V

1.8K 346 34

Sábado, 16 de octubre:

Querido tú;

Tienes que ser quien eres. No lo olvides nunca, porque si lo haces, darás lugar a una catástrofe.

Hoy he ido a la fiesta de Verónica. Tal y como me prometió, Hugo ha venido conmigo, aunque no ha servido de mucho. Se ha ido con uno de sus cientos de ligues nada más poner un pie en la casa. A veces siento que no encajo con él, supongo que ya sé por qué la gente se pregunta cómo es que somos capaces de llevarnos tan bien siendo tan diferentes.

Después de que mi querido amigo me dejase a la intemperie, decidí adentrarme en el edificio. La vivienda de Verónica es un chalet de dos pisos con dos jardines; uno delantero y otro trasero. Ya puedes imaginarte como estaban estos dos últimos: había tanta gente, que apenas era capaz de dar tres pasos sin llevarme un golpe accidentado por parte de alguno de los invitados. Aunque bueno, supongo que es algo normal en esta clase de fiestas. No lo sé. No suelo ir a muchas, la verdad.

El salón principal olía a tabaco y alcohol. Voy a obviar lo que ambos sabemos: que eso no debería ser así. Pero en fin...

En el centro de la sala, una gigantesca lámpara de piedras blanquecinas colgaba del techo, y bajo ella, había una bonita chica rubia a la que yo conocía muy bien. Llevaba el pelo recogido en un moño alto y un vestido mucho más corto de lo que estoy acostumbrado a ver..., pero sus ojos seguían siendo sus ojos, verdes como la hierba, y las uñas de sus manos estaban pintadas del mismo color que siempre. Mia había cambiado tanto, pero seguía siendo ella. Seguía siendo ella.

O eso quería creer.

Sus movimientos eran mucho más lentos y vacilantes que los de los demás. Mientras que el resto de invitados saltaban y cantaban al son de la música, Mia solo era capaz de mecer suavemente su cuerpo de un lado a otro, intentando no desentonar. La conocía lo suficiente como para saber que no estaba cómoda. Ambos éramos conscientes de que este no era su sitio. Ella no era como los demás.

La canción cambió y las bebidas empezaron a pasar de unas manos a otras. Me ofrecieron una de color verde cuyo contenido desconocía, que yo rechacé amablemente. Después, la chica que me había invitado a la bebida fue a llevársela a Mia. Y ella sí aceptó.

Podía sentir cómo se me quemaban las entrañas mientras la observaba vaciar el contenido del vaso. Ni siquiera sabía de qué estaba hecha, o qué podían haberle echado, y aun así se la bebió. Más tarde empezó a marearse. Era capaz de intuir como el mundo le daba vueltas. La bebida debía haberle afectado, quizá porque llevaba alcohol, seguramente algo peor. Se le enrojecieron los ojos. Verla así, completamente perdida, tratando de encontrar apoyo en alguno de sus acompañantes, me rompió el corazón.

Con la excusa de que necesitaba un poco de aire, salió de la casa y corrió hasta una de las esquinas más solitarias del jardín trasero. La seguí como pude, tratando de guardar las distancias para no ser visto. Por el camino, una chica me pidió bailar, pero la rechacé amablemente: Mia era lo único que me importaba.

En cuanto llegué, me la encontré vomitando. Las ganas de acercarme y tranquilizarla me invadieron, pero me contuve. No podía llegar y hacer eso; éramos amigos, sí, pero ya no tanto como antes. Me tomaría por loco. Así que desde la distancia, estuve observándola mientras descargaba todo el contenido de la bebida misteriosa sobre el césped.

Vomitó, vomitó y volvió a vomitar. Y lloró, también lloró, porque... ¿por qué no? Y después sacó un pequeño pañuelito de su bolso, se secó las lágrimas, se retocó el maquillaje y volvió a la fiesta como si nada hubiese pasado.

Ni siquiera se paró a contemplar la luna llena que brillaba en el cielo esa noche, como la del día de los globos.

N/A: ¿Os está gustando la historia? ❤️

Los globos llegan a la luna si los sueltas de noche¡Lee esta historia GRATIS!