a mi padre—. Dijo que estaría aquí a las once en punto.

—Eres una mari estreses —rio Keith, dándome un codazo—. Dale tiempo al hombre, tal vez haya parado a por gasolina.

—Sí, y al bajarse del coche la gasolinera se lo ha tragado, ¿no?

Keith elevó una ceja, mirándome con una carcajada contenida. Bueno, vale, tal vez en aquel momento no tuviese mucha cabeza para idear buenas contestaciones, pero mi padre ya llegaba tarde y yo tenía los nervios a flor de piel. Nos esperaba un viaje de cinco horas hasta el supuesto portal y, si estaba allí, posiblemente una despedida. Miré a Keith por el rabillo del ojo. Aun no habíamos hablado de lo que pasaría, pero por mí cabeza solo veía una única y nada agradable solución: que él se fuera, y por eso no haya querido tocar el tema.

—Por cierto, ¿me puedes explicar a dónde se supone que vamos? ¿Acaso vamos a pasar un año entero fuera o algo así? Porque no entiendo a qué viene tanta maleta.

Miré desdeñosamente a Keith, mientras sus ojos se clavaban en mi equipaje. Tal vez llevar dos maletas pudiese ser excesivo, pero… ¡eran maletas pequeñas! Además, él puede usar magia para cambiar su ropa, es un punto en su favor. ¡Ya quisiera yo ser capaz de hacer lo mismo! Me limité a apoyarme contra la pared y continuar esperando a que mi padre llegase. Tampoco es que pudiese montar un espectáculo en la calle, o la gente me trataría de loca por no ver a Keith.

—Mira, creo que ahí está tu padre —llevé mis ojos hacia donde Keith estaba mirando, a tiempo de apreciar un coche negro avanzando hacia nosotros—. Por favor, dime que es una broma y que no vamos a ir en esa… cosa.

Rodé los ojos ante su comentario. Vale, tal vez el coche era algo viejo, o mucho, pero tenía cuatro ruedas y podía con nosotros. Mi padre aparcó al lado de la acera, poniendo las luces intermitentes. Bajó la ventanilla y miró directamente hacia el equipaje.

—Dime que alguna de esas maletas es de Keith.

Bufé mientas mi novio reía. Hombres… Agarré las maletas y tiré de ellas hacia el maletero. Por el rabillo del ojo observé como Keith hacia el amago de querer ayudarme, pero se contuvo a tiempo cuando una mujer pasó andando cerca de nosotros. Me mordí el labio reprimiendo una queja. Sabía que él quería ayudarme, que no le gustaba estar ahí, siendo invisible. Tal vez si volviese a su casa sería más feliz… Después de guardar el equipaje abrí la puerta de los asientos de atrás y esperé a que Keith entrase primero, para luego ir yo.

—Veo que me toca ir de taxista —bromeó mi padre, volviendo a arrancar el vehículo—. Sólo te advierto, chaval: nada de besitos ni carantoñas o te quedas en tierra.

—A sus órdenes —bromeó Keith, llevando su mano derecha recta a la frente, imitando el saludo militar.

Salimos de la ciudad escuchando la radio en silencio. Por cada metro recorrido me sentía un poco más lejos de Keith. Llegar a nuestro destino podría suponer no volver a verle. Aquel pensamiento me sorprendió como un fuerte latigazo, revolviéndome las tripas y acelerando mi pulso. Si se iba, se iría para siempre, y eso quería decir que… No le volvería a ver, jamás. Y aun así, a pesar de saber qué sucedería, no era capaz de hacerme a la idea. Una vida sin él, simplemente no era posible.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!