Capítulo 16

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Me quedé inmóvil durante lo que parecieron varios segundos. Sentía los labios de Keith sobre los míos. Suaves, cálidos. Sabía que debía apartarme, que aquello no estaba bien. Pero no por el hecho de estar en una cita con otro chico, sino porque Keith era invisible y yo debía de tener cara de idiota rematada. Mas no podía, no era capaz de alejarme de él. Y justo antes de querer profundizar el beso se apartó de mí. Apenas fueron unos centímetros y entonces me lanzó esa sonrisa burlona suya.

Todo el mundo en el cine lanzó un grito seguido de un fuerte ruido de la película. Seguramente se trataba de un susto, otra escena de miedo que no había visto. Aparté la mirada de Keith, observando todo a mí alrededor. Eli continuaba comiendo las palomitas sin darse cuenta de nada. Alrededor nadie parecía prestarme la menor atención, a excepción de Keith, claro. Apreté los labios y observé fijamente la pantalla sin realmente hacer caso a la película.

—Te has sonrojado y estás completamente ausente de una película que tú has pagado por ver —comentó Keith levantándose de nuevo del asiento y paseando cerca de mí—. Y esa es otra de las razones por la que no deberías estar en estas citas: mis besos te vuelven loca.

Decidí ignorarlo pero era difícil cuando estaba de pie frente a mí, tapándome con su cuerpo la pantalla. Podía notar la luz abrazando su figura, bordeando. Y entonces se movió, yendo hacia Eli. Observé por el rabillo del ojo, atónita, como metía una mano en las palomitas y, ni corto ni perezoso, se las llevaba a la boca. ¿No verían acaso el resto de personas palomitas volando?

—Esto no está muy rico —comentó arrugando la nariz—. Si yo fuera él las tiraría.

Y dicho y hecho, pegó un manotazo al recipiente lanzándolas fuera de la mano de Eli hacia la cabeza del hombre sentado justo en frente de él. Eli apartó la mano de mi hombro al tiempo que se incorporaba rápidamente, con cara de sorpresa. Fulminé con la mirada a Keith, y hubiera hecho algo más, de no ser porque el hombre sobre el que cayeron las palomitas también se levantó. No debía ser muy alto. Es más, seguramente era incluso más bajo que yo, pero los músculos que sobresalían de su camiseta intimidaban como tres metros de altura.

—Lo siento, no sé qué ha pasado —trató de disculparse Eli—. Las palomitas…

—Mira chaval, no vengo al cine para que un niñato como tú empiece a hacer gilipolleces y molestar con la comida —le cortó el hombre, con aspecto de estar bastante cabreado.

—¿Niñato? ¿Gilipolleces? Este tipo es de los míos.

Dejé escapar un suspiro ante el comentario de Keith. Parecía realmente estar disfrutando de la función que él solo había provocado. Por el otro lado el rostro de Eli se había vuelto pálido, como si fuera a desmayarse en cualquier momento.

—En los viejos tiempos te daría una buena paliza, aunque tu chica este delante —continuó el hombre musculoso.

Noté a Eli tragar saliva mientras Keith apretaba los labios. ¿Se habría dado por vencido? Pero no pasaron más que unos segundos después de que el amenazante hombre se diese la vuelta, cuando mi amigo agarró el refresco de Eli y se lo tiró a la cabeza.

Oh. Dios. Mío. Esa noche iba a dormir.

—¿Se puede saber qué cojones tienes en la cabeza, crío de mierda? —Gritó el hombre de nuevo, girándose completamente hacia Eli—. Ahora sí, te voy a meter tal paliza que…

Pero no pude terminar de oír la gran paliza que le iba a dar a Eli porque un acomodador llegó hacia donde estábamos, sin más remedio que echarnos del cine por el escándalo que habíamos montado. Así, con Keith sonriendo burlón y Eli con el rostro crispado, salimos huyendo de la sala de cine. Bueno, no de la sala de cine, sino del musculitos malhumorado, a quien también había echado.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!