CAPÍTULO 47

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Flores blancas, rosas, amarillas, azules adornaban el lugar

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Flores blancas, rosas, amarillas, azules adornaban el lugar. Una niebla fina y fresca abordaba alrededor de mis pies. El ambiente era calmo, no había ruido alguno. Desde mi posición observaba como Pam se inclinaba sobre el ataúd de su madre, no lloraba, tenía la mirada perdida. Apreté mis puños para detener mis deseos de ir junto a ella y consolarla.  No era el momento de estar con ella, solo le causaría más daño. Y era perfectamente consciente de que bastante problema ya le había causado. Sequé mis lágrimas mientras retrocedía unos pasos enterrándome cada vez más en el bosque.

La madre de Pam había muerto y era mi culpa. No me había atrevido a participar del funeral por lo que solo observé a Pam desde un bosque cercano al lugar. No sabía qué sentir en ese momento. Rabia, tristeza, lástima, dolor, impotencia, todo se mezclaba en mi interior. Estaba confundida, pero de una cosa estaba completamente segura: No debía acercarme a  nadie, eso solo pondría en peligro a las personas que amo. Desde ahora mi destino era estar sola, si es que lograba sobrevivir.

Bajé la mirada hasta mis pies. Estaba descalza y mis pies estaban sucios, de hecho toda mi ropa estaba manchada con tierra. Parecía una mendiga en medio de aquel lugar. Mi apariencia era despreciable. Pero eso no me importaba en lo más mínimo en ese momento. Seguí adentrándome al bosque con la mirada perdida en la niebla. Era oscuro, la luz casi no penetraban entre las ramas de los árboles. Seguí caminando con los pensamientos inmersos en lo ocurrido las últimas horas. Me tropecé por una rama y volví a ser consciente de la realidad. Sentí un fuerte picor en mi pierna, baje la mirada y me sobresalté al ver como la sangre fluía. Al parecer la rama me había rasgado la piel.

-Genial. –Suspiré mientras rompía mi camiseta y enrollaba mi pierna con el retaso de tela. –Solo falta que se infecte. –Bufé mientras observaba la profundidad de la herida. De verdad me sentía despreciable.

-Debes limpiar la herida antes de taparla. –Me quedé helada al oír su voz. Sentí un sudor frio desplazarse por mi frente. Levanté la mirada con desconfianza y lo miré a los ojos. Ahí estaba él. Con su mirada fría y su postura indiferente. –Te ves muy mal. –Espetó con una voz neutral.

-Gracias. –Respondí seca mientras me incorporaba nuevamente. Sacudí mi pelo y observé como una cuantas hojas caían de él. De verdad estaba hecha un asco.

-Vamos. –Levante una ceja mientras lo observaba con precaución. Pestañeé varias veces al ver que ya no estaba enfrente mío. De pronto sentí su agarre desde atrás. Me tomó de la cintura, sentí su cálido cuerpo junto al mío. Todo ocurrió tan rápido que cuando quise deshacerme de su agarre me percaté de que ya no estábamos en medio del bosque. Automáticamente me puse alerta. Estábamos en una habitación. Yo conocía esa habitación.

Mierda.

Era la habitación de la cabaña que estaba en medio de Alaska.  A miles de kilómetros. Prácticamente en medio de la nada. Donde nada ni nadie podría encontrarnos. Prácticamente en el fin del mundo.

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