—Tengo hambre —dijo de pronto Keith—. ¿Crees que me podrás conseguir algo en la cafetería?

Me encogí de hombros, pero él siguió hablando.

—¿Sabes? El otro día vi a la camarera tratando de flirtear con el moreno ese guaperas, el de tu clase de química. ¿No te gustaba a ti ese chico?

Rodé los ojos. Ya empezábamos. Keith siempre hacía lo mismo: comenzaba a hablarme sin parar, haciendo preguntas que me enfadasen e irritasen, logrando que consiguiera explotar y le contestara alguna grosería. El resultado siempre era igual: ojos de desconocidos clavados en mí, mirándome con cara de “ahí está la chica loca que habla sola y grita a la gente”.

—Eso me recuerda que tu amiga Danielle dijo que el sábado organizaba una fiesta. Iremos, ¿verdad? Hace mucho que no salgo a divertirme.

Le miré escéptica. ¿Qué hacía mucho que no se divertía? ¡Pero si para él todos los días eran una mofa! Además, no podía presentarme en la fiesta de Eli Sanders, el “morenazo guaperas” de mi clase de química, así como si nada. Él era como una especie de dios griego bajado desde los cielos a mi instituto, con el único propósito de hacerme suspender mi clase de química por falta de concentración. De incordiarme el resto del tiempo ya se encargaba Keith…

—No he sido invitada —susurré por lo bajo, tratando de que nadie más me escuchara.

—¿Qué has dicho, hija? —Inquirió él, imitando a una señora mayor y poniendo la mano alrededor de su oreja—. No te he escuchado bien, repítelo más alto.

—Si no me invita no puedo presentarme allí sin más —Repetí, un poco menos bajo.

Una chica de unos doce años que estaba cerca de mí levantó la vista del móvil durante un momento, lanzándome una mirada confundida. Creo que debió de pensar que la estaba hablando a ella…

—¡Vamos Lauren! ¡Vive un poco más! ¿No te apetece sentir la tensión de colarte en una fiesta? A ver… ¿Cómo era la frase esa que repite la loca de tu amiga? “¡Sexo, drogas y Rock and Roll!”. Personalmente, a mí me basta con lo primero, pero Rock también está bien.

—Eres un salido.

No pude evitar que esas palabras salieran de mi boca, aunque las dije de forma suave y riendo, ya que verdaderamente Keith tenía una forma muy tierna (a veces), de hacer el payaso. Sin embargo lo dije mirando hacia donde se suponía estaba él. Pero claro, solo yo sabía que estaba allí… Por lo que el señor de traje que se encontraba justo detrás de Keith me miró con mala cara para luego cambiarse de sitio. Keith rio con ganas y yo me crucé de brazos dispuesta a ignorarle. Y ahí fue cuando la segunda parte de su juego comenzó.

Apreté los labios cuando sentí los dedos de Keith recorriendo mi brazo. Me di la vuelta, mirando de nuevo por la ventana. Le escuché reírse.

—Eres todo un reto, Lauren…

Ya empezábamos… Había cambiado su repertorio a “voz sexy y ronca”, poniéndome la piel de gallina. Lo sentí acercarse y noté su aliento en mi cuello. Su mano abandonó mi brazo para posarse sobre mi cadera. Y entonces tenía a Keith al completo, abrazándome por detrás, con su cabeza hundida en mi pelo. Todo sería más fácil si pudiera espantarle de un manotazo, pero entonces toda la gente del autobús me miraría como si estuviese loca. Él lo sabía y por eso aprovechaba. En serio, ¿de verdad que no existía en su dimensión un deporte llamado “volver loca a Lauren”?. Porque se me hacía que él era el ganador olímpico e indiscutible de él.

Y entonces lo sentí. Fue durante un segundo, apenas tiempo suficiente para poder alarmarse, pero… Sus labios se posaron brevemente sobre mi cuello, mandándome escalofríos a través de todo mi cuerpo. Eran calientes y cálidos, y me encontré a mí misma acordándome de cuán cerca habían estado aquella mañana, pensando en cómo se sentirían sobre mi boca.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!