Capítulo 12

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Keith me miró como si me hubiese vuelto loca, asustado. Adelantó los brazos hacia mí, trazando distancia entre ambos. Tuve ganas de reírme. ¿Se sentía amenazado?

—Lauren, sabes que yo no…

Ahí sí me reí. ¡Parecía tan indefenso! Tenía el rostro contorsionado con preocupación, la cual se incrementó ante mis carcajadas, que en aquel momento se habían vuelto incontrolables. Finalmente acabé doblándome porque el estómago me empezó a doler, de forma que me quedé apoyada con las rodillas en el suelo y mis brazos abrazando mi barriga. Empezaba a estar sofocada y completamente segura de que mi cara debía estar roja.

Cuando pareció que me calmaba me animé a elevar la mirada para encontrarme con la de Keith, aun confuso ante la situación. Le lancé una sonrisa, más tranquila, y él elevó una ceja.

—Bueno, ¿y se puede saber qué ha sido todo esto?

—Lo siento, es que me pediste que te dijera lo que quería —contesté, aun en el suelo—. Y yo simplemente te respondí.

Su cara fue todo un poema. Estaba demasiado lúcida para ser yo. No, definitivamente, la comida china de ese día debía de haber tenido alguna sustancia misteriosa, la cual solo me afectó a mí.

—No tiene gracia Lauren —trató de en vano de reñirme, pero forzando las comisuras de sus labios para no reírse también.

—La tiene —afirmé, tozuda—. Tal vez un poco sádica, pero la tiene.

Al final negó con la cabeza soltando un silbido entre sus dientes. Creo que era la máxima risa que le oiría hacer. Tratando de relajarme, gateé hasta la puerta del cuarto. No tenía ganas de incorporarme. Fui al baño y pasé allí más tiempo del debido. De hecho, estuve tanto con la pasta de dientes que la boca empezó a picarme. Detesto el dentífrico mentolado.

Keith estaba sentado en la cama con su ropa de pijama y leyendo un libro cuando volví.

Leyendo un libro.

Repito: leyendo un libro.

Tuve que resistir la tentación de frotarme los ojos. ¿Sería un sueño? Estaba planteándome llamar a mi padre y preguntarle en qué sitio compró la comida china para que enviaran allí a alguien de sanidad, cuando Keith notó mi presencia, levantó la vista del libro, y me sonrió.

—Tú… ¿Tú qué haces leyendo?

Me acerqué con cautela a la cama, cerrando la puerta del dormitorio y sentándome a su lado. En sus manos sostenía uno de mis libros, ahora cerrado. Le reconocía, era uno que había adquirido recientemente. “Tu + Yo = Imposible”. Pero era un libro totalmente para chicas. Y Keith no lee. ¿Qué hacía leyendo?

—Me aburría esperándote —Se encogió de hombros, lanzando el libro a la mesita de noche—. Está interesante, ¿son así todos tus libros?

Ladeé la cabeza. ¿Le apetecía hablar de libros?

—Algunos. ¿Y puedo preguntar qué te gustó más?

Pareció pensárselo durante unos segundos. Luego suspiró, de esa forma tan sexy que tiene él de hacerlo, soltando leves atisbos de su voz ronca. Se tumbó en la cama, apoyando la cabeza en la almohada y poniendo sus manos bajo esta, formando un triángulo con sus brazos.

—Lo idiotas que son. Como después de un tiempo ambos se sienten atraídos por el otro, pero ninguno se anima a admitirlo. ¿No serían más fáciles las cosas y saliesen juntos en lugar de continuar peleando?

—Sí, ¿verdad? También sería más fácil si tú te aplicaras el cuento.

No sé porque lo dije, pero las palabras salieron solas de mis labios, y además con cierto toque de cinismo. Keith giró el rostro, mirándome. Sus ojos azules se achicaron, como si tratase de evaluar el poder de mi frase. Comencé a respirar entrecortadamente hasta que él volvió a hablar, fijando la mirada en el techo.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!