—No, ya he quedado en que iría al cine y allí estaré. Además, no puedo dejar plantado a Eli.

—¿Y a quién le importa ese gilipollas? —Saltó mi amigo, bufando—. Sinceramente, no me gusta que salgas con él.

—Haberlo pensado antes de darme calabazas —dije con maldad, las palabas escapándose de mí.

Los labios de Keith, esos labios tan besables y que tanto me hacían fantasear, se convirtieron en una fina línea. No le gustaba tocar ese tema, en el cual el quedaba como un patán que se negaba a salir conmigo.

—Bueno, ¿pero no te da pena herir al pobre Eli? —Preguntó de pronto, alzando las cejas—. Él parece muy enganchado contigo…

—Que te zurzan, bipolar.

Tras escupir esas palabas aparté el teléfono de mi odio. No me había dado tiempo a colgar cuando empezó a sonar. Era Eli, con un mensaje de texto preguntándome dónde estaba.

—¿Y ni siquiera se digna a llamare? —Inquirió Keith sin poder creérselo—. Que imbécil…

Afortunadamente no tardamos mucho en llegar a los cines. Sinceramente, no creía poder aguantar mucho más dentro de ese autobús. Eli me esperaba apoyado en una pared, cerca de la fila para las entradas. Estaba usando una cazadora negra sobre una camisa roja. Su pelo negro estaba levemente engominado, dándole cierto aire despeinado. Encantador.

—Y ya llegó la chica más guapa del lugar —Me saludó, dándome un abrazo.

Sonreí tontamente mientras Keith bufaba y le hacía burla, repitiendo sus palabras en tono pomposo. Empezaba a tener la voz de mi amigo invisible clavada dentro de mi cabeza, como un disco rayado que comienza a marearte, diciendo una y otra vez lo mismo. Y era realmente exasperante.

—Entonces, ¿qué película quieres ver? —Preguntó, llevando su mirada de mí hacia la cartelera—. ¿Dijiste que una de miedo?

—En realidad, eso lo dijiste tú —balbuceé, pero creo que no llegó a escucharme—. ¿Cuál quieres tú?

—Esa nueva que anuncian tanto estará bien —admitió, encogiéndose de hombros—. Venga, vayamos a la cola.

—¡No! —Le paré, agarrándole de la muñeca—. Mejor ve tú a comprar las palomitas que yo iré a por las entradas.

Eli frunció el ceño, algo dubitativo.

—¿Estás segura?

—Sí, claro, ve. Nos vemos en la puerta.

Le despedí con la mano y me puse en la cola de las entradas. No había demasiadas personas, así que tampoco tendría que estar esperando por mucho tiempo. Keith se situó a mi lado y, como era de esperar, comenzó a farfullar improperios contra mi cita.

—¿Y te deja ir solo a comprar las entradas? Pero, ¿qué clase de chico es ese? ¿Tan rápido se perdió la caballerosidad?

No pude evitar reír, provocando que la pareja que tenía al lado se girase a mirarme con cara de enfado. Rápidamente apreté los labios y me concentré en esperar mi turno.

—Si yo fuera él, jamás dejaría que mi chica hiciera fila por mí, ni la dejaría sola, ni mucho menos que pagase ella las entradas.

—Oh, sí, claro, tú eres el perfecto caballero –se me escapó.

Me mordí la lengua al tiempo que la pareja de delante se volvía de nuevo, con cara de pocos amigos. Sin embargo, yo tenía mis razones para comprar las entradas. En este cine había la suerte de que estaban numeradas y los asientos se te asignaban en la taquilla. Así, pedí tres: una para Eli, otra para mí y otra para Keith. Tuve que resistir la tentación de comprar una apartada para él, pero si había decidido ir en esa cita era para darle celos, y poniéndole en la esquina contraria del cine no iba a conseguirlo.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!