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Me cuesta trabajo abrir los ojos puesto que mis párpados —al igual que todo mi cuerpo—, parecen haber sucumbido ante una clase de sopor que dista un tanto de la común somnolencia que suele ralentizar al organismo luego de largas horas de sueño, pe...

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Me cuesta trabajo abrir los ojos puesto que mis párpados —al igual que todo mi cuerpo—, parecen haber sucumbido ante una clase de sopor que dista un tanto de la común somnolencia que suele ralentizar al organismo luego de largas horas de sueño, pero que, tras la ejecución de distintas acciones, se desvanece; cosa que en mi caso no sucede, ya que, aun cuando intento vencer el tullimiento que me coerce de realizar cualquier movimiento, continúo sintiéndome terriblemente apesadumbrada, tanto que ni siquiera creo llegar a tener éxito. Por más que trato, no consigo sincronizar a mi mente y mis terminaciones nerviosas, a mis intenciones y mi accionar. Me frustro en segundos, pues no tolero el hecho de estar consciente y no ser capaz de ordenarle a mi propio cuerpo que reaccione.

Pero no me detengo, sigo luchando contra la sensación de debilidad que me somete, e incluso termino liberando unos cuantos quejidos exasperados producto de mi determinación. No estoy dispuesta a dejarme abrumar por el hecho de no poder tener control sobre mí.

Tras unos segundos de gran esfuerzo, mis ojos logran captar algunas siluetas a través de la abertura que mis párpados consiguieron originar al abrirse un tanto, sin embargo, la calma está lejos de acudir a mí. Y es que, aunque recuperé el movimiento de mis extremidades de forma exigua, sólo puedo reparar en que no puedo reconocer dónde estoy, ni mucho menos con quién porque una estela espesa en mi visión me impide hacerlo, y no dejo de rumiar tampoco en el cómo es que me encuentro en esta situación, ni por qué. Peor aún, el recobrar al fin la capacidad de la que gozan mis sentidos sólo hizo que notara algo de lo que no me había percatado antes: me encuentro sentada en un mullido asiento, pero no de sofá o de alguna silla acolchonada, sino que el de un auto... uno en desplazamiento.

—Det... de-ten... —Intento formular sin éxito.

Probablemente mis balbuceos fueron escuchados por el conductor del auto en el que voy y fue aquello lo que ocasionó que éste decidiera frenar.

Y no sé por qué, pero presiento que eso no es algo bueno.

Oigo el sonido que emite la puerta del vehículo al abrirse, tras ello, percibo que el auto parece deshacerse de un peso, luego, escucho aquella puerta abierta cerrándose. El desespero parece avivar mis latidos en cuanto advierto que la puerta a mi costado es abierta desde el exterior. Encaro a la persona, o más bien, a la figura negruzca que se halla junto a mí sin tener realmente una idea sobre lo que debería hacer exactamente.

Todavía no logro abrir del todo los ojos, por ello es que no consigo tener una vista clara del tipo que está a mi lado, por fuera del vehículo; sin embargo, un recuerdo reciente que revive en mi mente me concede la rápida imagen de una persona que sólo me devuelve la turbación desagradable que, estoy segura, experimenté hace un rato atrás.

—Te odio —enuncio precipitadamente.

—Vaya —responde, y me estremezco—. Sin duda eso no era algo que hubiese querido escuchar, pero creo que era de esperarse.

El llanto de una Azucena©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora