Capítulo 10

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—Lauren, creo que ya es hora de que te vayas a dormir.

Miré a mi madre parada en la puerta del salón. Levaba su pijama azul y blanco a rayas. Sus ojos estaban cansados. El reloj marcó las doce de la noche y la televisión aún seguía encendida. Hacía ya tiempo que debería haberme ido a la cama, lo sabía. Me costaba mover las articulaciones y sentía que me dormiría en cualquier momento. Sin embargo lo que me esperaba al entrar en mi cuarto me aterrorizaba más que la idea de ir a clase sin descansar. Keith estaba allí y no tenía idea de si seguiría despierto. Después de toda la historia que había ocurrido con el beso, ¿cómo iba a actuar con él? Estaba claro que no como siempre. No podía simplemente meterme en la cama, hacer unas cuantas bromas y dormir. Es decir, ¿alguien me explica cómo demonios voy a poder permanecer a su lado, casi tocándolo, si en mi mente va a estar impresa la imagen de sus labios sobre lo míos? Oh, y todo eso sin olvidar la de sus músculos, su cuerpo sin camiseta pegado a mí, abrazándome. Solo de pensarlo me iba mal.

—Cinco minutos más, mama —La pedí con voz mañosa.

—No. A la cama. Ya.

Torcí la boca. Era difícil convencer a mi madre.

Apagué la televisión con el mando a distancia y caminé perezosamente hacia la puerta de mi habitación. Mi madre volvió a la suya y me planteé por unos segundos regresar de nuevo al salón. No tenía por qué encender la televisión. Podía simplemente tumbarme en el sofá y dormir allí. ¡Qué gran idea! Si dormía en el sofá, no tenía que ver a Keith.

“A la mierda, Lauren, no puedes resolver todos tus problemas huyendo de ellos”, me dije a mi misma.

Sí, Keith y yo nos habíamos besado. Y Dios sabe cuánto disfruté del beso. Y sí, estaba dolida y confusa porque él se hubiese apartado. Pero tampoco podía evitarle para siempre, al menos teniendo en cuenta que yo era la única capaz de verlo. Bueno, y mi padre, cierto.

Abrí la puerta del dormitorio lentamente.

Keith estaba ya tumbado en la cama, descansando bajo las sábanas. Su cuerpo estaba de medio lado dándome la espalda. Quizás, con suerte, estuviese dormido. Procurando no hacer ruido cerré la puerta y me deslicé también en la cama. Mis manos temblaban pero no tenía frío. Odiaba esa sensación y más el no ser capaz de controlar mi propio cuerpo.

Cuando por fin estuve tumbada y tapada, a punto de cerrar los ojos y tratar de relajarme, Keith se movió. Mi pulso comenzó a acelerarse a velocidad espasmódica. Lentamente giré la cabeza hasta que pude verle. Se había girado y sus ojos azules se encontraron con los míos. No estaba dormido, dudo siquiera que hubiese dormido algo mientras yo estaba en el salón. Me había estado esperando y tenía la sensación de que daba igual que fuera a decirme. No me iba a gustar.

—Lauren, tenemos que hablar.

Bien, ya de primeras empezó utilizando esas fatídicas palabras, las que usan las personas para romper. Solo que él no podía dejarme porque ni siquiera nos había dado tiempo a salir juntos. Me incorporé sentándome en la cama y él hizo lo mimo. Mis ojos se clavaron en el infinito, evitándole de forma que no podía saber si me estaba mirando.

—Yo… Lo siento mucho. No sé qué me pasó. Sólo me dejé llevar. ¡Tú básicamente admitiste que te dolería cuando me fuera! Y eso… Oírte decir aquello rompió todas mis barreras.

Apreté los labios obligándome a mí misma a no mirarlo. ¿Qué quería decir exactamente con eso?

—No tienes ni idea de lo mucho que he intentado alejarme de ti, de tratar de verte sólo como a una amiga, de… De resistir la tentación de besarte —Keith rio con tristeza, una risa floja y sin vida—. Supongo que no puedo alardear de tener mucha fuerza de voluntad, ¿verdad?

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!