Capítulo 14

448K 35.3K 4.2K

—Esos pantalones decididamente realzan tu culo.

Rodé los ojos mientras giraba fuera del probador de la tienda, de forma que Danielle pudiera verme completamente. Habíamos decidido ir de compras esa tarde para estar lista al día siguiente para mi cita con Eli. Y, por supuesto, Keith estaba justo al lado de mi amiga. Se rascaba pensativo la barbilla y sabía de seguro que no iba a permanecer callado por mucho tiempo.

—Aunque la falda de antes te hacía unas piernas realmente sexys, esta vez estoy con ella —admitió por fin Keith, mirándome de arriba abajo—. Esos pantalones realzan tu culo.

Noté cómo mis mejillas se encendían pero decidí no hacer ningún comentario. Más que nada porque la gente me llamaría loca por hablar a la nada. Sí, en efecto, Keith lo estaba volviendo a hacer: diciéndome cosas que me enfadasen solo para molestarme, sabía que no podía contestarle estando en un lugar público.

—Venga, adentro y ahora pruébate esa camiseta con el ombligo al aire —dijo Danielle, empujándome por la espalda para que me adentrase en el probador de nuevo.

Media hora más tarde estábamos de nuevo en las calles de la ciudad, paseando cada una con una bolsa de ropa en la mano. Sí, ella tampoco pudo resistir la tentación y se compró un vestido. Yo acabé con los pantalones “realza culo” y “para nada baratos” vaciándome la cartera.

—Tengo hambre, ¿vamos a por un helado? ¿Y un batido? ¿Y un pastel? ¿Palomitas? ¿Patatas? ¿Lo que sea?

Me mordí el labio para no reír. Keith tenía cara de cachorrito degollado. El pobre había aguantado en pie como un campeón durante toda la jornada de tiendas, y eso que nadie había establecido una conversación con él. La única que le podía oír era yo (y bien castigada que me tuvo con ello), y no quería pasar por loca. Sería el novio perfecto para cualquier chica, ¿verdad? Bien, ahora que todo el mundo está de acuerdo conmigo, necesito a alguien que hablé con él y que le haga entrar en razón. ¿No es cierto que es el indicado para mí?

—¡Oh, por favor! —Chilló Danielle, parándose en seco y girándose hacia un escaparate—. ¡Entremos en esta tienda!

La cara de Keith calló en una mueca de disgusto pero apenas fue por unos segundos. Una sonrisa maliciosa se fue formando en su rostro poco a poco y mientras me giraba para ver la tienda, iba pensando en lo peor. Resulto que ese pensamiento se materializó en una conocida tienda de ropa interior. Bueno, se suponía que vendían pijamas y ropa interior, pero lo segundo parecía acaparar toda la atención.

—¿No prefieres ir a comer algo? Me muero de hambre.

Traté en vano de convencer a Danielle, pero no funcionó. No me preocupaba entrar en una tienda de ropa interior. Lo que de verdad me inquietaba era entrar con Keith. Era como tener un niño pequeño, preocupándote por cómo actuará y en qué líos o problemas te meterá. El problema es que con un niño pequeño en seguida puedes echarle la culpa y la mayoría de la gente lo entiende. Con Keith eso no vale, además de que lo más probable es que te tomen por desequilibrado.

—Déjate en paz de comer y haz caso a tu amiga, Lauren.

Las ganas de asesinarle lenta y dolorosamente crecían por momentos. ¿No era él el muerto de hambre hace un momento? Pero tuve que seguir a mi amiga adentro, resignada. Estuvimos pululando de un lado a otro de la tienda, y la verdad que sí que había unos pijamas bonitos. Algunos con demasiada poca tela, otros algo transparentes, pero siempre encontrabas alguno pasable. Y justo mientras Danielle y yo observábamos algunos sujetadores en una sección cerca del mostrador, un grito proveniente del lado contrario de la tienda captó mi atención.

—¡Lauren! ¡Tienes que comprarte esto! ¡Estoy seguro de que te irá perfecto!

Ya me extrañaba a mí que Keith hubiese estado callado durante tanto tiempo… Giré la cabeza lentamente y el horror se plasmó en mi rostro al ver lo que mi amigo invisible quería enseñarme. Su dedo índice señalaba un maniquí mientras una sonrisa de oreja a oreja llenaba su rostro. Allí, adornando la madera articulada y con forma de cuerpo humano, había un conjunto de ropa interior. Pero no un conjunto cualquiera. La tela de color azul era fina y transparente. Adornos finos de seda sobresalían y desaparecían a medida que se acercaban al centro de las copas.

No pensaba comprarme eso.

Ni loca iba a comprar eso.

Danielle se giró y siguió el camino que trazaba mi mirada.

Iba a matar a Keith.

—Así que veo que algo ha llamado tú atención, ¿eh Lauren?

La seguí negando con la cabeza hasta que nos situamos al lado de Keith, quien sonreía de oreja a oreja. Oh, no. Ese no iba a llegar vivo a mañana.

—¿No crees que es muy precipitado para la primera cita? —Se burló ella—. Aunque por otro lado, no dudo que a Eli le vaya a gustar…

Apreté los labios y miré con rabia a Keith, quien simplemente se encogió de hombros y señaló más de cerca el conjunto, rozando con la yema de sus dedos la tela.

—Parece ser que Lauli será algo formal antes de lo esperado, ¿eh?

Su tono grave y casual hizo que mi estómago se apretara, pero él seguía escondiendo una sonrisa en el rostro. No podían ser solo imaginaciones mías, él en serio amaba molestarme.

—No voy a comprarme eso —dije, tanto para Danielle como para Keith.

Ella bufó y me encaró.

—¡Vamos! No es tan grave. Además, no creo que te venga mal tener un poco de ropa provocativa. Estoy segura de que la mayoría de tus sujetadores son blancos. O negros, pero de esos sencillos.

Me sentí atacada. ¿Qué había sido eso? Al lado Keith estalló en carcajadas. Oh, venga, ahora había un dos contra uno, ¿no? Ellos dos a que lo comprase, yo a que primero me tiraba por la ventana de mi habitación.

—Oye Lauren —susurró entonces mi amigo, inclinándose tanto hacia mí que su aliento me hacía cosquillas en el cuello—. ¿Recuerdas lo que hice para que te compraras el vestido aquel día? —Mi cuerpo entero se tensó, ¿estaba amenazándome? —. Pues esta vez puede ser peor…

Vale, espero que la ventana de mi cuarto este abierta y disponible para cuando yo volviese a casa…

Maldita Danielle.

Maldito Keith.

Maldita tienda de lencería demasiado provocativa.

Maldita cita de las narices.

Malditas hormonas.

Malditos celos.

¿Tan difícil tiene que ser conseguir que tu amigo invisible acepte que lo mejor es salir juntos? Oh, mejor no hablar… Porque aún no había llegado lo peor: la cita. Sí esa tarde sentía ganas de matar a Keith, no me podía ni hacer a la idea de las torturas que se me ocurrirían para el día siguiente… Y es que no solo se dedicó a fastidiar a Eli. No, también tuvo que hacerme pasar un mal rato a mí, y no precisamente de forma dolorosa…

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!