Capítulo 4

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Cuatro años antes

Puerto Varas, Chile

–¡Ali!

Casi me da un infarto. La mirada punzante de Camila me deja en blanco. Frunce los labios y se lleva las manos a la cintura reprochándome en silencio. Miro rápidamente a mi alrededor, pero ni el fuego de la chimenea ni el aroma a pan amasado me dan alguna pista.

–Disculpa, estaba en otra. Algo me decías de tu nuevo... ¿blog?

–¿Ah? Eso fue hace rato –suelta una mirada aún más aterradora–. Aún no entiendo cómo es que saliste primera en tu generación, eres demasiado volada.

–Ay, admítelo. Si igual me quieres –le guiño un ojo y me llevo las rodillas al pecho–. ¿Qué me decías?

Mantengo la sonrisa, consciente del poder que ejerce mi aparente buen humor en los demás. De inmediato le robo una sonrisa a Cami, quien pestañea con una ternura adorable.

–No sé qué hacer –suspira y cae en el otro extremo del sofá–. El Seba quiere que me vaya a vivir con él.

–Ok.

–¿Ok? ¡No está nada de ok!

–Ey, tranquila. ¿Cuál es el problema?

–Ya te lo dije, el Seba quiere que me...

–Espera –la detengo–, ¿No sabes qué decirle? No te entiendo, llevan ocho años juntos. ¿Dónde quedó el discurso que era el amor de tu vida y bla?

–Ese no es el problema. ¿Qué pensarán los papás si me voy a vivir con un hombre que no sea mi marido?

–¿Qué? ¡Por favor! ¿En qué mundo vives? Suenas como esas solteronas de iglesia, querida.

–¡Oh, qué eres pesada!

–Sólo te digo lo que pienso –confieso riéndome en su cara–. A ver Cami, ¿Es mi idea o eres la única que cree que eres una santa paloma?

–¡Shhhh! –explota en un rojo intenso.

–Si no quieres vivir con el Seba, ok. Asúmelo, pero no uses a los papás como pretexto. Además tienes veinticinco, trabajo estable, ¿lo amas?

–Sí, obvio.

–Entonces no te des tantas vueltas y vive un poco.

Me mira atentamente y asiente con obediencia mientras se acurruca con suavidad en el respaldo. En el fondo mi hermana mayor aún es una niña consentida e insegura. Siempre ha tenido un carácter débil y temeroso, o tal vez yo soy muy protectora y salvaje. Aún con dos años de diferencia parecemos tener los papeles cambiados.

–Te voy a extrañar –la sorprendo con todo el amor que le tengo–. La vida es corta, no lo olvides.

–Ali, no me hagas llorar –y los ojos se le vuelven vidriosos.

–Yo creo que sabes lo que debes hacer, sólo que estás muerta de miedo de decirlo en voz alta. Sigue tu instinto ¿Bueno? Sé que tomarás la mejor de las decisiones, con el tiempo te casarás y...

–¡Ey, no te adelantes tanto que aún no pienso en matrimonio! –enfatiza y reímos a carcajadas. ¡Eso ni ella se lo cree!–. Gracias, en serio.

Y antes de poder decirle algo se lanza sobre mí y me llena de cosquillas. Intento arrancar pero me lanza al suelo y me aprisiona con sus piernas mientras me ataca en las costillas, el cuello, las axilas y nuevamente en las costillas. Es tanta la risa que no soy capaz de decir palabra. Mi mirada viaja a cada rincón del techo de mi casa, las vigas de madera, la luz grisácea y a la mirada parda de mi hermana. Aprieto los ojos y lucho con sus manos.

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