—Pensé que no se iría nunca.

No me dio tiempo a reaccionar cuando Keith, nada más decir aquello, se removió llevando su cuerpo encima del mío. Parpadeé, mirándole confusa. Su angelical y rematadamente sexy rostro mañanero se encontraba sobre el mío, con una de esas sonrisas traviesas que hacían que todo dentro de mí se revolviese. Una de esas sonrisas que achicaban sus brillantes ojos azules y me hacían desear tener una cámara a mano para guardar aquello en mi memoria para siempre.

—No me mires con esa cara, fuiste tú quien insistió tanto en que saliésemos juntos… —comentó con tono despreocupado, alzando las cejas—. Ahora paga las consecuencias.

Sin darme tiempo a contesta, estampó sus labios sobre los míos. Fue muy suave, apenas un roce, pero mi corazón ya comenzó a batir a velocidad supersónica. Señor, si iba a ser así cada vez que estuviese con él, iba a tener que empezar a pagarme un doctor que controlase mi ritmo cardíaco, porque a su lado se me disparaba.

—No sé cómo fui tan tonto de oponerme a esto por tanto tiempo. Tenía que haber estado drogado, porque si esto no es felicidad, que me despierte ahora mismo.

Sonreí cuando le oí decir aquello. No me costaría acostumbrarme a un Keith que me dijese esas cosas, en lugar del típico chico adolescente vanidoso y prepotente que sólo intenta sacarme de quicio. Podría decir que aquello era un avance.

—Has tenido suerte de que me fijase en ti, Lauren. Nadie puede resistirse a alguien como yo.

Adiós avance.

Rodando los ojos posicioné mis manos contra su pecho, rozando con mis dedos la suave tela de su camiseta, y le empujé de encima de mí.

—Tú, ducha de agua fría, ya.

La suave voz ronca de sus carcajadas inundó la habitación. ¿Había dicho que también me encantaba eso de él? Tomando impulso, me balanceé con mis piernas y me quedé sentada en el colchón. A mi lado Keith cruzó sus brazos tras su cabeza y me guiñó un ojo. Ahí, recién levantado, con una camiseta blanca y el pelo rubio cenizo desordenado y ondulado, ¿podría ser más sexy? No. Lo dudo. Él era, desde luego, el sexy chico invisible que duerme en mi cama. Y le quería tal y como era.

Lo sentía. Le quería. No era solo una premonición, el colgante lo había demostrado.

—Keith, yo…

—¡Lauren! —Gritó mi madre a través de la puerta, impidiéndome terminar mi frase—. ¿Prefieres tostadas o tortitas?

Negué con la cabeza, suspirando. Bajé de la cama, me puse las zapatillas de andar por casa, la bata y caminé hacia fuera de la habitación.

—Por favor, elige tortitas. Me muero de hambre.

Le saqué la lengua a Keith antes de irme con mi madre. Por su parte él me lanzo un beso. El cual luego hizo el amago de recoger. De hecho, me pareció oírle decir algo como “mis besos son demasiado valiosos como para desperdiciarlos en el aire”. Sin comentarios.

Ayudé a mi madre a preparar las tortitas, y luego comenzó a contarme sobre su cita. El tal Jason por lo visto había acertado de pleno, llevándola a un restaurante ni demasiado elegante ni demasiado estrambótico, para luego acabar en un bar de música en vivo. Se lo había pasado tan bien que ya habían concertado otra cita. Me sentí bien por ella. De más pequeña hubiera preferido que volviese con mi padre, pero ahora lo aceptaba como algo normal. Al fin y al cabo, ella también se merecía avanzar, y si una relación no había conseguido funcionar, valía la pena intentarlo con otra.

—Bueno, ¿y tú que tal con tu cita? Ese chico… ¿Eli se llamaba?

Justo cuando mi madre preguntó aquello la puerta del salón se abrió de golpe.

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