El pez muere por su propia boca

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―Bueno sobre el tema anterior, creo que la pequeña Pereza tiene razón ―retomó NIM con voz neutra y aparentemente desinteresada. Aunque, por dentro en verdad quisiera ver al príncipe de las sombras tomar su lugar como tal, al menos una vez.

―Muerte es un dios de Ithis, no un pecado del Nim, su posición en la mesa es la correcta.

En el tono de voz de Ithis se podía escuchar la calma y claridad de siempre, pero había algo más en aquella armoniosa voz, un sentimiento que tanto Muerte como Tiempo podían percibir en menor o mayor medida.

Ithis estaba perdiendo la paciencia y rápido.

―oh ¿en verdad? Disculpa mi equivocación. Pero, es que es imposible evitar la confusión. Después de todo ¿Cuantos milenios pasaron hasta que tus demás dioses lo aceptaron como uno de ellos? Sin contar que no lo aceptaron por voluntad propia sino que fueron obligados por el benefactor ¿o me equivoco?

Una pequeña sonrisa amable se ubicó en el rostro humanizado de Nim. Gesto que contrastaba con  su voz tan irónica y venenosa. La afirmación caló hondo en las mentes de todos los dioses, que bajaron la cabeza e Ithis apretó los puños y mandíbula. Ante lo dicho no podía decir refutar nada en contra, pues era una terrible realidad.

―Además, dos de ellos hasta hace menos de cien años atrás querían eliminarlo de la existencia y una diosa aún lo quiere usar de alfiletero.

Sin querer quedarse atrás de su señor, Lujuria reprocho aquello que desde un principio le venía molestando. Una realidad para ella, era que en esa habitación y desde su perspectiva, su juez de azúcar no estaba en compañía de camaradas, sino, que estaba rodeado de víboras traicioneras que ante el menor descuido querrían morderlo como en un pasado. Con tal pensamiento, recorría con sus bellos orbes verdes a todos los dioses hasta llegar donde se encontraban Guerra y Vanidad, viéndolos con aparente comprensión. Mas, cuando su mirada se dirigió hacia Medico la cosa se volvió muy tensa.

―ahh esto se va a poner feo.

Venganza, a un lado de su señor destructor, veía como las cosas se salían poco a poco de control. Tiempo, a un lado de su señor creador, solo le dio la razón a la diosa guardiana del Nim.

―Puedes apostarlo ―respondió, para que ambos dejaban escapar un suspiro cansado.

―Tienes razón, Lujuria. Desde un principio nuestro querido Muerte fue temido y marginado por sus congéneres debido a su singularidad de poderes. Pese a su aporte perpetuo para mantener el balance y que gracias a él es que todos ellos están aquí hoy. Por otro lado mis niñas y niños siempre lo recibieron con una amable sonrisa y la misma adoración que allí vez.

Esas palabras hicieron que Amor bajara la cabeza entristecida. Ella sabia que era cierto, todo lo que el destructor alegaba. Pero volvió a levantarla al sentir como algo suave acariciaba su mejilla, encontrándose con una amable sonrisa, un poco cansada de parte de Muerte. Cuando este estaba a punto de decir algo para animar a su pequeña amiga, una voz le interrumpió dándole a la situación más tensión, si es que era posible.

―Claro, cumple un trabajo intachable al matar y uno todavía mejor al resucitar a los muertos para traumatizar a sus compañeros.

Todos en la habitación quedaron en un silencio demasiado incómodo y pesado luego de tal aseveración exagerada e innecesaria. Algunos volteaban a ver a aquella que dijese el comentario con claro enojo y otros con frustración y pena ajena.

Medico se encontraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados con actitud altanera, viendo con desdén a Muerte. Mirada que no pasó desapercibida por nadie, más cuando Vanidad y los pecados estaban a punto de empezar el venenoso contraataque, cierta personita se les adelanto.

Una Juguetona MuerteDonde viven las historias. Descúbrelo ahora