C35

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Penúltimo capítulo a su disposición

Cuando salí del lugar en donde estaba Caín, caminé temblorosa hasta el ascensor que me dejó en el piso en donde se encontraban todos. Fui acercándome poco a poco a ellos hasta que los vi a todos de pie escuchando a un médico. Me integré a la conversación para escucharlo.

—La cirugía se complicó un poco, pero pudimos estabilizarlo —nos contó. La enfermera no estaba mintiéndome —Él sigue con riesgo vital, y ahora se encuentra con coma inducido. Es muy importante que se mantengan tranquilos, sé que difícil, pero la fe mueve montañas —nos regaló una sonrisa, pero nadie sonrió.

— ¿Cuándo podremos verlo? —preguntó Anthony.

—Por ahora no —respondió. —Él está en recuperación, pero dentro de dos días o tres podrán entrar a verlo, pero turnándose, no puede entrar más de una persona.

——

Llegué al condominio, miré al conserje que ahí se encontraba. Levantó su vista del periódico y me observó con confusión.

—Cailín —dijo.

—Necesito entrar —contesté.

— ¿Cómo se encuentra Caín? —Me preguntó mientras levantaba la barrera para dejarme pasar.

—No como todos esperamos —respondí complicada —gracias por preguntar —sonreí sin ganas.

No quise seguir conversando y rápidamente me dirigí al edificio, estacioné el auto y luego me bajé. Abrí la maleta del auto y bajé mi gran maleta, saludé al guardia del edificio evitando que me preguntaran una vez más por Caín y subí en el ascensor hasta el departamento, mis llaves seguían conmigo, nunca las dejé. Entré en silencio y un aire frío me dio una bofetada, el departamento estaba silencioso, ordenado y con todas las puertas cerradas. La nostalgia se apoderó de mi cuerpo, justo en ese lugar había sido obligada a cortar a Caín.

Tomé una bolsa de basura que se encontraba encima de la congeladora, y caminé hasta la que era mi habitación. Miré en silencio a alrededor, no había ninguna foto nuestra colgada en la muralla, todo lo que nos pertenecía o tenía alguna relación en cuanto a nosotros había desaparecido y aunque me costaba asumirlo, lo entendía. Me senté en la cama y me quité los tacones, que luego de unos segundos los metí dentro de la bolsa de basura, comencé a quitarme la ropa con molestia y repugnancia. No me importaban las chicas que les gustaba vestir así, por ellas estaba bien, pero mi molestia y repugnancia iban dirigidas a que no estaba siendo yo misma, no podía. Toda la ropa que no me pertenecía fue directamente a la bolsa de basura.

Luego de unos minutos, me senté en frente del espejo de la habitación y de mi maleta saqué mi líquido desmaquillante. Mojé una pequeña toalla con el líquido transparente y comencé a quitar todo rastro de lo que no era, de lo que no me pertenecía. Me quité hasta las pestañas postizas que había sido obligada a ponérmelas. Miré mis uñas por unos segundos, tomé el quitaesmalte y comencé a limpiar cada rastro de pintura roja, las corté y luego me quedé mirando al espejo durante unos segundos, sonreí en silencio, ya me sentía en casa.

Miré mi cabello negro una vez más, cortísimo. Rápidamente quité todos los pinches que sostenían esa maldita y real peluca que Corinna había conseguido. Me quité la malla de mi cabeza y dejé caer mi cabello hasta mi cintura.

Me di una ducha lenta, me sentía vacía y podía imaginar lo vacío que se había sentido Caín durante el último mes y todo lo que había padecido recostado en esa gran cama vacía. Lo extrañaba, y lo extrañaba tanto. Sentía unas horribles ganas de que estuviese detrás de mí lavándome el cabello con shampoo, o que me gritara desde afuera que no me saliera de la ducha porque se vendría a bañar junto a mí.

DECADENTES © #2¡Lee esta historia GRATIS!