Capítulo 13

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Mis labios estaban presionados contra los de Keith fuertemente sin posibilidad de escape. Uno de sus brazos rodeaba mi cintura sin precedentes de soltarme. No me correspondía el beso pero tampoco hacía nada por apartarme. Se había quedado completamente quieto y podía decir que le había sorprendido. Insistí un poco más sin apartarme de su lado y fue en el momento en que alcé mis manos, enredándolas detrás de su cuello, cuando por fin pareció reaccionar.

Sus labios abrieron los míos profundizando el beso. Sentí su otro brazo posándose también en mi cintura, rodeando mi cuerpo y apretándole contra el de él. Nos tambaleamos un poco pero nada nos hizo dejar de besarnos. Sentía que en poco tiempo podría empezar a faltarme el aire, mas no me importaba. Solté un jadeo, un suspiro ahogado cuando sentí su mano deslizarse hacia arriba de mi espalda, por dentro de la camiseta. Sus dedos rozaron el broche de mi sujetador y no pude evitar tensarme. Justo entonces su mano volvió a deslizarse hacia abajo, acariciando suavemente mi espalda a lo largo de su camino.

El sabor dulce de la nata montada se mezclaba dentro de nuestras bocas, haciendo que aquel beso me gustase aún más. Nos tambaleamos de nuevo, esta vez más fuerte, hasta que mi espalda chocó contra la fría pared de azulejos de la cocina. Se me escapó el aire de los pulmones y en aquel momento si tuve que separarme para respirar. Abrí los ojos y me encontré de frente con los azules de Keith. Su mirada era oscura y brillante. Había excitación y pasión en ella. Casi no me había dado tiempo a coger aire cuando sus labios volvieron a presionar contra los míos. Apretó su cuerpo contra el mío, presionándome contra la pared, su cadera a la altura de mí ombligo.

—Te dije un vez que… si te besaba no… no podría parar.

Sus palabras sonaron en apenas un susurro entrecortado por su respiración extenuada. Me las dijo con sus labios pegados a los míos, sin moverse apenas un milímetro. Su aliento rozaba como una suave brisa, un cosquilleo cálido y poderoso. Y de nuevo volvía a besarme. Más fuerte, más bruto. Hundí mis manos en su cabello y él se alejó de mi boca para trazar una línea de delicados besos a lo largo de mi mandíbula.

—No sé qué demonios tiene está cocina… —volvió a hablar Keith, rozando su nariz en mi cuello—. Pero he de admitir que me encanta.

Reprimí un gemido cuando depositó un beso delicado y húmedo justo en esa parte en la que empieza el hombro. Mis piernas temblaban y me obligué a mi misma a quitar una mano de su pelo y posarla en su mejilla, guiando su cara de nuevo hacia la mía, sus labios hacia los míos.

De nuevo volvimos a besarnos.

—Nunca podré volver a ver la nota montada de la misma manera.

Reprimí una sonrisa al escuchar aquello. Yo tampoco podría.

Mis manos bajaron, acariciando cada parte de su cuerpo, sus curtidos hombros, sus fuertes brazos, y posándose más tiempo de lo debido en su cintura. Cuando llegué al pliegue de su camiseta metí los dedos por dentro de ella. Mis manos trazando círculos en su espalda. Suspiró cuando una de mis uñas le araño.

Y la puerta de la entrada del piso sonó. Mierda. Mierda. Maldita y jodida mierda. Mi madre había vuelto.

Nos separamos tan rápido como pudimos. Eché un vistazo a Keith mientras trataba de arreglarme el pelo, el cual seguro estaba hecho una calamidad enmarañada. Su rostro estaba rojo y, de no haber sabido que sus ojos eran azules, podría haber jurado que eran oscuros como el carbón. La nata había desaparecido de su rostro, solo una pequeña mancha en su camisa arrugada. Estaba rezando porque la volviera invisible con su magia, al igual que hacía con la ropa que llevaba para que nadie la viera, cuando la puerta de la cocina se abrió y por ella entró mi madre con una sonrisa de oreja a oreja.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!