Capítulo 2: La llamada del fantasma de Warwickshire.

14 2 0

Era una de las pocas cosas a criticar de mi trabajo. Toda era tétrico, lúgubre y funesto. No había ni un rayo de luz, solo oscuridad. Dejé el calor y la lumbre de la habitación de Claire, entrecerrando la puerta, y me dispuse a subir al desván donde, aquella mañana, una de las doncellas de Elizabeth había preparado un pequeño colchón para mí. Con una sola manta, entendí que aquella noche iba a pasar frío, al verme alejado de la agradable alcoba del segundo piso. Aquel era mi fantástico trabajo, debía hacerlo, al fin y al cabo, por tal razón me pagaban.

Cuando cerré la puerta y subí las escaleras que subían al desván, observé el lugar con detenimiento. No había ningún signo de que la puerta hubiera sido forzada, ninguna marca en las escaleras ni tampoco en las inmediaciones de la entrada. Cogí la lámpara de aceite que me habían dejado al lado del lecho y, tras prenderla, iluminé el angosto desván. Estaba situado en la zona oeste de la casa, por lo que el tejado caía hacia la izquierda dejando muy poco espacio para estar de pie a poco más de cuatro pasos del catre. Había algunos armarios con telarañas y, para mi gusto, demasiado poco atendidos en temas de limpieza. Ninguna marca que indicara que aquí se hubiera escondido nada peligroso. Hice las comprobaciones necesarias por si acaso y me retiré a buscar mi lugar para dormir. Aún recordaba la carta que habían recibido hacía algunos días atrás. La apresurada letra recargada de trazos circulares y alargados de la señora Elizabeth me contaba que habían encontrado al Diablo en su desván. Que Belcebú, señor de los demonios, se hallaba atormentando su hogar. Temeroso de que el príncipe de la oscuridad descansara cómodamente fumando opio en la planta superior, me dirigí a su mansión con la esperanza de enfrentar al señor de las tinieblas. O, al menos, eso es lo que remití en la respuesta. Tampoco es que tuviera ganas. Ese era uno de los problemas que nos encontrábamos los exorcistas en nuestro oficio. La gente exageraba tanto sus problemas que nunca podías saber qué te podías encontrar.

―¿Cuándo aprenderán? ―suspiré antes de acostarme en el colchón.

Estaba claro que no me encontraba frente al inminente ataque de un demonio ni mayor ni menor. Nada iba a coartar mi libertad para dormir a pierna suelta hasta la mañana siguiente. En el peor de los casos, si Elizabeth decía la verdad y los ruidos extraños que habría oído y exagerado solo eran eso, se trataría de algún espíritu tratando de llamar la atención. No algo que, sinceramente, fuera a preocuparme. Al fin y al cabo, ¿qué era un fantasma para un exorcista?

―Buenas noches ―susurré a cualquier fantasmagórico acompañante de aquella velada.

Y, cansado del viaje y la agotadora charla del granjero, mis ojos vencieron al cansancio y se dieron al sueño de Morfeo durante unas cuantas horas. Sabía que tenía una pausa para descansar, pues la medianoche había pasado hacía relativamente poco. Eso significaba que, al menos, podría dormir dos horas del tirón, si es que no había calculado mal mis tiempos.

En mis sueños no me visitó ninguna aparición; solo recuerdos del pasado. Una mezcla compleja de terror, melancolía y derroche de sentimientos que cada vez me eran menos necesarios. Ira, impotencia, dolor, apariciones de viejos recuerdos que quería olvidar y un terrible error que se cerniría sobre mi futuro con una dolorosa marca de la que nunca me podría olvidar.

No fue así. Tal y como había predicho por los primeros indicios de la casa, pude escuchar el sonoro eco del reloj de pie que se hallaba en el vestíbulo, incluso desde el desván. Eran las tres de la madrugada, mis ojos se habían abierto alertados por una presencia en el desván, no una de agradable olor y más confortante presencia como la soltera señorita Claire, sino una nauseabunda presencia que flotaba cerca de la manta que cubría mi cuerpo, acercándose más y más.

De Humanos y Monstruos - Lágrimas de Nieve¡Lee esta historia GRATIS!