Capítulo 7

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—Quiero morirme…

Keith se rio fuertemente mientras yo escondía la cabeza bajo la almohada, tratando de apartarme de los rayos de sol que se colaban por la ventana. Sentía como si un mazo de metal de cincuenta quilos me hubiera golpeado en la cabeza y luego se hubiese desintegrado y colado en mi estómago para bailar la conga.

—Desde el día de hoy, que quede dicho que odio la resaca.

La carcajada de Keith se hizo más fuerte, removiéndose a mi lado. Cogió un mechón de mi pelo castaño y tiró de él suavemente. Solté un gruñido, no me apetecía ser molestada. Pero, increíblemente, parecía que por más incordiada que fuese más divertido estaba Keith. Fantástico. Simplemente fantástico. Si no fuese por las horribles ganas de vomitar que me atacaban cada vez que me movía, ya le tendría aplastado contra el suelo y rogando clemencia… Bueno, vale, eso tal vez es un poco exagerado… Sobre todo teniendo en cuenta que él es mucho más alto que yo, más fuerte y todo eso…

—Vamos Lauren, que ya son las dos de la tarde. Habrá que levantarse, ¿no crees?

¿De verdad no tenía fuerzas ni para pegarle un puñetazo? ¿Ni uno pequeñito? En serio, estaría la mar de agradecida si alguien entrase aquí y le partiese su estúpida y rubia cabeza. Pero claro, el hecho de que solo yo sea capaz de verle complicaba bastante las cosas.

La verdad, no comprendo que está mal conmigo. ¿Por qué narices puedo verle? No es normal. Nadie que conozca puede: ni mi madre, ni mis amigos… ¿Tendré algún tipo de trastorno? ¿Seré adoptada? No, eso es improbable. Me parezco demasiado a mi madre y a mi padre. Además me tuvieron muy jóvenes. Nadie deja adoptar a una pareja de estudiantes, ¿verdad? Y luego él… Desapareció del mapa, cosa que a sus padres no les agradó mucho. Y a pesar de todo mi madre me sigue obligando a verle en todos los cumpleaños y…

Un segundo. ¿Qué día era hoy?

—Mierda, mierda, mierda, mierda, mierda…

Me incorporé rápidamente lanzando la almohada lejos. Todo en mi estómago se revolvió y tuve que apretar la lengua para que lo que fuera que hubiese ahí dentro se quedase dónde estaba. Mis ojos se encontraron con los de Keith, quien me miraba confundido. Estaba totalmente despeinado y con la marca de las sábanas en la mejilla derecha. Tuve que contenerme de pasar una mano por ella. En aquel momento estaba increíblemente guapo.

—¿Vas a pegarme?

Parpadeé. ¿Cómo? Dejé escapar una risa suave, arrepintiéndome en cuanto noté como eso hizo vibrar mi estómago. Malditos trozos de mazo de hierro desintegrado…

—No voy a pegarte, Keith. Aunque eso no quita que te lo merezcas. Eso solo que… acabo de acordarme de algo.

El rostro de mi amigo se puso pálido. ¿Qué demonios le pasaba ahora? Esto no tenía nada que ver con él.

—Te refieres a… ¿Todo lo de anoche? —Me preguntó lentamente.

—¿Qué? No, claro que…

Y entonces me acordé de todo lo que pasó anoche. De Keith enfadado, confesándome que me quería, soltándome todo aquello y… ¡Maldita sea todo! ¿Le había dicho que me besase? ¿Le había pedido un beso a Keith? ¿Un beso para aclarar qué era lo que yo sentía por él? Oh-Dios-Mío. Me hubiera gustado dejarme caer de nuevo en la cama y taparme bajo las sábanas, pero la situación se había vuelto demasiado incómoda desde mi frase inacabada. Y habíamos quedado en hacer como si nada hubiera pasado, ¿verdad? Pues entonces había que intentarlo.

—Tengo que llamar a mi padre —Le avisé entonces, explicándole por qué me había incorporado gritando “mierda”—. Creo que… hoy o mañana es su cumpleaños y… tengo que ir a verle.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!