Capítulo 2

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Mis ojos se abrieron ampliamente, conmocionados y asustados, encontrándose con los de Keith. La broma se le había ido de las manos y lo sabía.

—No chilles —fue lo único que murmuró al ver mi expresión.

Y es que estaba a punto de hacerlo. Podía sentir su piel desnuda contra la mía, su ombligo en mi ombligo, mi pecho contra el suyo… Me mordí el labio inferior. Debía levantarme, pero no quería que él me viera, aunque sabía que probablemente estaba notando cada parte de mí como yo de él. Sus brazos seguían alrededor de mis hombros y espalda, protectores. Inspiré aire lentamente, calmándome, y luego le hablé.

—Cierra los ojos, voy a levantarme. ¡Ni se te ocurra mirar! Eres hombre muerto, Keith Lerouxtale…

Sin dudarlo, él me hizo caso. Mucho tenía que hacer para arreglar el lío en el que se acababa de meter. Sus brazos me soltaron, relajándose a ambos lado de su cuerpo. Me incorporé levemente, pasando una mano por delante de su cara.

—Te prometo que tengo los ojos cerrados herméticamente, y ahora levántate antes de que se me duerma el cuerpo bajo tu peso —Soltó Keith con tono cansado, sabiendo que no me fiaba de él.

Apreté los labios. Tenía que levantarme algún día, ¿no? Sentí como mi piel se separaba de la suya, despacio. Me eché un poco hacia delante, colocando ambas manos a cada lado de su cabeza, de forma que pudiera coger impulso para incorporarme. Entonces él suspiró, haciéndome perder la concentración, y mis muñecas temblaron levemente, provocando que callera hacia abajo. Frené justo a tiempo de evitar que nuestras caras chocasen, quedándome a pocos centímetros de él. Keith contuvo el aliento repentinamente y sentí su cuerpo tensarse bajo el mío. Me mordí el labio inferior. Esto estaba mal, muy mal. Tenía que levantarme ya. Pero no podía. Mis músculos actuaban por sí solos manteniéndome cerca de él.

—Lauren —habló de pronto Keith en apenas un susurro forzado—, te aconsejo que te levantes ya o será otra cosa quien lo hará en su lugar.

Mis ojos se abrieron como dos lunas, anonadados. Nunca me hubiera imaginado a mi amigo invisible diciendo eso. Fue suficiente para que finalmente saltara con agilidad de encima suyo. Recogí mi ropa y me vestí a toda prisa. Una vez estuve lista agarré el vaso de agua que usaba para lavarme los dientes y le llené con líquido helado. Me acerqué a Keith y, sin pensármelo dos veces, se lo eché encima. Abrió los ojos y se incorporó de un salto, en posición de ataque. Cuando me vio su mirada se relajó.

—Y esta es solo la primera parte de la venganza —le avisé echando dentífrico a mi cepillo de dientes—. El que ríe el último, ríe mejor.

—¿Te recuerdo que por ahora nadie se ha reído? —Comentó acercándose a mí para lavarse también los dientes.

Le saqué la lengua como única contestación. Esperaba que encontrase pronto la forma de volver a casa, porque de no ser así, iba a acabar volviéndome loca.

Me apoyé en la ventanilla del autobús observando cómo los edificios pasaban por delante, mirando burlones mi deprimente y, hasta el momento, nada tranquila mañana. Aunque bueno, ¿cuándo habían sido tranquilos mis días desde que conocí a Keith? Y hablando del rey de Roma…

—¿Sabías que este tipo está escuchando la canción de la Sirenita? ¡La Sirenita!

Me mordí la lengua tratando de no reírme. No era que tuviese nada en contra de las personas que escuchan esa clase de música, solo que… El tipo en cuestión debía ser un adolescente de esos “yo odio al mundo y el mundo me odia a mí”, con su cazadora oscura de tachuelas, un collar de pinchos y maquillaje negro en los ojos. A veces las apariencias realmente engañan.

El sexy chico invisible que duerme en mi cama  © | REESCRIBIENDO¡Lee esta historia GRATIS!