Capítulo 15

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—¿Qué tal estos pantalones?

Keith puso los ojos en blanco mientras me empujaba hacia la puerta de mi habitación, tratando de que saliésemos fuera. Me había vestido con los vaqueros “realza trasero” y una blusa de cuadros azules. No me había esmerado mucho en arreglarme para la cita con Eli porque, francamente, empezaba a perder el entusiasmo. El muy imbécil ni siquiera se había dignado a ir a buscarme a casa. En su lugar me dijo por la mañana que me esperaría en los cines. ¿Cómo puedes empezar una primera cita sin pasar a buscar a la chica?

—¿Sales ya? —Preguntó mi madre al entrar al salón—. No vuelvas muy tarde, ¿vale?

Asentí, pero sabía que tampoco habría inconveniente si llegaba a las tantas. Ella había quedado con el tal Jason por la noche, y seguramente irían a alguna discoteca o algo por el estilo. No estaría en casa hasta la madrugada. Lo que yo no entiendo… ¿Cómo puede tener una hija adolescente y dejarla sola en casa? Y más teniendo una cita también ese día…

            La di un beso en la mejilla antes de irme, y su perfume me embriagó. No era dulce pero sí freso. Nunca usaba en exceso, pero llevaba el mismo desde que tengo memoria. Eso es algo que me gusta de ella, porque siempre habrá un olor que me recuerde a su persona.

Fuera parecía empezar a lloviznar y me alegré de haber agarrado mi chaqueta con gorro del armario. Me tapé el pelo, el cual llevaba recogido en una coleta y corrí hasta la parada de bus. Keith me seguía muy de cerca. Su pelo se estaba mojando y caían pequeñas gotas de agua por su frente, deslizándose por su rostro hasta perderse en el cuello y dentro de su camiseta. Lo que daría yo por ser quien me perdiese allí…

—Sigo sin entender esta idiotez de cita —farfulló Keith una vez estuvimos dentro del autobús—. Vamos, ¡ni siquiera te gusta!

Apreté los labios decidida a hacerle caso omiso. Como siempre, sabía que yo no podía contestarle estando rodeada de gente. Sin embargo parecía ser que no solo lo hacía para molestarme. Por lo visto había averiguado que era una buena forma de que yo escuchase todo lo que tenía que decirme, sin posibilidad de cortarle o hacerle callar.

—Y para empezar, ¿qué clase de cita te obliga a ir tu sola al lugar de encuentro? Ese tío es un imbécil, en serio.

Keith seguía hablando y cada vez me ponía más nerviosa. Pasee mi mirada por el resto de pasajeros. Un niño pequeño dormía en un carricoche mientras su madre enviaba mensajes por el teléfono móvil. Una adolescente estaba escuchando música con el móvil, también. Otro chico hablaba por teléfono… ¡Eso es!

—… además de que le gustas y puedes acabar dañando sus sentimientos. ¿No te da pena? ¡No puedes hacerle eso a Eli!

Mientras mi amigo seguía contradiciéndose a sí mismo (en serio, ¿Eli era un idiota una persona a quien no quería que hiciese daño?), yo saqué mi teléfono móvil del bolsillo delantero de mi pantalón y me lo llevé a la oreja. ¿Por qué no se me había ocurrido antes aquella idea? Oh, mente maravillosa, para la próxima funciona más rápido…

—Hola Keith.

Por unos segundos él dejó de hablar, mirándome parpadeando. Poco después pareció comprender lo que trataba de hacer y frunció el ceño. ¡Ahora no iba a quedarme callada!

—Aún estamos a tiempo de dar media vuelta y volver a casa —trató de persuadirme, mirándome fijamente—. Si quieres vemos una película de miedo en la televisión y prometo dejar que te tapes bajo la manta todo el rato sin reírme ni una sola vez.

Torcí el gesto. El plan era ver una peli de miedo en el cine con Eli, cosa que a Keith le pareció muy graciosa. Resulta que, aunque me gusten ese tipo de películas, cada vez que las veo, me escondo en lo más profundo del sofá acompañada siempre de una gorda manta que me cubra hasta la cabeza. Soy una cagona miedica, pero no lo puedo remediar

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!